Iván y Vero se casan. Vero quería casarse y a Iván no le iba mucho el rollo, pero, por amor, le acabó pidiendo en matrimonio y ella dijo que sí.
Iván puso dos condiciones: que Vero se encargase de los pequeños detalles y que todos sus amigos estuviesen presentes. No habría mucho problema si no fuese porque su mejor amigo, Raúl, vive temporalmente en Nueva York.
Pero Raúl dijo que le suponía un gasto que no podía asumir venir dos veces a España en un sólo año, pues él y su esposa, Patri, siempre vienen en Navidad. Y Raúl tuvo decirle que no a Iván. Y él, todo hay que decirlo, lloró. Ya le faltaba su padre, que había muerto un año antes, y ahora le faltaría el que para él era casi un hermano.
Aun así, rectificó y siguió adelante con la boda, pues el resto de su familia y todos sus amigos habían dicho que irían en bloque.
Y llegó el día. Iván entró del brazo de su madre, muy guapos los dos.
Y Vero entró del brazo de su padre y él, al verla, reconoció que no había visto nunca una novia más guapa y maravillosa que ella.
Se sentaron, el juez empezó con la ceremonia y dio paso a una de las mejores amigas de Iván, que les habló de la amistad con las mejores palabras que puedo encontrar para ellos y que, haciendo un guiño a Iván, le dijo que estar, estaban todos sus amigos, de una manera u otra, acordándose de Raúl y Patri.
Después habló Sheila, la hermana de Iván. Le habló de lo bonito que era ser su hermana, de cómo quería a su mujer y de cómo se acordaba de su padre. Le dijo que ella sabía que su padre hoy estaba orgulloso de él. Y todos los asistentes se emocionaron. Entonces, Sheila se acordó de que aún ella y su madre no le habían hecho el regalo oficial de boda. Y que pensaba dárselo ahora mismo. Y le dijo: “Y nuestro regalo es que va hablar una tercera persona.” Y se giró, mirando al pasillo de entrada.
Dos amigas de Iván dijeron al unísono: “No puede ser”, y se pusieron a sollozar cuando vieron recorrer a Raúl el pasillo hasta donde estaban los novios. No puede ser, pero, ¿quién podía ser, si no? Y Raúl entró con paso firme, decidido, tan alto, tan guapo, tan elegante. Y llegó hasta ellos, cogió el micrófono y se dispuso también a hablarles de la fuerza de la amistad. Patri tuvo que entrar más lenta pues la emoción podía con ella. Iván no sabía si levantarse a saludar a su amigo o quedarse sentado para escuchar sus palabras. Se quedó sentado, finalmente, pero sospechamos que fueron los fuertes sentimientos los que impedían a sus piernas aguantarle.
Raúl les dijo que no podía permitirse faltar a otra boda de un amigo y que allí estaba para explicarnos a todos cómo se habían conocido y cómo se querían, con kilómetros y años de por medio.
Cuando Raúl acabó, ahora sí, Iván se levantó y se fundieron en un fraternal abrazo, que decía mucho más que todo lo que Raúl le había leído, mientras los asistentes, y sobre todo los amigos de ambos, aplaudían a rabiar, locos de felicidad, con los ojos llenos de lágrimas. Y Patri, que ya había conseguido llegar hasta allí, abrazó también a los novios.
Y llegó el momento de intercambiar anillos. Y las seis testimonios de los novios los rodearon, cogiéndose de las manos y las cinturas con fuerza, pues sabían que iban a presenciar un momento mágico de amor y serían testigos de una promesa de felicidad eterna. El novio, con la emoción, no podía sacar el anillo de la caja para entregárselo a su esposa y Raúl se adelantó para ayudarle, sujetando la caja de los anillos, y así se cerró el círculo de cariño y amistad que esas siete personas atestiguaban, dando su apoyo y su fuerza a la pareja.
E Iván y Vero se casaron. Y todos, todos fuimos felices.
Morticia Adams

