Ya ha pasado tiempo y soy capaz de tomármelo con humor, pero creo que el ghosting más doloroso que he vivido en mi vida no me lo hizo mi primer novio de la adolescencia, un maromo excepcionalmente imbécil, ni un hombre con el que hubiera tenido una relación sexoafectiva.

No.

Me lo hizo mi mejor amigo.

¿Sabéis esas relaciones simbióticas de las que no concibes un final porque, al no estar el amor —de pareja— por medio, parece imposible que terminen? Pues Saúl y yo éramos así.

Coincidimos en mi primera clase de universidad y, desde aquel día, cual flechazo, fuimos inseparables. Yo era una más en su piso y él tenía su sitio en el sofá en el mío. Era tal nuestra complicidad y nuestro cariño que podía pasarme días y meses a su lado sin cansarme.

Veíamos series, cocinábamos, nos íbamos al parque, a la playa, a la montaña, sin necesitar excusas. Nuestros amigos terminaron siendo amigos de ambos. Era la primera persona a la que llamaba al llegar a Santiago cuando volvía de vacaciones, y la primera a la que veía tras los veranos en la costa.

Nunca hubo una mínima alusión a que pudiéramos ser algo más porque, sinceramente, ambos habíamos llegado a tal punto de confianza que un intento de beso habría sido casi incestuoso.

Qué feliz era con él.

Al estudiar Traducción, mis profesores nos sugirieron una estancia becada en el extranjero para mejorar el idioma y conseguir más oportunidades profesionales. Aunque éramos bastante aplicados (me río yo de la competitividad en ciencias), sabíamos que sin esa experiencia fuera de España el currículum se quedaba cojo.

A mí irme de Santiago me causaba sudores fríos. Estaba convencida de que ninguna diversión de Erasmus sería comparable a vivir al lado de Saúl, compartir piso con mis amigas y pasar las noches en nuestros bares y discotecas de confianza.

Y aun así, todos sabían que me iba a ir.

Yo quería afianzar mis habilidades lingüísticas, nunca le había tenido miedo a la aventura y estaba cien por cien segura de que todo seguiría exactamente igual cuando volviera.

Se me encoge el corazón al recordarlo.

Cuánto me equivocaba.

Durante el Erasmus, Saúl y yo mantuvimos una relación un poco más distante, pero no le di importancia. Sabía que él no era muy de teléfono y cuando lo veía en persona nos reíamos como siempre.

El problema fue al volver a Santiago: todo se desmoronó.

Tras sufrir bullying en la universidad extranjera, el contrato predoctoral que vislumbraba se vino abajo por las notas tan horribles que había sacado. Por si fuera poco, mis compañeras de piso decidieron que preferían quedarse con la chica nueva que habían conocido ese año y me pidieron que me fuera.

Mientras todo esto pasaba, yo escribía y escribía a Saúl pensando que él estaba ahí.

Y no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Cada vez respondía menos. Cuando le decía que necesitaba verle, estar como antes, ni siquiera hablar, solo sentirme a salvo, me respondía dos meses después sin apenas una excusa.

Fue uno de los golpes más duros de aquel año.

Una amistad de más de cuatro años, diaria, construida desde los cimientos, terminada sin una conversación.

Yo insistí, claro. Pero llegó un punto en el que tuve que asumir que le daba igual.

Y me dolió como nunca me ha dolido una ruptura de pareja.

Antes de irme de Santiago, le escribí un último mensaje:

Hola, Saúl. Me habría gustado hablar contigo en persona, pero ya me has dado a entender que no quieres. Llevo meses torturándome intentando entender por qué te alejaste de mí, justificando que quizá no fui la persona más alegre con la que pasar el rato este último año. Pero ya no quiero hacer nada de eso. No quiero ni siquiera una explicación, solo agradecer al Saúl que fuiste todo lo bonito que me dio. No sé en qué persona te has convertido; solo sé quién eras. Y quizá esa sea la razón más poderosa para decirte adiós de forma definitiva. Aún me sé tus alergias y cuando escucho una canción pienso en qué te habría parecido. Que te vaya muy bien en la vida. Espero que el motivo por el cual decidiste sacarme de tu vida valga más la pena que lo que valía tenerme en ella.

No esperé respuesta.

En un arrebato de amor propio, lo bloqueé.

Pero tuvo consecuencias.

Durante mucho tiempo no pude volver a confiar en nadie. Y eso me costó mucha terapia.

Por eso hoy soy incapaz de alejarme de alguien con quien tenga un mínimo vínculo sin dar una explicación.

Porque no quiero hacerle a nadie el mismo daño que Saúl me hizo a mí.