Los probadores de una tienda de deporte son más estrechos de lo habitual porque la gente gorda no hacemos ejercicio, ¿no? Puede que esa sea la lógica, porque sigo sin explicarme lo que me pasó el otro día. Fui a comprar ropa de deporte porque la necesito para ir al gimnasio. Mis anteriores mallas están desgastadísimas y encima me ha apetecido ir a la piscina y necesito un bañador, por lo que he elegido varios modelos de este tipo y he ido al habitáculo habilitado para cambiarse. Llevaba una mochila y golpeé cada esquina porque, sencillamente, no cabía bien. Lo que más se reflejó en aquel espejo fue mi cara de indignación absoluta al encontrar otra forma de gordofobia sistemática y de exclusión a través del entorno.

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Además, es un sinsentido; había 5 cabinas y un amplio sitio sin utilizar, y supongo que ninguna empresa querría discriminar a posibles clientes, y menos a unos para los que tienes tallas. A mí que me lo expliquen. Encima, la odisea no finalizó ahí, cambiarse fue una gymkana y salí con una sensación de derrota horrible. ¿Lo peor? Que sí, yo estoy gorda, pero lo cierto es que soy pequeñita; me duele mucho pensar en lo que le pasará por la cabeza a la gente que es más alta y grande que yo, en un espacio tan reducido.

Y te pones a pensar, y esto es el pan de cada día, porque en los aviones puedes pagar un extra para ir más holgado y que te alarguen el cinturón (que lo de pagar lo hablamos otro día…) pero en el transporte público se pasa mal cuando tu cadera sobresale del espacio de la butaca y no solo puedes sentir que molestas a la otra persona, sino que vas rozándote con un desconocido o desconocida.

Ir al cine o al teatro puede ser incómodo por lo mismo: el contacto no deseado con alguien más, pero también porque hay reposabrazos que no se pueden mover y se te clavan, casi literalmente, en el alma. Así como en sitios que no son de ocio, como salas de espera o pupitres en zonas académicas.

Que yo hay cosas que comprendo, que no hay que hacer matemática avanzada para entender que si juntas más las mesas de una terraza, caben más clientes y ganas más dinero; pero creo que tampoco ganas nada si tus clientes no pueden pasar a sentarse o, incluso, perderás tiempo cuando te reclamen el poder llegar a su sitio sin tener que ser un acróbata superdelgado.

El otro día leía que hay una forma de colocar el mobiliario público pensado para, entre otras cosas, que no duerman las personas sin hogar, como por ejemplo: los bancos seccionados con reposabrazos de forma que no sea humanamente posible tumbarse; esto tiene un nombre y es “arquitectura hostil”, y aunque me molestó conocer estas alteraciones en los lugares públicos por las personas a las que les perjudica, no pensé que, salvando las distancias, yo me viera afectada de manera similar.

Ahora que se pasó la moda del “body positive” (visto desde un punto de vista capitalista en el que aparentemente esta reivindicación lógica ya no da tanto dinero) parece que retomamos la gordofobia de la forma más hipócrita: perdonadme que me ría, pero nos bombardean con discursos sobre nuestra salud relacionándola con nuestro peso, nos “invitan” a hacer deporte y a dejar atrás el sedentarismo (¿y tú qué sabes si yo soy sedentaria?), y nos juzgan por no seguir la norma; pero si queremos comprar material para ello, es mejor que lo probemos en casa.

Pues yo solo os digo que el error de diseño no está en mi cuerpo. Ni en el vuestro.

Dalia Suárez