Ubico la acción. Pareja proveniente de colegios de curas y monjas, respectivamente, que tras los primeros jugueteos sexuales empieza a plantearse ir más allá. Lo habitual eran los besos, luego llegó la masturbación y posteriormente el sexo oral. Por el miedo perenne al embarazo, y por no usar un preservativo, «eso es pecado mortal» que decían los religiosos que nos educaban, pues allí me veías con los slips puestos y con ella rozándose por encima como la gata de una venta de carretera.
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Estaba claro que el cuerpo nos pedía algo más, pero nos acordábamos del «antes de llover, chispea» y no queríamos comprometernos. Un día, se nos ocurrió que por qué no probábamos por detrás porque no había riesgo de embarazo. La idea a ella no le gustaba del todo, pero dijo que si lo hacíamos poco a poco, igual le terminaba gustando.
Llegó el momento de organizar la infraestructura, la coartada, «vamos al piso de la playa a encerrarnos a estudiar, o eso, o repetimos el curso», y organizar la agenda para que mi hermano, que usaba el piso de picadero, no terminase descubriendo el pastel. Cuando todo cuadró, allá que nos fuimos de fin de semana para probar las delicias del sexo anal… o eso pensábamos.
Como te puedes imaginar, no teníamos ni idea de qué era un enema, de cómo limpiar correctamente el ano y mucho menos nos íbamos a atrever a comprar un lubricante. Por lo tanto, tras el calentón inicial, le digo que se ponga boca abajo en la cama que voy a lubricarle la zona.
¿Qué tenía a mano? Crema after sun hidratante. Por suerte, el bote estaba casi entero, lo que me permitió ponerle a mi chica en el ano como tres cuartos del mismo. Lo ponía como el que estaba decorando una tarta: a cholón. Luego me dio por ir metiendo un poco el dedo y cuando tenía el culo como un rollito de canela glaseado, me propuse penetrarla. Ella no se podía mover porque estaba de crema hasta arriba y se iba a descubrir que habíamos cambiado las sábanas.
Por lo tanto, ella se queda allí tirada como un maniquí y yo empiezo a tocarme el pene para conseguir una erección. Con tanta crema, aquello se me escapaba por todas partes y ella seguía allí espera que te espera. Cuando conseguí algo más o menos digno, me pongo detrás e intento meterla. Que si quieres arroz Catalina. Se iba para todas partes menos para donde tenía que irse. Además, era invierno, la crema estaba helada, ella estaba ya con los primeros síntomas de hipotermia y no había manera de terminar la faena.
Para colmo de males, nos dio por reírnos y ahí fue donde todo se vino abajo, nunca mejor dicho. Cogí papel higiénico para quitarle la cataplasma de after sun y nos dijimos que teníamos que ver alguna película porno o algo para aprender cómo se hacía porque había algo que fallaba. Con el culo hidratado a la perfección, y yo con mi pene más brillante que una baliza de la DGT, seguimos charlando amablemente y la idea se nos fue de la cabeza durante el resto de nuestra relación que, por cierto, se rompió a los seis meses.
Me la encontré con su marido hará como un año. Nos saludamos y fue él quien me preguntó si era cierta la anécdota que acabas de leer. Le dije que sí y me confesó que cada vez que ha intentado tener sexo anal con ella le ha sido imposible por la risa y por una frase que ambos tenemos grabada a fuego: «echa crema ahí que seguro que así entra más fácil».
Anónimo
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