Hoy me levanté y me acordé de aquel primer día… buff, qué horror. Te despiertan a las seis y media y parece que alguien te mete en otra dimensión, todo el mundo corriendo, gritos, las guardias mirando. Yo me escondía, escuchaba, callaba… hasta que una semana después tuve que pelear por mi sitio en la celda. Allí aprendes rápido que si no te defiendes, te comen viva.
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El patio… madre mía el patio. Todo el día cemento, un par de bancos, sol que quema y risas falsas. Un día te ríes con alguien, otro te miran mal y no sabes ni por qué. Broncas que empiezan por un cigarro, por una palabra… te quedas con el corazón en la boca, aprendiendo a no fiarte ni de tu sombra.
La comida… eso no se come. Fría, insípida, los cubiertos que parecen de plástico roto. Y la fila… no llegas ni a sentarte tranquila. Las duchas… agua helada que te deja temblando, pasillos llenos de ecos… oyes golpes, gritos, risas tontas… a veces lloras, a veces ríes, todo mezclado.
Yo entré por robar, pa mis vicios, que me comían viva. Allí dentro todo gira en torno a sobrevivir. Algunas compas entran y salen, otras llevan años y ni parecen personas ya. Te enseñan cosas que fuera no aprenderías nunca, aunque no quieras.
Las visitas… unas pocas. Y cuando vienen, lloras, abrazas hasta que te separa el guardia y luego se van y te dejan otra vez sola. Te das cuenta que la soledad pesa más que los barrotes. Pero también hay ratos de risas escondidas, aunque sean pocas, esas risas son oro.
Me acuerdo de aquel día en el que casi me pegan por un malentendido… yo callada, temblando, pensando en cómo salgo viva. Aprendes a medir palabras y miradas y aún así siempre hay sorpresas.
Dormir… imposible. Oyes ruidos toda la noche: golpes, llantos, risas, orgasmos, pasos… y tú despertándote cada dos por tres. Pero a veces te duermes y sueñas con la calle, con el sol, con un café caliente. Todo eso parece un lujo cuando estás allí.
Ahora estoy limpia. Todo lo que vi y sentí me marcó, pero también me enseñó a quererme un poco más, a valorar un plato caliente. Cada día que me levanto, me hago un café y pienso: “Joder… cómo cambian las cosas”. La cárcel rompe pero también enseña, tanto de la vida como de los estudios, porque si algo hice bien fue sacar el graduado entre barrotes.