Que tu chico te diga que te quiere presentar a su familia, es un paso súper importante. Conocer a los padres son palabras mayores, así que cuando mi novio me dijo que quería presentarme a su padre, yo ya sabía que era un punto de inflexión en nuestra relación.
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Él me puso ya en sobre aviso, me explicó que su padre era una persona muy de campo, “más de campo que las amapolas” me dijo. Vivía solo, en un pueblo, en una casa con terreno, con huerto y con gallinas. Sus padres se separaron cuando él era muy pequeño y había tenido poco trato con su padre. Siempre le había parecido un hombre extraño, ermitaño, que no disfrutaba de la compañía de la gente. Pero era su padre, y me lo quería presentar.
Ya con esos datos me hice una idea de lo que me iba a encontrar, lo que jamás me esperaba era el regalito que me tenía preparado.
Hay familias que cuando su hijo les dice que va a llevar a la novia, la reciben con un ramo de flores. Otras te invitan a comer. Algunas, incluso, preparan una tarta, una comida especial que saben que te gusta, una caja de bombones…
Mi suegro, no. Mi suegro decidió que la mejor forma de conocer a la novia de su hijo era regalarle dos conejos muertos.

Los había cazado él mismo esa mañana, me dijo. Mi suegro pertenece a esa generación de hombres que consideran que, si un alimento no ha tenido plumas, pelo y no ha intentado defenderse antes de morir, no cuenta como comida.
Imaginaos mi cara, cuando llego yo a aquella casa hecha un manojo de nervios por conocer al padre de mi novio, que me cambié cuatro veces de ropa porque quería ir perfecta para la ocasión, y aparece ese hombre con dos conejos muertos, uno en cada mano, y me dice que son para mí. Un regalo para ti y para tus padres, que tu madre los prepare que están muy ricos al ajillo o con arroz, me suelta.
A mí me entraron ganas de vomitar, os lo juro. Yo no soy vegetariana (¡menos mal!), como carne. Pero la compro en el super, envasada, etiquetada y lista para cocinar. Yo, que soy de ciudad, que lo de ir de excursión al campo no me va. Que visité una vez una granja y porque me llevaron en el colegio cuando era niña.
Ver a esos pobre animalitos boca abajo, que aún estaban calientes, con su pelo, con sus ojitos, con sus orejas… me impactó muchísimo.

Lo peor de todo es que si yo soy urbanita, mis padres ni os cuento. Ambos nacieron en un pueblo de Extremadura, pero llevan viviendo en la ciudad desde niños. Pues mi suegro estaba convencido de que mi madre iba a despellejar a esos pobres animalitos para cocinarlos. Mi madre, que compra el pollo ya troceado, que compra el pescado congelado y preparado porque lo de sacarle las tripas al pez, como que no.
Pero la cosa no quedó ahí. No contento con eso, me dice que tiene en el congelador perdices, que si me quiero llevar una. Y yo, que no, que no, que con los conejos es más que suficiente, que muchas gracias.
Abrió el congelador y aquello era un cementerio de bichos muertos congelados. Perdices y palomas hasta con las plumas. Casi me da algo.
Y, por supuesto, se puso a hablar de las maravillas de la caza. De lo poderoso que se siente uno con un rifle en la mano apuntando directamente al animal. Yo ya no sabía si era mi futuro suegro o Charlton Heston.

Yo allí callada, escuchando barbaridades con las que no estaba de acuerdo. Pero era la primera vez que veía a ese señor y quería seguir saliendo con su hijo, no iba a levantarme y a rebatirle…
Con los años entendí que aquello no era una broma macabra. Era hospitalidad. La extraña manera que tenía mi suegro de expresar su alegría por que su hijo se hubiera echado novia.
Porque las personas de ciudad regalamos velas aromáticas o una botella de vino. Pero la gente de pueblo regala lo que produce, lo que cultiva o lo que caza. Y aunque aquel día casi me desmayo viendo aquel congelador lleno de animales congelados, entendí que aquel señor raro, solitario y más de campo que las amapolas, tal y como lo definió su hijo, estaba intentando ser amable.
Eso sí, podría haber empezado por regalarme unos tomates del huerto o unos huevos de sus gallinas, y luego ya ir subiendo el nivel.