Hace años que mi mejor amiga me venía diciendo que por qué no nos íbamos de crucero. Y oye, si lo piensas, es un viaje redondo: en las paradas del itinerario haces turismo y, en los trayectos, disfrutas de un todo incluido de lujo —piscinas, restaurantes, actividades, actuaciones…—. Yo nunca antes había ido de crucero, pero todo aquel que lo había hecho hablaba maravillas.
Más testimonios reales en whatsapp, vente
Aun así, no me convencía por diferentes motivos. Me lo imaginaba llenísimo de gente, muy impersonal, me daba un poco de miedo eso de navegar a océano abierto y, además, temía que me diese mareo… en fin, prejuicios que tiene una.
Hace dos veranos, la pasta no nos daba para mucho y la insistente de mi amiga encontró un crucero bien de precio, así que al final me convenció para ir. Un poco porque ese año no había mucha opción y, sobre todo, por darle el gusto y que me dejara en paz. Tampoco me encontraba en mi mejor momento personal: hacía nueve meses que había roto con mi anterior pareja, una relación de mucho desgaste, y estaba en perfil bajo.
Lo que no imaginaba es que ese crucero me iba a cambiar la vida. Hoy doy gracias por haber dicho que sí a un viaje que, en principio, no me ilusionaba mucho.
Allá que íbamos mi amiga y yo, con nuestras maletas, dispuestas a conocer las islas griegas, ambas solteras y con ganas de pasarlo bien y conocer gente.
Al segundo día, en la cena, unos chicos italianos nos pidieron sentarse con nosotras. Yo no soy muy de socializar a la primera —soy más bien tímida—, pero mi amiga, que es todo lo contrario, aceptó encantada. Entre mi timidez y que nos entendíamos entre italiano mal hablado y algo de inglés, yo hablé poco. Aun así, uno de los chicos no paraba de mirarme con sus preciosos ojos verdes: Lucca.
La noche terminó en la discoteca del barco, tomando copas y bailando. Más relajada, pude empezar a conocer a todos en general y a Lucca en particular. Quedamos en hacer juntos la excursión del día siguiente… y ya no nos separamos.
En Mykonos, Lucca me cogió de la mano y me apartó del grupo. Allí, con una preciosa puesta de sol de fondo, nos besamos. Me dijo que yo le encantaba y que se sentía muy bien conmigo. Lo cierto es que era mutuo, aunque yo pensaba que sería un amor de verano sin más.
El viaje fue de diez. La última noche dormimos juntos y él me confesó que quería que la relación continuase. Yo era más escéptica, pensando que la distancia sería un hándicap. Sin embargo, el día que nos separamos, en el aeropuerto, me llamó esa misma noche… y todas las siguientes.
Vino a verme a España, yo fui a Italia, y todo fue rodado: estábamos enamorados. Como yo teletrabajo, con el tiempo decidimos irnos a vivir juntos y, a día de hoy, vivo en Roma con él.
Soy inmensamente feliz y se lo debo a que aquel día, aunque poco convencida, decidí montarme en ese barco donde el destino me tenía preparada una preciosa historia de amor.
