Estuve hace poco en un concierto que rozó lo multitudinario. Un vistazo general al panorama dejaba una cosa clara: habían vendido entradas por encima de sus posibilidades. Incluso por encima de lo compatible con la seguridad de los asistentes.

Mis amigos y yo, un grupo de unas 15 personas, estábamos en pista. No en todo el barullo, más bien en una zona periférica en la que había acceso directo a la barra. Y, aún así, nos tocaron los buscapleitos de turno.

Cualquier persona con sentido común conoce el equilibrio entre estar en un espacio abarrotado e invadir el espacio personal de alguien. Quienes molestan lo hacen por uno de estos motivos: o carecen de ese sentido común del que hablo, pobres; o lo hacen por fastidiar. No sabemos cuál era el caso de los jovencitos con los que nos topamos.

La disputa

En pleno fragor del concierto, entre canción y canción, fue una amiga la que me miró desesperada, moviendo la cabeza y señalando al tipo que tenía delante. Probablemente no pasaba de los 23 o 24 años, pero era una armario empotrado y ella una mujer de estatura corta-media que se aproxima a los 40.

Le pidió tres veces que se moviera un poco hacia delante, que había bastante espacio. Y, por favor, que tuviera cuidado de por dónde se movía y pisaba. En fin, lo que cualquier persona normal entiende sin que se lo tengan que decir.

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Mi amiga no es de las que dejan las cosas pasar. No aguanta ni una situación que la perjudique injustamente, así que me fue calentando. Hasta que coincide que suena una de mis canciones favoritas, me pongo a bailar estrambóticamente por la euforia, aprovechando para ganar espacio y los chavalitos, ENCIMA, se giran para protestar.

Fue un momento. Cuando aquellos se giraron se acercó mi chico, que había estado observando sin intervenir, y les dijo que ya estaba bien, que llevaban rato dando la turra. Los otros se ponen a protestar, nos dicen que nos quitemos de allí, nos cabreamos, el tono sube y se acerca otro amigo amigo para intervenir. Una tangana en toda regla. Mi amigo llegó serio para zanjar el asunto, y un chiquillo de 15 años menos aún tuvo la desfachatez de espetar: “¿Quieres que lo solucionemos fuera?”.

No pasó, claro, no estábamos por la labor. Aquel breve espectáculo precedió a una calma tensa en la que todavía tuvimos que aguantar a alguna chica de su grupo hacer como que buscaba algo en el suelo, por nuestro lado, con la linterna y a empujones. Y, al final, por tener la fiesta en paz, nos tuvimos que mover unos metros.

Los modales escasean

No planteo la posible falta de modales como algo generacional. Escucho a muchas gentes de mi quinta quejándose de que estamos criando a idiotas que lo tienen todo, no valoran nada y se esfuerzan cada vez menos. En cambio, siempre salgo en defensa de las nuevas generaciones por cómo validan las emociones y por su capacidad de aprendizaje en un mundo infoxicado.

La falta de modales está generalizada, no localizada en los más jóvenes. ¿O es cosa mía?

Demasiadas veces escucho que los vecinos de un bloque no se dan ni los buenos días en el ascensor.

Demasiadas veces veo lo poco que a algunas personas les cuesta insultar y ser agresivas, en lugar de intentar llegar a un punto común.

Demasiadas veces compruebo que se están perdiendo buenas costumbres, como dar las gracias y pedir las cosas por favor.

No pensamos dos veces lo que escribimos en un comentario en redes sociales. Andamos a la defensiva, como si los demás conspiraran contra nuestro bienestar. Nos tomamos cualquier posibilidad de ceder como una herida en el orgullo y en el ego. Y todo eso va en contra de los modales, del respeto a los demás y de la buena convivencia.

Peleíta aparte, me lo pasé bien en el concierto, pero pensé en todo ello al final del día y sentí algo de desesperanza. También parecen estos malos tiempos para la buena educación.

Esse