Cuando empecé a estudiar la carrera en la universidad, ya llevaba un par de años trabajando los fines de semana como camarera en un hotel del centro. Lo odiaba. Era uno de esos sitios pijos de cinco estrellas donde los jefes caminaban por la vida convencidos de que todos los empleados éramos ciudadanos de segunda y nos trataban como tal. Por eso, cuando entré en la universidad y una nueva etapa se abrió ante mis ojos, quise cambiar de aires.

Si tengo que ser sincera, he de decir que lo que realmente me hubiera gustado hubiera sido dejar de trabajar y concentrarme en mis estudios, como hacían la mayoría de mis compañeros. Pero no podía engañarme, era consciente de que necesitaba el curro para pagarme mis cosillas y echar una mano en casa de vez en cuando. Eso sí, lo del cambio de aires no se me quitaba de la cabeza, así que me puse a buscar empleo como una loca durante días.

A mis veinte años no es que contara con una experiencia laboral impresionante, pero había hecho mis pinitos como camarera y la atención al cliente era algo que dominaba a la perfección. Las semanas siguientes recibí un montón de llamadas para realizar entrevistas, pero no tuve suerte en ninguna: o no tenía la experiencia requerida, o el horario no encajaba con mis estudios, o las condiciones eran pésimas. Ya estaba a punto de tirar la toalla, cuando un día recibí la llamada totalmente inesperada de unos grandes almacenes.

Me sorprendió muchísimo que me citaran para una entrevista en sus oficinas, ya que sé por familiares y amigos que entrar a trabajar en este lugar (que no nombraré pero que todas conocemos y visualizamos perfectamente) era bastante complicado. Y no se equivocaban. Aquello estaba atestado de gente esperando a ser entrevistada, con sus currículums en mano, visiblemente nerviosos.

Cuando llegó mi turno, me recibió un hombre trajeado con pinta de tener un palo de escoba metido en lugares donde no debería y un trajeado número dos con el pelo engominado como una competidora de natación sincronizada. Por su forma de tratarme, tan déspota y desagradable, pensé que todo había terminado ahí.

Sin embargo, me llamaron a los dos o tres días para decirme que había pasado la primera entrevista. ¿Primera? ¿Es que había más? Pues sí. En primer lugar te entrevistaban Míster Simpatía y Míster Pelo Bonito Teruel 1997 y, si les caías en gracia, pasabas a la siguiente tanda, si no: eliminado. Como si aquello fuera El Juego del Calamar.

La segunda entrevista fue algo más informal, me sentí mucho más cómoda con este otro hombre trajeado, quien me dio a entender en aquel mismo momento que querían contar conmigo. Me fui de allí más contenta que unas castañuelas pensando que ya estaba dentro, sin saber que aún quedaba otro paso más.

El trajeado número dos me informó de que se pondrían en contacto conmigo para ir avanzando con la contratación, pero lo que no me dijo es que días después una enfermera me citaría para una analítica y un reconocimiento médico obligatorio. De hecho, recuerdo que hizo bastante hincapié en el “obligatorio”.

Empecé a pensar que igual me había equivocado y había postulado para entrar en la NASA y no en unos grandes almacenes. Por el amor de Dios, ¡que iba a vender artículos de hogar, no a reconstruir el Apollo 11! Sin embargo, fui a aquel reconocimiento con toda la curiosidad del mundo.

Pensé que me habrían citado en alguna clínica privada, pero no. Flipé al comprobar que esta gente tenía su propio centro médico. Me hicieron pasar, una enfermera me sacó un par de tubitos de sangre, me pidió que hiciera pis en un bote, me tomó la tensión, me pesó y me hizo pasar a una especie de cabina insonorizada con unos auriculares para comprobar mi nivel de audición.

Cuando pensaba que aquello no podía ser más raro, la enfermera salió y entró en escena un médico. ¿Qué van a hacerme ahora, una colonoscopia? Pero no. Aquel hombre me auscultó, me miró los ojos, los oídos, la garganta, me tocó la columna vertebral buscando vete tú a saber qué…

Y entonces aquel reconocimiento empezó a mutar a entrevista más personal que laboral. Me preguntó si tenía reglas regulares, si éstas eran dolorosas, cuánto duraban, si había antecedentes en mi familia de problemas ginecológicos, si tenía pareja, si era estable, si tenía hijos o pensaba tenerlos, si quería casarme, si tenía algún tipo de discapacidad, si me habían sometido a alguna cirugía alguna vez…

Por aquel entonces, yo no lo sabía, pero todas aquellas preguntas eran ilegales. Aunque no hacía falta ser muy avispada para darse cuenta de que, legal o no, aquello era raro e innecesario. Con el tiempo supe que aquel interés por nuestra salud ginecológica y sexual como mujeres radicaba en saber si éramos propensas a pedir bajas médicas, a ser madres pronto o no. Básicamente: si te dolían las reglas y entre tus planes estaba ser mamá, no pasabas la prueba.

Siglo XXI llamando a (inserte nombre de empresa aquí).

Por desgracia, era una cría de veinte años y no tenía la misma picardía que pueda tener hoy, así que respondí a todas las preguntas totalmente incómoda. Y mis respuestas debieron ser las correctas, porque al poco tiempo ya estaba contratada. Han pasado varios años desde entonces y, aunque a día de hoy continúo trabajando para ellos, tengo entendido que aunque el reconocimiento médico sigue vigente como requisito, las preguntitas de marras han sido eliminadas.