Hay gente que vuelve de Disneyland Paris diciendo que ha vivido la experiencia más bonita de su vida. Que si la magia se respira en cada rincón, que si los niños no dejan de sonreír, que si merece cada euro gastado.
Más testimonios reales en whatsapp, vente aquí
Yo volví con ampollas en los pies, un agujero importante en la cuenta bancaria y la firme convicción de que Disney es el destino vacacional más sobrevalorado que existe.
Y antes de que me funeis por criticar a Mickey Mouse, aclaro una cosa: entiendo perfectamente que haya familias a las que les encante. Pero mi experiencia fue tan desastrosa que todavía me entran los calores cuando veo las fotos que nos hicimos allí.
Todo empezó meses antes, preparando el viaje con una ilusión tremenda. Porque Disney no es un viaje cualquiera. Es EL VIAJE. Ese para el que llevas ahorrando años, porque cuesta una pasta. Ese para el que compras camisetas a juego, mochilas temáticas y hasta una diadema con orejas que sabes perfectamente que solo te vas a poner ese día.

Llegamos el primer día y nos enteramos de que nuestro hotel no tenía aire acondicionado. Por lo visto es muy normal en Paris, porque no suele hacer calor ni en verano. Pero tuvimos la mala suerte de que nos tocó la ola de calor maravillosa que ha dejado en jaque a media Europa. Con temperaturas por encima de los 40 grados, súper normales en España, pero un país como Francia no está adaptado a esas temperaturas.
Nos encontramos atracciones cerradas, espectáculos cancelados, restaurantes sin aire acondicionado y pasear por el parque se convertía en una tortura. El suelo parecía una sartén, las sombras estaban muy cotizadas y las botellas de agua a precio de whiskey.
Luego estaban las colas. Uno piensa que hará alguna, claro. Es normal. Lo que no esperaba era pasar más tiempo haciendo cola que disfrutando de las atracciones. Cola para entrar en el parque por la mañana, y eso que nosotros íbamos una hora antes de la apertura oficial del parque ya que, por alojarnos en hotel Disney, teníamos ese privilegio.
Colas para subir a las atracciones. Colas para comer, aunque fueras con reserva, algo de tiempo siempre tenías que esperar. Y ya ir a comer a restaurantes de comida rápida, ni os cuento. De comida “rápida” nada. Una hora para pedir unas hamburguesas.
Colas para comprar una botella de agua. Colas para ir al baño. Colas para saludar a un personaje. Colas para todo.

Llegó un momento en el que pensé que la verdadera atracción de Disneyland era aprender a hacer filas. Es un ejercicio muy bueno cuando vas con niños pequeños que no tienen paciencia.
Y si hablamos de los precios… Madre mía, los precios. Una ya sabe que un parque temático no va a ser barato. Pero aquello es otra movida. Un helado cuesta lo que en España comerte unas raciones en un chiringuito de playa.
Los niños, además, tampoco estaban disfrutando tanto como yo había imaginado. El pequeño estaba agotado. Demasiadas horas andando, demasiado calor y demasiada espera para apenas unos minutos de atracción. Pasaba de la ilusión al llanto en cuestión de segundos. El mayor aguantaba algo mejor, pero también terminó preguntando varias veces cuándo volvíamos al hotel.
Y ahí fue cuando me di cuenta de que los únicos que parecían felices eran los personajes que saludaban desde las cabalgatas. El resto éramos adultos empujando carritos, buscando desesperadamente una sombra y negociando con niños cansados que ya no querían hacerse otra foto con una princesa.

Yo había imaginado un parque lleno de música y fantasía. Lo que encontré fue un ejército de padres estresados.
No digo que Disneyland sea un mal parque. Las atracciones están muy cuidadas, el castillo es precioso y hay rincones realmente bonitos. Pero creo que las expectativas nos jugaron una mala pasada.
Quizá el problema no fue Disney. Quizá fue la ola de calor. Quizá fue viajar con niños pequeños. O quizá fue la combinación explosiva de ambas cosas. Lo único que sé es que regresé a casa necesitando otras vacaciones para recuperarme de las vacaciones.
El año que viene me voy a la playa quince días por el mismo dinero que me gasté en Disneyland en cuatro.