Desde que somos padres solo vamos a restaurantes con parques de bolas. Y no es una forma de hablar. Es literal. Nuestra vida social y gastronómica cabe en un recinto acolchado, lleno de redes, toboganes y niños sudados que gritan como si estuvieran en una rave. Ahí es donde pasamos nuestro tiempo de ocio. Ahí es donde comemos. Ahí es donde, en teoría, desconectamos de nuestra rutina diaria.
Canal de mamis en whatsapp, vente
Cómo os envidio a las que vais a restaurantes chulos. De esos con platos diminutos y nombres imposibles, que luego son demasiado caros para la cantidad de comida que ofrecen. Sitios donde la gente se hace fotos, porque es más importante que el local sea bonito y te sirvan un coctel en la cabeza de un personaje Disney que la calidad de la comida.
Yo ya no hago fotos a la comida. Porque las hamburguesas del Burger King no son muy instagrameables que digamos.
Yo ahora lo que busco en un restaurante es que tenga parque de bolas. La comida me da igual. Si tiene un sitio donde mis hijos puedan jugar y cansarse, mientras mi marido y yo disfrutamos de una agradable velada, me vale. Y con “agradable velada” me refiero a poder tener unos quince minutos de paz y soledad, mientras escuchamos gritos de niños y degustamos una riquísima hamburguesa de un euro con cincuenta.

Y si escuchamos a un niño llorar y no es nuestro, pues ahí seguimos, mojando tranquilamente nuestras patatas en kétchup sin importarnos lo demás.
Entre los papás, ya no nos recomendamos restaurantes por “qué bien se come aquí”, sino por “qué bien está el parque de bolas”. No preguntamos por el vino de la casa, preguntamos si hay monitores que se queden con los niños un ratito. Hemos redefinido el concepto de lujo y ahora consiste en poder terminar un plato sin levantarte cinco veces.
Y lo más fuerte es que, poco a poco, te acostumbras. Empiezas a medir la felicidad en función de cuántos minutos juega tu hijo sin llamarte. Empiezas a valorar cosas que antes te parecían horribles. El ruido ya no molesta tanto. El suelo pegajoso ya no te da tanto asco. Tu nariz ya se ha acostumbrado al olor a pies de los viente niños que hay descalzos, y casi ni lo notas. Te adaptas. Porque no te queda otra.
Pero no os vayáis a pensar que sólo vamos a restaurantes de comida basura… también frecuentamos una cadena de comida italiana súper conocida que tiene unos parques de bolas bestiales. La comida no es la mejor: pizza normalita, pasta que parece de comedor de colegio, alguna ensalada y postres azucarados. Pero para los niños es el paraíso.

Luego está Ikea, que también lo visitamos bastante. La comida no es de gran calidad, pero es barata. Además, en medio del restaurante, suele haber una zona de juegos infantiles. Y si ya quieres disfrutar al máximo de la experiencia sueca, puedes dejar una hora entera a tu hijo en el parque de bolas de la entrada. Se queda con monitores, juega con más niños y es totalmente gratuito.
Cuando eres padre buscas sobrevivir. Y lo que no me apetece es ir a un buen restaurante, con una carta de calidad y precios desorbitados, para terminar comiéndome un solomillo frío porque mi hijo mayor tenía ganas de ir al baño, para hacer aguas mayores, justo cuando me han servido mi plato.
O que mi hijo desperdicie un plato de comida porque tiene cosas verdes que no le gustan. Prefiero ponerle pasta con tomate que sé que se lo va a comer con ganas.

Y luego está el momento de irse. Ese instante mágico en el que dices “venga, cinco minutos más y nos vamos”, sabiendo perfectamente que esos cinco minutos se convertirán en veinte. Porque siempre hay una última bajada por el tobogán, una última carrera, un último “mamá, mira”. Y tú miras. Siempre miras. Aunque estés deseando llegar a tu casa.
Pero un día crecerán y nosotros volveremos a esos restaurantes chulos. Lo sé. Volveremos a pedir platos caros, a hablar de cosas que no tengan que ver con pañales, notas del cole o rabietas. Pero hasta entonces, aquí estamos. Midiendo la calidad de los restaurantes por sus parques de bolas.