Creo que el momento en el que fui consciente de mi repulsa por la transfobia —simplemente no había presenciado ningún episodio desagradable hasta ese momento— fue allá por 2019, presenciando un conocido espectáculo cabaretero en el que participaba una drag queen. Yo trabajaba en el teatro donde esa obra se representó en varias sesiones diferentes una decena de veces. Al final me lo sabía de memoria.

En una parte, una actriz joven sacaba varios hombres de entre el público al escenario. La escena ya era incómoda porque enseguida ellos, con sus familias en las butacas, se ponían babosos, lascivos y ridículos intentando ligar con ella sin que ella diese pie a nada… Es un cabaret, pero es parte de un show, y que ella lleve un corsé no te da derecho a hacerla sentir incómoda (porque ella lo estuvo en varias ocasiones). Ahí se podían ver un montón de machos alfa reafirmados en su rol de cazadores, henchidos en su orgullo de «cuñaos» machirulos. Seguro que llegaron a casa contándolo emocionados.

El último día la chica enfermó, y aunque era una bailarina cis la que bajaba al patio de butacas a elegir a los caballeros (jugada motivada desde el conocimiento de causa para que subieran los hombres al estrado), el juego lo evaluaba la drag queen. Lo acontecido fue demencial: el verdadero espectáculo fue ver a una panda de tipos con la masculinidad frágil, intentando mantener su orgullo viril contestando las preguntas pero rechazando a la artista de forma visible: se limpiaban después de que les tocase el hombro, se apartaban como si tuviera la peste e incluso alguno verbalizó que «por más tetas que tuviera era un tío». ¡Como si ella quisiera algo de ellos! La verdad es que ella llevó la situación muy bien, pero yo detesté aún más cada segundo (y eso que ya lo hacía en la versión con la chica cis).

Desde entonces he sido mucho más consciente de este tipo de agresiones veladas, de la discriminación del día a día y de pequeños detalles de mofa que se llegan incluso a camuflar con «humor». Miles de situaciones, desde un humorista que habla de «mujerones con barba y pito» para luego alegar que nadie se tome nada mal porque en la risa cabe todo, hasta el camarero que dice que tiene «un pincho sorpresa mejor que el de algunas mujeres» o el compañero de trabajo putero que comenta que solo vio una «falsa mujer» en una ocasión en su club de alterne de confianza… Ya, José Manuel, ya.

La hipersexualización de las mujeres trans las convierte en diana de fetiches o de chistes castrantes que dicen más del que lo realiza que de quien se ríe. Y por supuesto la reducción a la genitalidad es inhabilitante porque nos olvidamos de que las personas trans son algo más que lo que tienen entre las piernas… que esto no se pone en duda con las personas cis; mirad al antes mencionado e hipotético José Manuel: además de tener pene también es gilipollas.

Alguien como José Manuel también alegaría algo así como que las mujeres trans «se ponen las tetas gordas, unga, unga, porque tienen que impostar ser mujeres». Utilizan a referentes como Cristina la Veneno, una pionera que visibilizó al colectivo con valentía y carisma en una época ultrarretrógrada, y a su exuberancia como el único molde en el que conciben a estas personas, como si todas ellas se pusieran pecho (que cada uno se ponga lo que quiera, solo faltaba) y que lo hicieran bajo su prisma machista, en el que los únicos motivos posibles por los que se hacen un retoque estético son: a) «suplir» con silicona lo que carecen por biología y b) gustarles a ellos y compensar tener pene.

Bueno, señoros rancios: ser mujer es algo más que tener coño, y ser hombre, gracias a Dios, también es algo más que tener pene. Cuando un colectivo es asediado aún por tantas patrañas, el humor rancio se convierte en tortura. Las personas trans son personas y merecen respeto, no hay más que hablar.

Dalia Suárez