No era la primera cita con él, ni mucho menos una historia de Tinder de esas que acaban con trauma y sesiones de EMDR. Con este chico ya había quedado varias veces. Un café, una caña rápida, algún mensaje nocturno subidito de tono que moría en el limbo de los “¿qué tal tu día?”. Nada serio, pero tampoco descartable.
Hasta que llegó la tarde infernal. Ese día el calor pegaba más que los chismes de mi vecina Paquita en el grupo de WhatsApp de la comunidad. Yo ya iba medio derretida, con el eyeliner a la altura del pómulo y las braguitas luchando por no declararse en huelga. Quedamos en una terraza cutre de barrio —de esas con sillas metálicas que si no llevas pantalón, te tatúan las líneas para el resto del verano— y ahí estaba él: moreno, mojado, sonriente… y en bañador. Ojo: en bañador.
El chico venía directo de la piscina, con la toalla colgada al hombro, olor a cloro y esa actitud de «yo soy así y si no te gusta, te jodes» que honestamente, me pone. Nos pedimos unas cervezas, empezamos a hablar de cualquier cosa y yo intentaba no desmayarme del calor. Pero entonces… entonces lo vi.
Primero pensé que era una arruga rara en el bañador. Luego, que quizás llevaba un colgante hippie metido dentro. Pero no. Era… un huevo. Un testículo. Un orco asomando tímidamente desde las profundidades de Mordor. Ahí, huido de la rejilla del bañador, como saludando, como diciendo “hola reina, yo también quiero participar en la conversación”. Y peludo. Muy peludo.
Intenté no mirar. Lo juro. Pero era como ese moco que ves en la nariz de alguien y no puedes dejar de observar. Entre cada trago de cerveza, ahí estaba él: el huevo colgón, disfrutando del fresco metal de la silla.
Yo me debatía entre avisarle (¿cómo? ¿“Oye, creo que se te ha escapado un testículo”?) o dejar que la vida siguiera su curso. Él tan tranquilo, hablando de cine o del calor, o de su abuela, yo qué sé. Mi cerebro estaba demasiado ocupado poniéndole nombre al huevo (lo bauticé como Pepo) y haciéndome preguntas existenciales como: “¿Esto es una señal divina para que no me lo folle?” o “¿Y si me río y lo ofendo y se va y nunca más vuelvo a tener oportunidad de ver cómo será este señor en la intimidad?”.
La cosa es que no le dije nada. Pero me lo follé.
Sí, sí. Esa misma noche. Huevo colgón incluido. Porque una ya no está para andar perdiendo oportunidades por culpa de un descuido textil. Y he de decir que, una vez liberados del bañador traicionero, el conjunto completo era digno de ovación (sin chistes de huevos, por favor).
Moraleja: A veces la vida te enseña una pelotilla y tú tienes que decidir si te escandalizas o te dejas llevar. Aconsejo lo segundo.
Anónima
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