No es fácil contar esta historia. Durante mucho tiempo preferí guardarla para mí porque implica a personas que fueron muy importantes en mi vida.

Más testimonios en whatsapp, vente

Todo empezó con una relación a distancia. Mi pareja vivía en otro país y durante tres años mantuvimos una relación abierta. A pesar de la distancia, era una relación que funcionaba sorprendentemente bien, había comunicación, respeto y mucho cariño. Sí, había temporadas largas sin vernos, pero lo llevábamos bien. Habíamos aprendido a organizarnos, a hablarlo todo y a apoyarnos incluso desde lejos.

En nuestras vidas había además una persona muy importante: una amiga en común. Nos habíamos conocido los tres prácticamente al mismo tiempo, y desde entonces se convirtió en alguien fundamental para ambos. Ella fue testigo de nuestra relación desde el principio, conocía a nuestras familias y vivió de cerca todo lo que significábamos el uno para el otro.

Durante años, todo fue estable.

Pero entonces llegó la pandemia.

El tráfico aéreo se detuvo, los viajes se volvieron imposibles y de repente no sabíamos cuándo podríamos volver a vernos. Pasé meses encerrada en mi pueblo, como tantos otros, con una sensación constante de incertidumbre.

Fue justo cuando nos dejaron salir cuando conocí a otro chico de mi zona. 

Conectamos de una manera muy intensa. Pasamos prácticamente todo el mes de agosto juntos: cenas, planes improvisados, tardes eternas hablando, saliendo, riendo… y sí, también sexo. Para mí fue una vía de escape a todo lo que estaba pasando en ese momento.

Mi pareja lo sabía. Nuestra relación era abierta y siempre habíamos sido transparentes. Al principio no hubo problema. Pero llegó un momento en el que él empezó a sentir que quizá yo estaba desarrollando algo más profundo con esa persona.

Yo siempre fui clara: estaba enamorada de él. El chico nuevo era simplemente una forma de evadirme de una situación muy complicada.

Hasta que un día todo cambió.

Estaba haciendo una ruta por el campo sin cobertura. Cuando volví a tener señal, tenía varios mensajes y llamadas perdidas suyas. Lo llamé de vuelta esperando una conversación normal… pero la persona al otro lado del teléfono ya no era la misma.

El hombre que creía conocer había desaparecido.

En su lugar apareció alguien lleno de rabia, reproches e insultos. Era un ogro, fue como hablar con un desconocido. Durante tres años nunca habíamos tenido problemas, pero a partir de ese momento todo empezó a deteriorarse muy rápido.

Las amenazas comenzaron a ser cada vez más frecuentes. Me insultaba, me menospreciaba y trataba de manipularme constantemente para que volviera con él. Llegó incluso a subir fotos íntimas mías a redes sociales para presionarme.

La situación llegó a un punto tan grave que tuve que denunciar por violencia de género y cambiar hasta de ciudad por miedo a que me encontrara. 

Mientras todo eso ocurría, mi amiga estaba al tanto de absolutamente todo. Vivía el proceso conmigo, escuchaba mis llamadas, sabía lo que estaba pasando.

Y aun así, su postura fue clara.

Me decía constantemente que hiciera lo que él me pedía. Que volviera con él para que todo se calmara. Que no lo provocara más.

Pero lo peor no fue eso.

Con el tiempo empecé a darme cuenta de que ella se había convertido en un canal entre nosotros. Él la utilizaba para intentar contactar conmigo, y ella le transmitía mensajes o intentaba convencerme de hablar con él otra vez.

Cada conversación con ella se convirtió en una fuente de ansiedad. Nunca sabía si realmente estaba hablando con mi amiga… o con alguien que estaba actuando en nombre de la persona que me estaba haciendo daño.

Poco a poco empecé a sentir rechazo hacia ella.

No porque no entendiera que la situación era complicada, sino porque sentía que, en el momento en el que más apoyo necesitaba, había elegido posicionarse del lado de quien me estaba destruyendo de todas las maneras en que se puede destruir a alguien.

Al final tomé una decisión que me dolió muchísimo.

Corté el contacto.

 

A día de hoy no tenemos relación. Ninguna.

Hay heridas que tardan mucho en cerrarse, y descubrir que alguien que considerabas casi familia decide apoyar a tu maltratador es una de las experiencias más difíciles de procesar.