¿A quién no le ha gastado una bromita la genética? ¿Quién no ha visto, por un ejemplo, que sus padres tenían unas preciosas facciones los dos y él ha sacado la nariz de pepino de veinte centímetros del tío abuelo Remigio? ¿O que su padre era feíllo, pero muy simpático, su madre tímida pero muy guapa, y él ha salido feíllo y tímido? Son cosas que pasan. Y una me pasó a mí, que teniendo mis padres los dos un pelo fuerte y precioso, yo heredé la alopecia masculina de mi familia materna, siendo mujer. Pero qué gracia tiene la genética, ¿verdad? Es una graciaaaaaaaa…

Desde niña tuve un pelo bonito -modestamente-, de un precioso tono rubio tostado, pero siempre pobre. Mi madre me llevó a médicos, dermatólogos, esteticistas, especialistas en cabello… Usé píldoras, lociones, Minoxidil, champús especiales, ampollas, huevo batido y un largo etcétera. Cada vez que salía en televisión un producto nuevo que aseguraba frenar la caída, potenciar el crecimiento o similar, a mi madre le faltaba tiempo para comprarlo y echármelo en la “azotea”, convencida de que este iba a ser el definitivo, el que me pusiese una melena de león o, más modestamente, el que cubriese las claras que ya como a los veinte empezaron a verse y tratábamos de tapar echando aquí o allá los mechones. 

Después de muchos complejos y parches, las dos vimos que aquello no tenía solución. Y un día, viendo en un documental que Sean Connery se había quedado tan mondo como yo a la misma edad y que siempre usó peluquín para encarnar a James Bond, me dije “pues oye, si él pudo volar, nadar, enfrentarse a Spectra y ser uno de los hombres más atractivos de todo un siglo usando bisoñé, no veo por qué yo no voy a poder usar peluca para una vida tan sencilla como la que llevo, que en lugar de en Ashton Martin, sólo monto en autobús”.

Mi primera peluca fue un simple peluquín corto de mi mismo tono de cabello, suficiente para disimular y darme una apariencia muy distinta. Pero ya sabéis qué pasa cuando se abre un melón, que a lo primero dices “con esto basta” y a la semana dices, “¿y por qué voy a pararme aquí?”. Actualmente tengo diez pelucas de distintos largos y colores y puedo ser pelirroja, rubia nórdica, pelimorada, rubia oscura, o tener el cabello corto o hasta la cintura según me apetezca. Una fantasía, vamos. 

Claro, el llevar peluca, como todo, tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Uno de ellos es que a veces, se pueden mover. Si alguien que me lee alguna vez ha usado una, sabe que primero te pones una redecilla para ocultar tu propio cabello (aunque sea escasito como es mi caso) y encima, te colocas la peluca, que va sujeta a la nuca por una cinta que engancha de forma parecida a un sujetador (algunas pelucas largas, que son pesadas o llevan coletitas de adorno, como las pelucas de cosplay, también llevan prendedores en la parte delantera para garantizar mejor sujeción). Esa cinta, cuando llevas un abrigo o una bufanda en invierno, al rozar con ellos puede moverse o soltarse. No es grave, te metes a un baño y te arreglas en un momentito. Y eso fue lo que pasó. 

El otro día, después de mucho pasear por la calle con el abrigo puesto, mi peluca rosa no estaba tan fija como cabría desear, así que en cuanto llegamos al restaurante donde pensábamos comer, me dirigí al baño. Se trataba de un lavabo unisex, había tres o cuatro cubículos y frente a ellos, la línea de lavabos y espejos. Con un suspiro de alivio, me quité la peluca y la redecilla, que también se había desatado. Me estaba colocando la redecilla de nuevo cuando un cubículo se abrió. Un hombre de unos cincuenta salió del mismo y se quedó mirándome, abriendo unos ojos redondos como platos de postre. 

—Buenas… —sonreí, tras un par de tensos segundos. El tipo pareció despertar y balbuceó:

—¡Ah! Buenas tardes, perdón, no… no quería ser indiscreto, es que… que, bueno, que-que yo soy muy tolerante, ¿eh? Es que… eeh… 

No quise decirle nada más, porque el hombre tenía pinta de estar pensando “Cállate, Pepe, que la estás cagando más, que la estás cagando más”. Al fin dio con salir corriendo del baño, sin lavarse las manos ni nada. Sí. Creo que me había tomado por una mujer trans. Cosas que suceden, supongo, cuando nunca se te ha ocurrido pensar que la alopecia es a veces como esos lavabos: unisex. 

 

Delice