Tengo treinta y cuatro años y sé perfectamente cómo es mi cuerpo. Nunca he necesitado opiniones ajenas, para eso tengo muchos espejos en mi casa. Objetivamente me sobran algunos kilos, o dicho de otro modo, estoy gorda, con sus cinco letras, y nunca me he engañado con eso. Hace años que no siento que mi cuerpo sea un problema, de hecho, lo cierto es que me gusto bastante a mí misma. Y a otro al que le gustó mi cuerpo nada más conocerme fue a mi marido. Siempre ha dicho que le llamé la atención nada más verme, que él siempre ha sido de fijarse en mujeres con carne y que las mías le vuelven loco. Y por la intimidad que tenemos, doy fe de ello. Él es guapo, alto, musculoso, todo un vikingo, como le llamo cariñosamente. Siempre nos han dicho que no pegamos nada, ya podéis imaginar por qué. Ven un buenorro con una gorda y parece que se acaba el mundo. Y una de esas personas que parece llevarlo bastante mal es, ni más ni menos, mi suegra.
Ella es todo lo contrario a mí. Muy delgada, muy rubia, muy de gimnasio y club social. Dinero, tiempo libre y una obsesión enfermiza con su cuerpo. Nunca ha llevado bien que su hijo acabara con una chica de clase media, sin apellidos compuestos y con “kilazos de más”, como una vez dijo riéndose, creyendo que yo no la oía.

Durante años he tragado comentarios disfrazados de preocupación. Comparaciones constantes entre el físico de su hijo y el mío, recomendaciones de dietas milagro, papeles impresos con menús que jamás pedí que me mandase. Todo envuelto en esa falsa buena voluntad que te impide mandarla a la mierda sin quedar como la nuera conflictiva. Yo sonreía, asentía y luego me iba a casa con un nudo en el estómago.
Hasta que llegaron estos últimos Reyes.
Como cada año, fuimos a su casa a intercambiar regalos el seis de enero. Estaba toda la familia de mi marido. Risas, copas y buen rollo. Son bastantes personas por lo que el alboroto está garantizado. Cuando llegó mi turno de recibir el regalo, mi suegra me tendió un sobre. Fino, de papel grueso y dorado. Pensé por un momento que podría ser un viaje para hacerlo con mi pareja, o quizá un spa. Pero nada más lejos de la realidad.
Lo abrí sonriendo y al ver lo que contenía se me heló la sonrisa. Dentro había una tarjeta: *Bono de cinco sesiones de Nutrición Detox*.
Sentí cómo se me calentaban las mejillas. Me reí, nerviosa, intentando aparentar normalidad por no montar una escena frente a todos. Ella, encantada, empezó a explicarse. Dijo que ella iba al menos una vez al año para poner su cuerpo a punto antes del verano perdiendo los kilillos que le sobren en ese momento. Que había pensado que a mí me vendría genial, que seguro que me encantaba cuando probase. Y, ni corta ni perezosa, añadió que con cinco sesiones seguramente no sería suficiente para perder todos los kilos que me sobraban porque me haría falta más tiempo, pero que así al menos colaboraba con el comienzo del cambio.

Eso me hizo petar. Me negaba a permitir semejante humillación. Me giré y le dije que no era nadie para decidir sobre mi cuerpo ni sobre si tenía que perder o no kilos. Que yo jamás le había pedido opinión. Que llevaba años tolerando sus comentarios por evitar problemas, pero que esta vez se había pasado la raya. Que si quería, se quedase el bono para ella misma, para antes del próximo verano.
Se hizo el silencio en todo el salón. Mi marido reaccionó antes de que yo pudiera añadir nada más. Le cantó las cuarenta a su madre delante de todos. Le dijo que lo que había hecho era humillante, cruel y completamente fuera de lugar. No fue el único. Más de uno le recriminó el “regalo”. Aquello se convirtió en un numerito: mi suegra dramatizando indignada, diciendo que yo era una desagradecida y una histérica, mi marido discutiendo con ella, algunos de los presentes poniéndose de parte mía y de mi marido y otros pidiendo calma y que no estropeásemos un día tan bonito por algo que consideraban «una tontería». La resaca emocional me duró dos semanas, lo juro.

Desde ese día, mi suegra no ha vuelto a hacer ni un solo comentario sobre mi físico. Mi marido fue claro con ella cuando más tarde se quedaron a solas: o paraba de tratarme así o acabaría perdiendo a su hijo. Parece que, por primera vez, entendió el mensaje.
A día de hoy yo sigo teniendo el mismo cuerpo y el mismo marido. Pero algo sí que cambió. Ya no me encojo ni me arrebujo dentro del abrigo cuando entro en una habitación donde ella está, y tampoco . A veces, plantarse también es una forma de descargar kilos… Kilos de desdén y malos comportamientos soportados duda merecerlos.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.