No sé vosotras pero yo vivo a la carrera y a estas alturas, por más que intente ser una  súper mujer, no me da la vida. Y es que el día tiene las horas que tiene y si queremos  llegar vivas y cuerdas al final de la jornada, no queda otra que priorizar. Pero esto lo  aprendí por las malas, claro. Sólo después de que las consecuencias de mi frenético  estilo de vida asomaran la patita por debajo de la puerta en forma de ansiedad, arritmias e insomnio. 

A raíz de que mi cuerpo me avisara de que no podía más, empecé a tomarme la vida con  más calma, menos en serio. Dejé de cuidar tanto mi imagen o de llevarme el trabajo a  casa y a disfrutar un poquito más de las cosas que verdaderamente me hacían feliz. Una  de ellas, por supuesto, era quedar con mis amigas y desconectar de absolutamente todo  lo demás. Fue precisamente en una de esas quedadas con mis amigas cuando conocí a  un chico guapísimo con el que terminé intercambiando números de teléfono después de  pegarnos algunos bailes y hablar hasta que se nos hizo de día.  

Me pareció tan raro que no hubiera intentado besarme en ningún momento que creí haber encontrado una especie al borde de la extinción. Esto, sumado al hecho de que el chaval  estaba buenísimo, hizo que me picara aún más la curiosidad -y ciertas partes del cuerpo-,  así que cuando me dijo de quedar unos días después no me lo pensé dos veces. 

Es cierto que hacía meses que trataba de tomarme la vida con más calma, pero de  repente las ganas de sentirme absolutamente perfecta, regresaron. Quería estar divina  para mi cita y volví a entrar en ese bucle insano de ir de compras hasta dar con el  modelito perfecto, a la peluquería, a hacerme la manicura… Y en medio de aquella sesión  de belleza interminable, a falta de horas para verme con mi dios griego, me di cuenta de  que había algo que ya no podía solucionar. Tenía las piernas más blancas que una  pescadilla y no había ya tiempo para ponerme morena. 

Era verano y mis piernas son uno de mis puntos fuertes, así que quería enseñarlas sí o sí, pero hacía meses que había dejado de darme rayos, cuando decidí que tenía que  priorizar si no quería volverme loca en medio de todas mis obligaciones diarias. La única  solución que se me ocurrió en aquel momento fue recurrir a la crema bronceadora.  Cuando llegó el momento de prepararme para mi cita, me entretuve más de la cuenta y se me hizo un poco tarde, así que antes de salir de casa me unté aquel mejunje en las  piernas y salí pitando. 

De camino al restaurante donde habíamos quedado noté que la gente me miraba mucho,  pero creída de mí, pensé que me robaba todas las miradas de lo increíblemente guapa  que iba. Cuando llegué, mi cita ya me estaba esperando y mi ego se multiplicó por mil al  ver cómo era incapaz de apartar su mirada de mis piernas. No fue hasta que miré hacia  abajo que me di cuenta del verdadero motivo: llevaba las piernas que parecía que me  había revolcado en una bolsa de Doritos. Entré en pánico y quise que me tragara la tierra  allí mismo. 

Después de intentar desviar la atención de mis piernas sacando varios temas de  conversación a cual más absurdo presa de los nervios, decidí ir al baño a intentar arreglar el desastre. Sin embargo, cuando fui a levantarme, me di cuenta de que tenía otro  problema que añadir a la lista. Hacía un calor espantoso y como suele ser habitual en  verano cuando una se sienta en una silla de plástico, mi culo y mis muslos estaban  empapados en sudor. ¿El resultado? Las piernas naranjas como dos palitos de zanahoria  con churretes resbalando por los muslos, dejando a la vista mi auténtico color de piel. 

Parecía el antes y el después de un anuncio de quita grasa. Disimuladamente, me pasé  un kleenex por las piernas y me las sequé como pude. Genial, ahora tenía dos colores de  pierna como un helado al corte de dos sabores. No podía quedarme allí sentada para  siempre y por más que pensaba y pensaba no encontraba ninguna solución a aquel despropósito estético que yo misma había causado. Sólo me quedó la opción de ser  sincera para salir de allí con algo -poco, muy poco- de dignidad. Al levantarnos para  marcharnos de allí, le dije riéndome que me anotaba mentalmente no volver a utilizar  bronceador sin comprobar antes el tono.  

Contra todo pronóstico, el chaval se empezó a reír con ganas y no paró de gastarme  bromas sobre mis churretes en los siguientes veinte minutos. Y cuando pensaba que todo estaba perdido, me propuso ir a mi casa para darme una ducha y quitarme aquel pringue  para poder ir a tomar una copa. Sobra decir que no fuimos a ninguna parte después de ir  a mi casa y que aquella mala jugada con el bronceador al menos me sirvió para  montármelo con él en la ducha.