Si, lo que habéis leído: prefiero llevar a mis hijos a un Ikea antes que pasarme la tarde entera en un parque de mi barrio. No es una provocación gratuita, ni mucho menos. Es una declaración honesta, basada en años de experiencia en el maravilloso y agotador arte de criar hijos.

Ya os lo conté en otro artículo: odio ir al parque. Esa mezcla de gritos de niños, arena en sitios donde no debería haber arena, conversaciones forzadas con otras madres que no me caen bien, mientras espías a tu hijo para que no se convierta en el abusón y se lie a empujones con otro niño.

Y, sin embargo, adoro el Ikea. Allí todo tiene otro ritmo.

Un parque de bolas gratuito, con una hora entera para dejar a los niños bajo vigilancia de adultos que no eres tú. ¿Puede haber algo mejor? Bueno, sí: que mientras tanto tú puedes pasear tranquila, mirar muebles sin prisas o tomarte un café.

Y si tienes la tarjeta Ikea Family, ¡el café te sale gratis! Vamos, que puedes pasar una tarde entera en Ikea sin gastarte un euro. Y eso, hoy en día, es casi una utopía.

Yo lo que suelo hacer es dejar dejo a los peques en el Småland y me voy a perder por la exposición de muebles. Me encanta imaginarme viviendo SOLA en uno de esos apartamentos de 25 metros cuadrados, minimalistas, bohemios, con esa iluminación tan suave y todo perfectamente colocado. Una especie de utopía doméstica donde nadie desordena nada. Me paro en cada rincón, tomo ideas, suspiro. Me fijo en cómo han puesto las estanterías sobre el sofá, o en esa lámpara tan mona que quedaría genial en mi mesilla de noche. Aunque, siendo sinceras, ¿cuándo fue la última vez que leí en la cama sin quedarme dormida en menos de treinta segundos?

Después de esa hora de relax sin gritos, los recojo del parque de bolas y, si yo no me he tomado ya mi café gratis, me los llevo a merendar. Si es tarde pues ya merienda-cena, así no tengo que cocinar cuando llego a casa. Hay unos menús infantiles deliciosos para que los niños coman y repongan fuerzas después de jugar. Unas albóndigas, o un filete empanado acompañados de guisantes y puré de patatas. ¿Que no es la cena más saludable del mundo? Bueno, me da igual, al menos me llevo a los niños ya cenados.

Si por un casual he hecho alguna compra ese día, ellos disfrutan más que yo corriendo por los pasillos gigantes del almacén de Ikea. No molestan a nadie, porque hay mucho espacio, y encima gastan energías.

Después de un súper tarde, la vuelta a casa suele ser muy tranquila pues se me quedan dormidos en el coche. Están igual de cansados que si se hubieran tirado todo la tarde haciendo carreras con los amigos por el parque. Mismo cansancio, cero piedrecitas de arena en los zapatos.

Aclaro desde ya que esto no es un publirreportaje sobre Ikea. La cadena sueca no me ha pagado ni un duro por hablar bien de ellos, pero me parece un planazo para madres y padres que, como yo, no disfrutan especialmente de los parques. Y si esta confesión sirve para que alguna madre agotada se quite la culpa de no ser fan de los columpios, ya me doy por satisfecha.

Claro que no vamos a ir todos los días al Ikea. Tampoco hay que abusar, no vaya a ser que los monitores del parque infantil empiecen a saberse el nombre de mis hijos de memoria. Así que algunas tardes también los llevo al centro comercial. Tenemos uno muy cerca de casa, podemos ir andando, lo cual ya es una suerte. Aire acondicionado en verano, calefacción en invierno, y una ruta de tiendas donde los niños miran juguetes con la condición muy clara de que no vamos a comprar nada. A veces terminamos en un burger o algo parecido. No, no es una merienda gourmet. Pero sí es fácil, rápido, y les hace ilusión.

Me da igual que me juzguéis, me da igual que me digáis de todo, prefiero ir con mis hijos a ver tiendas o muebles al Ikea antes que al parque. Y si me vais a contar los beneficios que tienen los parques para la salud física y emocional de los niños, vale, os lo compro, pero ¿qué pasa con la salud mental de las madres?

Os tengo que aclarar que mis hijos bajan al parque, claro, como cualquier niño. Juegan con sus amigos, corren detrás del balón, se tiran por el tobogán. Pero no siempre soy yo quien los acompaña. Para eso está su padre, al que le encanta el aire libre y los deportes de riesgo. Y sí, digo deportes de riesgo porque perseguir a un niño de veinte meses que no tiene ningún miedo ni respeto por su integridad física y que decide tirarse de cabeza por el tobogán entra, sin duda, en esa categoría.

Así que no, no me siento culpable por preferir el Ikea al parque.