La noche de autos, y nunca mejor dicho, yo me encontraba con mis amigas dándolo todo en una de las discotecas de verano de mi ciudad, celebrando un cumpleaños. Era una de esas noches en las que, antes de salir, te miras al espejo y te dices «hoy tengo ganas de liarla pero bien». Me empleé a fondo en vestirme y maquillarme como una pro y lo cierto es que me sentía preciosa y empoderadísima dentro de aquel vestidazo. Y claro, con esa seguridad en mí misma, sentía que me comía el mundo y lo que se me pusiera por delante.

¿No os ha pasado que cuando estáis on fire en una discoteca y os liais a chupitos todo se ve con más claridad? A mí tampoco. Llegamos allí como si fuéramos las Kardashian y al poco ya estábamos bailando como si tuviéramos el baile de San Vito. Y claro, cuando una va más bebida de la cuenta, empieza a tomar decisiones de mierda, aunque en ese momento le parezcan la mejor idea del mundo. Por ejemplo, una cagada clásica en este tipo de noches es escribir a tu ex, que fue precisamente lo que yo hice. Porque estaba un poco pedo, me sentía un pibón y me picaba la chocha una barbaridad.

Sí, había chicos en aquel local que me miraban y podía haberme ido con cualquiera de ellos, pero no. Yo quería llamar al tío que se portó como un capullo conmigo y me volvió loca durante meses con apariciones y desapariciones esporádicas como si mi vida fuera una especie de novela turca. Por no hablar de que estaba como un queso y el muy asqueroso lo sabía. Vaya que si lo sabía. Y bien que se aprovechaba de ello. No sé dónde quedó la parte de mí que no estaba loca, puede que en el fondo del vaso, pero en contra de todo lo que me dijeron mis amigas, yo decidí llamarle.

A aquellas alturas la vergüenza era algo que yo ya había olvidado por completo, así que ni corta ni perezosa le dije dónde estaba y también que me apetecía mucho darme un homenaje con él por los viejos tiempos. Para cualquier otra cosa no, pero tú le dices a un tío que tienes ganas de mandanga y no has terminado la frase y ya está allí con los calzoncillos en la mano. Y eso, evidentemente, fue lo que pasó. No habían pasado ni cinco minutos y el tío ya estaba fuera esperándome. En contra de todo mi buen juicio, me subí a su coche y nos fuimos en busca de algún sitio tranquilo para darle al tema.

Decidimos ir a uno de nuestros picaderos recurrentes: un camino de tierra en medio de la nada, sin luces ni edificios, solo campo hasta donde alcanzaba la vista, perfecto para tener un poco de intimidad. Al principio, empezamos a hacerlo en el asiento de atrás, pero el hecho de que yo no estaba en mi mejor momento, sumado al calor de noche tropical, nos obligó a continuar fuera del coche. Total, lo habíamos hecho infinidad de veces porque por allí no pasaba un alma y, además, nos daba un morbo que te cagas montárnoslo al aire libre.

Estábamos entregados a lo nuestro, haciéndolo de pie contra el maletero, cuando las luces largas de otro coche nos cegaron como a dos conejos. Corrimos al interior con toda la dignidad que fuimos capaces de reunir estando en pelotas (es decir, muy poca) para taparnos, sin entender de dónde narices había salido aquel coche que ahora se acercaba al de mi ex. Y mientras nos vestíamos, después de cagarnos en los muertos de aquel tocapelotas, escuchamos muy de cerca un «hola, buenas noches». Fue cuando caímos en la cuenta de que era un coche patrulla y que dos agentes nos miraban desde fuera.

Después de pedirnos la documentación nos dijeron que no podíamos mantener relaciones sexuales en la vía pública, que la próxima vez nos quedásemos en el coche al menos. Yo no entendía nada, no había nadie a mil kilómetros a la redonda, no era como si nos hubiéramos puesto enfrente de un colegio a plena luz del día. De nada sirvieron mis quejas, por supuesto. Aquella noche nos fuimos para casa sin rematar la faena y con una multa de casi trescientos euros por tirarme a mi ex el sinvergüenza en medio de un camino.

Vale, Universo, he pillado la indirecta. Nunca más. Jamás un polvo me había salido tan caro.

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.