Un gemido divertido

Fue un domingo de invierno. De esos en los que no te apetece hacer nada salvo ver una serie, o una película mientras comes algo que has pedido. Era un día de tener que taparte hasta la barbilla porque te congelabas por más que llevases calcetines, pijama de pan de higo y zapatillas que no desentonarían en una escalada al Everest. No nos pusimos un gorro y unos guantes para que no nos llamara la agencia de la alarma para avisarnos de que nos estaban ocupando la casa unos individuos.

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Los niños estaban en casa de los abuelos y de allí irían directamente al colegio a la mañana siguiente. Normalmente, siempre organizamos algo más especial cuando ellos no están como poner en práctica alguna fantasía. No es que nos molesten, es que siempre hay que estar haciéndolo mirando el reloj, o en silencio total para que no nos escuchen y, como suele decirse, la cabra tira al monte y no siempre nos gusta hacerlo como en secreto. Tampoco estamos matando a nadie, pero ya se sabe que hay que mantener las formas por lo que puedan contar luego a sus amigos, o familiares.

Como hacía mal tiempo, no esperábamos ninguna visita y lo tuvimos claro. Apagamos los teléfonos, pedimos algo para comer, tomamos vino y a mí sentó fatal. Ya llevaba unos días medio resfriada y la mucosidad me mataba. Él estaba también medio tocado, pero parecía llevar mejor su catarro. Como suele decirse, son 10 días, cinco de bajada y cinco de subida, así que teníamos que tener paciencia. El rosario de antigripales, anticatarrales, infusiones y demás estaba casi agotado. Además, el día estaba nublado, había llovido durante la noche y tuvimos que encender la luz para ver algo porque era imposible. Elegimos la lámpara de mesa que da una luz más tenue y no molesta demasiado.

Pusimos un calentador en el salón, pero no encima, sino aparte para que calentase el ambiente. Vaya si lo calentó. La película no valía nada y comenzamos a toquetearnos bajo la manta. Que si una caricia, que si una masturbación mutua, que si se la chupo, que si me lo come y aquello no había manera de pararlo. La clave estaba en quitarse solo el pantalón del pijama, dejarse los calcetines y conseguir que el frío no nos atacase demasiado.

Como siempre, nos pasamos a la parte de la chaise longue para estar más cómodos. Ya tenemos preparados algunos cojines para evitar que mi cabeza golpee el respaldo.  Adoptamos la mejor posición para que me la pudiera meter más cómodamente, me ayudó a taparnos con la manta y allí que empezamos a darle. Siempre comenzamos con el misionero para ir calentando motores progresivamente.

Ese día, tras unos minutos en la mencionada posición, pasamos directamente a la de perrito, luego de lado y llegó el gran final conmigo cabalgando como una diosa. Tras correrme a lo bestia, me la saco, me siento al lado y emito un gemido que trasmitió tanto placer como un sonido gutural provocado por tanta mucosidad. Fue él quien me dijo que parecía que acababa de correrse Chewbacca. 

Desde entonces, cada invierno me viene y me dice «¿le apetece a Chewbacca el tema o no?» y no podemos dejar de reírnos. Eso sí, lo de hacerlo en el sofá con una manta por encima nos sigue gustando mucho. Creo que es porque nos recuerda a cuando éramos novios e intentábamos disimular si había alguien por allí. Chewbacca regresa cada invierno y aunque el gemido no es exactamente el mismo año tras año, el polvo sí que es de los más recordados de enero y febrero.