Qué vergüenza. No soy de esa clase de personas que van por la vida creyéndose el ombligo del mundo, encantadas de haberse conocido, mirándose en cada espejo que encuentran. Más bien todo lo contrario: a pesar de que soy una chica mona, siempre he sido bastante introvertida y el día que repartieron la seguridad en una misma a mí me pillaron en el baño. Por eso, cuando conocí a Sergio nunca sospeché que yo le gustara.

Era el colega del novio de una amiga de la pandilla, había venido a mi ciudad de vacaciones y aquella noche nos fuimos todos de copas. El chico estaba bastante bien, llamaba tanto la atención que tenía que quitarse a las chicas de encima como si fueran moscas. Y no era para menos: si fuera una tía más lanzada y con una autoestima como Dios manda, yo misma le habría tirado ficha. Sin embargo, me limité a echar unos bailes con él y a parlotear toda la noche.

A la mañana siguiente, mi amiga me llamó y me dijo que Sergio le había pedido mi número de teléfono porque le había encantado y que, si no se había liado con nadie, era porque solo quería hacerlo conmigo. WHAAAAT???!!!

Al principio pensé que mi amiga me estaba vacilando. ¿Cómo iba a fijarse en mí semejante monumento? A ver, que no soy un orco de Mordor, pero tampoco soy Irina Shayk. A los pocos segundos, me llegó un mensaje suyo: un audio en el que me preguntaba cómo llevaba la resaca y si me apetecía quedar de tranquis con él y enseñarle un poco más de la ciudad. Y ahí estaba yo, al otro lado del teléfono, temblando como un flan y con una sonrisa de idiota en la cara mientras pensaba: “Oye, ¿y por qué no le voy a molar yo a este tío?, ¿quién soy yo para no darle el gusto al muchacho?”.

Así que, con dos ovarios, dejé a un lado mis inseguridades y le contesté que sí. Decidí que la ocasión lo merecía y, aunque no suelo maquillarme demasiado, ese día me curré un make up súper bonito, con instrucciones para inútiles en el arte de la cosmética como yo. Para rizar el rizo, un vestidito que gritaba “dame un grrr” a los cuatro vientos y unas sandalias de tacón. Me sentía genial conmigo misma; es increíble el subidón de seguridad que le da a una cuando se siente tan guapa. Sospecho que ser consciente de que alguien sumamente sexy como Sergio me tenía por una mujer atractiva tuvo algo que ver.

Llegué a la cita que solo me faltó caminar a cámara lenta con un ventilador ondeando mi pelo, al más puro estilo Beyoncé en el videoclip de Crazy in Love. Él se dedicó a engordar un poco más mi ego y me dijo que estaba preciosa, que no iba a poder admirar las cosas bonitas que tenía la ciudad porque yo le distraía. Me derretí, por supuesto, pero como llegados a ese punto el espíritu de Georgina me había poseído, me reí y fingí que no me afectaba demasiado.

Una vez concluidos los piropos, fuimos a la terraza de moda, que tenía las mejores vistas de la ciudad. Era perfecto: la puesta de sol, el buen tiempo, la música, él… Sergio estaba guapísimo y yo me sentía imponente al ver que le traía loco, que no dejaba de acariciarme, de mirarme a los ojos y a los labios. Además, notaba que mucha gente nos miraba y aquello me terminó de nublar el juicio. Mis gestos, mi forma de hablar, de caminar, de tocarle y de sentarme eran propios de una diva.

Sin embargo, de repente, noté un cambio en la vibra. No sabía identificar cuál había sido el motivo, pero era evidente que algo había cambiado en cómo me trataba. De comerme con los ojos pasó a mostrarse retraído, como si le diera vergüenza mirarme. “¿Le estoy cortando el rollo con mi pose de estrellita?”, pensé. La noche fue avanzando y, aunque seguía siendo encantador, había una cierta incomodidad en el ambiente.

Mi gozo en un pozo y sin saber qué demonios había pasado, la cita terminó abruptamente después de tomar dos o tres cócteles. Sergio se despidió de mí con dos besos —no con un morreo, tal y como a mí me hubiera gustado— y dijo que ya me llamaría.

De camino a casa, todo ese disfraz de creída se me vino abajo. ¿Cómo había podido pensar que, aun con aquel cambio de look, Sergio se iba a colgar de mí? Toda aquella gente que nos miraba seguramente estuviera preguntándose qué hacía alguien como él con alguien como yo: un pedazo de modelo con una del montón. Me apostaba lo que fuera a que todo ese repentino desinterés se debía a que se había fijado en otra chica de la terraza y se había dado cuenta de que podía aspirar a mucho más.

Y en esas divagaciones autodestructivas me encontraba cuando llegué a casa. Nada más cruzar la puerta, me di de bruces con el espejo de la entrada y me fijé. No es por tirarme flores, pero estaba de toma pan y moja. ¿El problema? Ahí, en mi nariz, estaba el culpable de mi desgracia: un pedazo de moco como una catedral.

Después de ponerme de todos los colores y sentir la mayor vergüenza de mi vida al saber que me había paseado por todas partes con mi colega verde, me entró la risa: todo se reducía a un moco en mi nariz. Fue entonces cuando me di cuenta de que era yo quien había salido ganando; además de aprender la lección de no fingir ser alguien que no era, había perdido de vista a una persona incapaz de decir: “Oye, tienes un moco”. ¿Tan difícil resulta?

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