Mi marido y yo estábamos intentando ser padres desde hacía tres años. Creíamos que lo conseguiríamos tarde o temprano, pero solo recibíamos malas noticias en cada consulta. Agotamos las tres inseminaciones de la Seguridad Social y nos remitieron a la Unidad de Reproducción Asistida para comenzar con la fecundación in vitro.

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El primer intento fue totalmente fallido: de los óvulos fecundados, ninguno llegó a embrión y no hubo transferencia. Para nosotros, esta fue la peor noticia posible. Estábamos destrozados. Nos quedaban dos intentos y nada indicaba que fueran a dar mejores resultados, así que decidimos plantear alternativas como la donación de semen. Nuestro deseo de ser padres era más fuerte que el vínculo biológico y no hubo problema en aceptar recurrir a un donante si se presentaba el caso.

Tras un segundo intento fallido y con la ansiedad por las nubes, propusimos al ginecólogo realizar el tercer y último intento con donante. Conseguimos cuatro embriones y, a la segunda transferencia, me quedé embarazada. Fue el mejor día de nuestras vidas; ilusa de mí, si hubiese sabido dónde me metía, jamás lo hubiese hecho.

Llegamos al parto y la felicidad se multiplicó por mil al verle la cara al bebé. Por fin éramos padres. Pero el infierno no había hecho más que empezar. Pasada la euforia de los primeros días, mi marido comenzó a distanciarse del bebé: ya no lo cogía, ni salía de paseo, alegando cansancio. Cuando el niño lloraba por la noche, él se iba de casa porque decía que el llanto le agobiaba.

Un día todo saltó por los aires. Yo estaba agotada por las noches en vela y las tareas del hogar, y estallé contra él por su falta de implicación. Mi marido reventó y dijo que haber sido padres por donante de semen había sido el peor error de su vida. No reconocía al niño como suyo, no había podido conectar con él y saber que se parecería a un desconocido era demasiado para él.

Me quedé helada. Le recordé que había sido una decisión consensuada, pero él confesó que solo aceptó por mí, creyendo que el embarazo no llegaría a producirse de todos modos. Pensó que al verle la cara al niño se le pasarían las dudas, pero no fue así.

Mi marido se fue de casa dos días después, incapaz de manejar la situación. Recibí la demanda de divorcio a las pocas semanas y, en ella, renunciaba a todos los derechos y responsabilidades sobre el niño. Así que, de la noche a la mañana, me convertí en madre soltera. A día de hoy todavía no lo he superado; me duele pensar en lo que me hizo después de haber deseado con todas nuestras fuerzas ser padres.