Mi hermana vive en Nueva York desde hace 10 años. Se puso a trabajar para una multinacional y, lo que empezó siendo algo temporal, se convirtió en algo permanente. Así que, tanto yo como mi familia, hacemos varios viajes al año a Nueva York para visitarla. Desde hace un tiempo, alguno de estos viajes los hago sola porque me consigo juntar algunos días de vacaciones y aprovecho y los paso allí con mi hermana.
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Para mí esto se había convertido ya en algo habitual y realizaba el trayecto como quien va a trabajar en tren todos los días, un simple trámite. Me conocía el JFK de memoria y Nueva York ya era como mi segunda casa hasta que, en uno de esos viajes, viví la peor experiencia que puede vivir alguien que viaja a Estados Unidos.
Todo esto sucedió después de que Trump saliese elegido presidente por segunda vez y los controles de inmigración en el aeropuerto se intensificaron. Si al principio pasar el control con los agentes de aduanas ya era todo un desafío pues, ahora, mucho más. Podía tirarme horas en la cola y me hacían preguntas que no me habían hecho en la vida.
En uno de esos viajes, la policía de aduanas se encontraba nada más bajar las escaleras del avión. Al principio, pensé que simplemente se trataba de un control más y que iban a revisarnos el equipaje o los pasaportes, pero, cuando les di mi identificación, sin mediar palabra me llevaron con ellos y me encerraron en una habitación sin ventanas dentro del mismo aeropuerto.
No me explicaron nada, ni por qué me habían detenido, ni qué pasaba… Yo iba por dentro del aeropuerto como una delincuente, custodiada por dos policías que podían ser culturistas, mientras me temblaban las piernas y era incapaz de articular palabra. Nada más meterme en aquella sala, me registraron entera, me quitaron el móvil y el pasaporte y me dejaron sola durante lo que para mí fueron horas, pero pudieron haber sido minutos porque todo se me ralentizó, mi cabeza iba a cien mil pensando en qué me iba a hacer, si iban a mandarme de vuelta a España o me encerrarían en una cárcel de El Salvador, estaba acojonada.
Al rato, entró un oficial que hablaba español y me empezó a hacer unas preguntas muy raras: que por qué viajaba tanto a Nueva York, que si estaba metida en alguna célula terrorista, que si tenía redes sociales, que si había estado alguna vez en México… Yo, al final, estaba ya agobiadísima, pedí ver a un abogado y les pedí, llorando, que me dejaran llamar a mi hermana, hacía horas que había aterrizado y no sabía nada de mí porque estaba incomunicada, al final, me dejaron llamarla y le expliqué un poco por encima lo que me había pasado.
Al parecer, hacía tiempo que iban detrás de la pista de un narco mexicano que residía en Madrid y que solía viajar bastante a Estados Unidos y yo me llamaba igual que su hija. He de decir que tengo un nombre muy común con un apellido aún más común tanto es España como en Latinoamérica y, antes de dejarme marchar, tenían que comprobar que yo no tenía ninguna relación con él.
Tuvo que venir mi hermana con su pareja y enseñarles nuestras redes sociales, documentos y demás papeles que le pidieron donde les demostrábamos que éramos españolas, no teníamos ningún tipo de vínculo con esa persona que buscaban y que, simplemente, nos llamábamos igual. Después de 24 horas retenida en el aeropuerto, me dejaron marcharme.
Fue la peor experiencia de mi vida. Desde entonces no he vuelto a viajar sola a Nueva York porque me da miedo repetir la experiencia. Sé que esto no es algo habitual y que sucede una vez cada mil, pero me tocó a mí y, sinceramente, no es plato de buen gusto que te tengan casi 24 horas encerrada sin comer ni beber nada pensando que eres una criminal o que estás emparentada con uno. Definitivamente, la aventura de mi vida.