Mario, 60 años: fui cobarde. Ella me llevaba gustando desde la secundaria, éramos amigos, salíamos en pandilla, y ella me daba a entender que yo también le gustaba, pero nunca me lancé, me daba un miedo espantoso. Llegamos a la universidad y empezó a dejarme caer que tal o cual la había invitado a salir, pero que ella decía que no porque estaba esperando que se lo pidiera yo. Después de mucho vacilar, me animé a escribirle una cartita anónima y la dejé en su carpeta. Fue lo peor que pude haber hecho. Al día siguiente me dijo que no quería volver a saber de mí y me explicó que era a causa de mi cobardía. «Te lo he puesto fácil, llevo casi una década poniéndotelo fácil. Te dije a la cara que quería que me pidieras salir, solo tenías que decirlo en ese momento, nada más. Y no has sido capaz ni de eso; en su lugar, me vienes con una notita anónima como si tuviéramos diez años. ¿Qué va a pasar mañana, cuando tengas que hacer frente a cosas graves donde nadie te lo ponga facilito? Yo no puedo atar mi vida a alguien tan cobarde». Y fui tan imbécil que la dejé irse. Aguanté el chaparrón sintiéndome un mierda y no se me ocurrió protestar.

En ese momento sufrí mucho, lo vi injusto y lo pasé muy mal, pero hoy veo que me lo merecía. Muchos años después conocí a otra persona, ya solterones los dos, y, aunque puedo decir que me siento feliz, sé que mi falta de decisión me ha lastrado toda la vida. Ojalá pudiera volver a ese momento y actuar de otra forma.

David, 32 años: no supe aguantar su pasado. Ella nunca me mintió ni me hizo creer lo que no había; yo sabía que ella había tenido su etapa de salir del nido y vivir su libertad, y en principio no me importó, pero empecé a oír cosas como «el que se la queda, pierde», que si había hecho una orgía una vez, que si tríos, que si… También, buscando podcasts y blogs de mejoramiento físico y personal, caí en sitios que hoy me doy cuenta de que fueron muy tóxicos, pero que en aquel momento pensé que me abrían los ojos. Que yo valía demasiado para una mujer que, como ella, no se había respetado; que qué clase de pareja y madre iba a ser. Pude haberla valorado por cómo me trataba, por cuánto me había demostrado, cómo nos entendíamos, pero en su lugar solo valoré que había follado más o menos tanto como yo. La dejé y aún le eché en cara el motivo. Pensé que en menos de un mes tendría a una chica mejor, «menos usada».

Han pasado seis años de eso. He intentado volver con ella dos veces, sin conseguirlo; ya me lo dijo, que nunca volvería con alguien que la insultó como yo lo hice. Hace como año y medio que se casó.

Héctor, 40 años: no ayudé con los niños. En mi trabajo tengo jornada intensiva y ella partida, de manera que yo llegaba a las tres y ella no podía estar en casa hasta cerca de las ocho. Los tres primeros años estuvo bien porque ella se pidió excedencia, así que entraron al colegio con tres años y un añito. Luego quiso volver a trabajar y, realmente, nos hacía falta que lo hiciera. Yo solía llevar a los niños a casa de mi madre por las tardes en verano y, cuando empezaron el colegio, era mi madre la que los recogía de la escuela. Mi mujer se quejaba porque, cuando llegaba, la casa no estaba recogida ni la cena hecha, y yo ponía de excusa que mi madre me había entretenido, que no sabía qué había que hacer, que ella nunca me había enseñado a tomar la iniciativa, que yo hacía lo que ella me mandaba. Empezaron las discusiones y una noche tuvo que quedarse de más en el trabajo por un problema. Cuando llegó, en lugar de tenerle un triste sándwich de cena, preguntarle por su día o simplemente darle un beso, le puse en brazos al pequeño y le dije que por favor lo durmiera, que conmigo no quería, y que qué íbamos a cenar, que no había nada descongelado y en casa apenas había dos tonterías.

Esa misma semana nos divorciamos. En su día no lo entendí, me pareció muy injusto, le dije que era una loca exagerada. Hoy, que mi madre nos ha dejado y tengo que ocuparme yo de todo, veo que fui un mal compañero para ella. No supe ser un adulto, era solo un niño más.

Joan, 65 años: fui infiel. Me creí el cuento del jefe y la secretaria: tenía un buen puesto, un cargo elevado y a mi mujercita en casa mientras yo cerraba negocios por igual en despachos y bancos que en night-clubs de barra americana. Lo que en un principio eran coqueteos con esta o aquella se convirtió en toqueteos y luego en «deslices que nunca se repetirán». Ninguna me ponía un pero, aquello era normal, y llega un momento en que piensas que realmente es un extra del trabajo, como los jaboncillos de los hoteles. Cuando entró de secretaria una niña de veinte años, me volví loco por ella. Le dije que dejaría a mi mujer por ella, pero que debía tener paciencia por las niñas, por… el disco clásico. Al cabo de un año me cansé de ella y pretendí dejarla. Y ella llamó a mi mujer y le contó todo. Quedaron, y le dio pruebas de que cuanto decía era cierto y no ahorró palabras en contarle lo de otras.

Me vi en la calle de un día para otro. El chalé y las niñas fueron para ella; se buscó un abogado que me dejó casi en calzoncillos. Y aunque en su día la odié y pensé que «lo que me había hecho no tenía nombre», hoy día veo que tenía en casa a una persona que me quería por mí mismo y no por mi cargo, pero no lo supe valorar. Cuando desaparecieron el dinero y los regalitos caros, ni una sola mujer me hizo cara. Ella sí estuvo conmigo cuando no los había, ayudándome a montar la empresa, pero de eso me di cuenta demasiado tarde.

Eric, 52 años: me dejé llevar por los que creí amigos. Ella y yo éramos novios desde casi la niñez y ella era gordita, con gafas y no muy agraciada, pero un verdadero amor de persona, divertida, culta, inteligente, bondadosa… Me quería muchísimo, y su familia igual. Pero mis «amigos» me decían que adónde iba con ese feto, que era una vaca, me hacían bromas estúpidas. Yo me defendía, pero con 17-18 años esas cosas hacen mella. Al final la acabé dejando y sé que le hice daño por más suave que quise ser. Durante aquel año me enrollé con un par de chicas y me di cuenta de que no dejaba de compararlas con ella, ni de pensar en ella. Así que traté de volver.

Igual que yo escuché a mis amigos, ella escuchó a los suyos: había perdido peso y estaba increíble. No quiso ni escucharme. Ahora hasta mis amigos iban detrás de ella, y se reían de mí por haberla dejado. Se hizo profesora de aeróbic, después de yoga y más tarde se casó. Vivimos en la misma localidad, así que la he visto ser feliz, tener dos niños y prosperar… con otro. Pude haber sido yo, pero fui tan tonto de escuchar a amigos falsos.

Todos los nombres han sido cambiados.

Delice.