Llevo desde niña siendo amiga de un chico que, para mí, es mucho más que un amigo: es como un hermano. Estábamos juntos en el cole, vivíamos en el mismo barrio, fuimos después al mismo instituto, incluso algunos cursos caímos en la misma clase y fuimos compañeros de pupitre. Tenemos confianza total con la familia del otro: su madre me adora y la mía a él también.
Llevamos 20 años contándonoslo todo. Somos apoyo, confianza, amistad en mayúsculas. Familia, casi.
Durante un par de cursos en el instituto, admito que me sentí confundida y que me gustaba. Digamos que tanto roce y tanta confianza, en esa edad difícil, hicieron que yo no tuviera muy claro dónde terminaba la amistad y empezaban otro tipo de sentimientos. Pero la movida me duró poco: él se echó su primera novia y yo, como su amiga del alma, me comí en primera fila todo el romance, sus primeros besos, me contó su primera vez con pelos y señales… En fin, lo bonito de nuestra confianza era más fuerte que cualquier posible relación sentimental que pudiese cargárselo todo. Nunca se lo dije y los años siguieron igual: trato continuo y cercanía total.
En estos 20 años ha pasado de todo. Ambos hemos tenido parejas que siempre entendieron que nuestra relación era como de hermanos. Él fue mi testigo de boda, en el funeral de mi padre cargó con su ataúd junto a mis hermanos, mis hijos lo llaman “tío”. Fuimos juntos padrinos de un sobrino suyo, lo he acompañado en el hospital, lo he lavado cuando lo necesitó en un postoperatorio… Siempre unidos, en lo bueno y en lo malo.
El caso es que ahora, que me ha contado su secreto, muchas piezas me cuadran. Por ejemplo, mi hermana lo pilló llorando en el jardín el día de mi boda, y él siempre se reía del episodio quitándole hierro, diciendo que sería por la borrachera y que ni se acordaba.
A él nunca le terminan de cuadrar las relaciones y sigue soltero. Es el típico ligoncete picaflor, porque además es guapísimo. Yo suelo bromear con él sobre esto y, el otro día, que habíamos salido a cenar, estuvimos hablando del tema. Con un par de vinos encima, me confesó que si no le cuadraba ninguna mujer era porque ya conocía al amor de su vida, pero que era un amor imposible. Yo, sin imaginar lo que iba a decir, le insistí de broma. Entonces soltó que, si de verdad no era consciente, él estaba enamorado de mí desde que éramos niños.
Ahí se le calentó la boca y empezó a contarme episodios, como el de mi boda, pero me dijo que al final el vínculo que tenemos es más fuerte que otra cosa y que quiere seguir en mi vida en primera fila, aunque no sea como mi pareja. Que a veces lo ha llevado mal, pero le sigue mereciendo la pena; que me quiere con toda su alma, sea como sea. Me quedé de piedra y aún no sé cómo encajarlo.
Ahora pienso en las miles de imágenes mentales que tengo de nosotros, él enamorado de mí y yo creyendo que éramos como hermanos. Hemos dormido juntos, me he cambiado delante de él… Fue el testigo de mi boda, por Dios. No sé qué hacer con esta información. No sería justo cambiar nuestra relación ni mi actitud con él, porque lo adoro y es una de las personas más importantes de mi vida. Pero no sé qué hacer, qué decir, qué pensar.
Me pregunto qué habría sido si nos hubiéramos atrevido, porque ahora soy consciente de que nos hemos gustado en épocas de soltería en las que ninguno dio el paso por miedo a espantar al otro. Tanto insistir en que éramos como familia nos frenaba. Después conocí al que hoy es mi marido, pero siempre he pensado que mi amigo era mi otra mitad. Y él, que yo era la suya… y yo sin saberlo.
Sigo en shock y me siento mal porque creo que ese día no supe reaccionar a la altura. Sé que le debo una llamada, pero antes necesito ordenar mis pensamientos y mis emociones, porque su confesión me ha removido mucho.
