Mi marido tiene varios grupos de amigos. No es él una persona muy constante en llamar y hacer planes cada semana, pero tiene esa forma de ser, ese qué sé yo de querer a sus amigos con todo el corazón y de alegrarse por sus cosas de forma genuina.

Quizá no esté siendo la etapa más sencilla de su vida. Trabaja muchas horas, apenas puede disfrutar en familia y hacer planes con gente fuera de casa está descartado la mayoría del tiempo.

Yo fui una de esas amigas a las que no llamaba casi nunca durante muchos años. Yo sabía cómo era él como amigo: gracioso, cotilla, cercano, preocupado y muy muy cariñoso. Lo sabía porque así fue conmigo casi dos décadas.

Desde antes de empezar a salir supe que hubo una chica en una de sus pandillas que le gustó durante un tiempo. Era una de esas chicas que creía inalcanzable para él (si, lo de su autoestima de mierda os lo cuento otro día), era guapa, lista y muy graciosa. Tuvo una oportunidad clara un día, pero su moral le impidió dejar que pasase algo en una noche de marcha creyendo que ella no estaba en pleno uso de su conciencia. Eran jóvenes…

Tiempo después se dio cuenta de que dejó pasar su única oportunidad y, al empezar ella una relación con un amigo suyo, quedó descartada como opción a ser algo más.

Pasaron los años. Quizá ella fue una de esas espinitas que te quedan de la juventud, pero el cariño que le tiene es superior a cualquier deseo pasado. No os sorprenderá saber que jamás me casaría con alguien que ve a las mujeres solamente como opciones sexuales, así que aquella parte de su historia quedó como eso, sin más.

Quitándose una de esas espinitas de la juventud fue como acabamos juntos. Éramos ambos la gran espinita del otro, ese “no coincidimos nunca en el mejor momento, pero ojalá hubiese pasado”.

Conocí hace tiempo a aquella chica. No tuvimos mucho contacto por la distancia, por no coincidir… Pero hace un año que pasamos el día en su ciudad y él propuso llamarla. Fue la primera vez que estábamos con ella sin más gente del grupo. Me alucinó mucho su forma de ser, su forma de hablar y el cariño real que le tiene a él.

Al marcharnos de allí él se emocionó un poco por los viejos tiempos, por lo poco que puede dedicar a la gente que quiere, por la vida adulta que nos separa de nuestros grandes amigos…

Le prometí que le ayudaría a ser más constante y planifiqué una quedada poco después.

Desde entonces nos hemos visto 4 o 5 veces. Alguna en grupo, una vez con ella y su pareja actual (que es majísimo, como ella) y esta última vez solamente ella y nosotros.

Yo tenía una “cita a ciegas” con un grupo de amigas en su ciudad, así que comimos con ella, pasamos un buen rato en su compañía y después los dejé solos para que paseasen por la feria del libro mientras yo me encontraba con mi grupo.

Una de mis amigas me preguntó si venía sola, le dije que no, que había ido con mi marido, pero que él estaba con una amiga y vendría luego. Vi en su cara un gesto de extrañeza. Entonces pensé: si aún encima le digo que ella le gustó durante un tiempo en su juventud y que hoy su pareja no está, le explota la cabeza.

Pero la verdad que los celos no tienen sentido ni cabida cuando hay seguridad y confianza real y merecida. Cuando alguien te demuestra quien eres para él, cuando no oculta nada jamás y… Supongo que los años de amistad previos nos han llevado hasta aquí, a donde él me enseña los selfies que se hicieron para enviar a su grupo de amigos, donde ella me abraza con ese cariño “consorte” porque lo quiere tanto y sabe que yo soy importante de verdad para él, donde yo le devuelvo el abrazo con cariño real del que se le tiene a quien quiere a los tuyos.

Ojalá pronto podamos vernos de nuevo. Siempre es un placer verle feliz y ver de nuevo qué buen amigo fue para mí antes de ser mi hombre perfecto.

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

Si tienes una historia interesante y quieres que Luna Purple te la ponga bonita, mándala a [email protected] o a [email protected]