Eran la envidia de todas sus amigas, una pareja tan enamorada, tan compenetrada, con una comunicación increíble y un humor que sacaría una sonrisa al más amargado. Se conocieron en el trabajo de Marta, ella era camarera en la cafetería de al lado de la oficina de Alejandra. Marta se estaba pagando los estudios superiores y Alejandra trabajaba de becaria en un gabinete de abogados y, entre cafés para llevar y caras de estrés de ambas, empezaron a hablar. Cuando Alex salía de trabajar, Marta solía estar ya recogiendo y podía charlar con ella, aunque sin parar de lavar pocillos, limpiar mesas y reponer bebidas.

Después de meses hablando de nimiedades y cosas superficiales, esa nueva rutina se convirtió en el momento de desahogo para ambas. Marta le contaba cómo sus padres la habían echado de casa cuando supieron que le gustaban las chicas. No habían querido aceptarlo y le dieron a elegir entre hacer una terapia o irse de casa. Ese mismo día había cogido las pocas cosas que su madre le permitió meter en un par de bolsas y se fue a casa de un compañero de la universidad. Los padres de este chico la trataban genial, pero ella no quería estar de prestado, así que buscó un trabajo compatible y… No lo encontró, así que trabajaba mil horas en la cafetería y se sacaba alguna asignatura como podía para poder pagar un piso compartido.

Alejandra era una niña bien, que había vivido entre comodidades y privilegios siempre. Estudió derecho y ahora hacía las prácticas del máster en ese gabinete donde solamente le permitían llevar los cafés y hacer fotocopias. Su padre le ofrecía la posibilidad de irse al gabinete de un amigo suyo, donde la tratarían genial y posiblemente le dieran trabajo después, pero no quería seguir aprovechándose de la influencia de su familia, tenía un sueño y quería conseguirlo sin ayuda. Ahora veía lo difícil que lo tenían el resto de los mortales y estaba bastante asqueada, aunque se sentía orgullosa de no tirar la toalla y seguir peleando porque le dieran su espacio.

 

Realmente pasó bastante tiempo hasta que se vieron por primera vez fuera de la cafetería. Marta había cogido la semana de vacaciones que le debían del año anterior y Alex estaba triste por no verla en sus momentos de descanso. Pero el viernes por la noche salió con unas amigas y allí estaba ella, con su melena suelta al fin, libre de ataduras y, en cuanto la vio supo que lo que era ella, el motivo por el que seguía adelante con todo. Esa noche durmieron juntas y nunca más se separaron.

Un año más tarde se casaron por todo lo alto. Los padres de Marta no recibieron invitación. Los padres de Alex las llenaron de regalos y las apoyaron en todo a ambas. Marta acabó la carrera y empezó a trabajar en una academia dando clases de inglés. Alex montó su propio gabinete con una socia y les fue muy bien desde el principio.

Ambas querían ser madres así que, una vez pudieron establecerse económicamente bien sin apoyos, decidieron empezar los trámites. Pero claro, ¿cual de ellas sería la que tuviese el embarazo? Las dos estaban entusiasmadas con la idea, habían leído mucho sobre embarazo, parto respetado, etc. Y con tanta información, las dos sentían el deseo de llevar a su criatura dentro. No sabían cómo hacerlo, cómo tomar la decisión, no había nada que pudieran ofrecerse entre ellas que compensase la renuncia a eso que tanto deseaban. Así que decidieron inseminarse las dos. Al no ser por fecundación, las probabilidades de embarazo en un solo intento eran menos, así que el destino decidiría cual de ellas llevaría dentro al bebé.

Tenían los ciclos bastante parecidos, así que hicieron el procedimiento con pocos días de diferencia, con el mismo donante anónimo. Pasadas un par de semanas fueron a junto de la madre de Alejandra. Ambas pusieron su inicial en un test de embarazo, hicieron lo propio y le dieron los dos, sin mirar a la que sería la futura abuela. Ella sería la encargada de decirles si había un positivo o no, así ambas se alegrarían muchísimo y no tendría cabida una decepción.

Aquella señora, emocionada como no había estado en su vida, miró las pruebas y empezó a saltar. “¡Chicas! ¡Voy a ser abuela! ¡Vais a ser mamás!” Las dos se abrazaron emocionadas. Lloraron de felicidad, la alegría invadió aquel salón minimalista. Abrazaron a la futura abuela y le dieron las gracias, por alegrarse con ellas, por participar de ese momento y por todo el apoyo que les había prestado siempre. Entonces ellas se aislaron del mundo unos segundos para mirarse, besarse y disfrutar. La madre de Alex, que las miraba emocionada dijo “¿No queréis saber de quien es el positivo?” Ellas se pusieron serias. El miedo de poder sentir decepción o tristeza les hacía preferir no saberlo pero, obviamente era una información que tenían que tener cuanto antes, así que se besaron, se agarraron las manos y esperaron la respuesta de la futura abuela. Entonces ella giró ambas pruebas a la vez y gritó “¡Las dos!” Ellas abrieron la boca de un palmo. Saltaron, brincaron, se abrazaron, besaron el vientre de la otra y aquella felicidad se multiplicó al llegar el padre de Alex que, sin saber qué estaba pasando empezó a saltar y brincar con ellas. Entonces le dieron la noticia. Lloró como solamente un hombre bueno sabe llorar de emoción. Se hicieron fotos y celebraron una fiesta privada, ellos cuatro solamente.

Al llegar la primera ecografía que confirmaría que todo iba bien, querían contárselo al mundo. Pero entonces algo cambiaría todavía más sus vidas. Marta esperaba gemelos.  En el tiempo de un solo embarazo tendrían familia numerosa. La felicidad no podía ser mayor.

Con una semana de diferencia nacieron los tres bebés, sanos y amados. Alex dio a luz a una niña preciosa. Marta a dos niños pequeñitos, pero con una salud de hierro.

La abuela pasaba mucho tiempo en su casa. Dos postpartos con tres bebés que cuidar no es moco de pavo. Toda relación se pone a prueba en los primeros meses de la llegada de un bebé. Aunque para ellas, a pesar de estar las dos en un estado de alteración hormonal brutal, se sentían realmente afortunadas y eso les daba fuerzas para soportar lo que fuera.

Ahora los tres hermanos empiezan a gatear en su preciosa habitación decorada con tan buen gusto por sus madres. Hacen una familia preciosa y han sabido rodearse de personas que suman, que aportan cosas positivas a sus vidas.

El padre de Marta quiso conocer a sus nietos. Ambas lo vieron como un acercamiento positivo, pero al decir que solamente quería conocer a los niños y que aquella niña no era nada suyo, decidieron seguir con la puerta cerrada a la familia de Marta. Su madre ni siquiera preguntó por la salud de su propia hija, según ella su hija había muerto el día que había aceptado como normal su desviación. Es duro aceptar el rechazo tan absoluto de la persona que más te debería de querer y ahora que es madre lo entiende mucho menos, pero al fin ha podido dar carpetazo a aquella relación que estaba permanentemente en vías de arreglarse pero que producía más ansiedad que esperanzas.

Ahora tenía una familia y una extensa red de apoyo que era realmente incondicional.

Luna Purple.

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