Encontrar tu camino en la vida no es fácil. Hay gente que se muere sin haberlo hecho. Por eso, desde muy joven, me obsesioné con encontrarlo. Me daba pánico envejecer y acabar mirando con tristeza al pasado, sintiendo que había perdido o desperdiciado mi vida haciendo algo que no me llenase. Pero por mucho que me obsesionase, por mucho que me esforzase en dar con aquello que me correspondía por naturaleza, no había garantías de que lo fuese a encontrar. Por eso, cuando con 24 años acabé la carrera de ingeniería con más pesadumbre que otra cosa, me rendí por completo. La ingeniería no era lo mío. Eso lo tenía claro. Pero por desgracia tampoco sabía qué era lo que quería.
Me refugié en casa de mis padres mientras, muy a mi pesar, empezaba a buscar trabajo como ingeniera. La otra opción era hacer un máster, pero me imaginaba estudiando lo mismo otro año más y hasta me daban ganas de llorar. Mi camino, ese que siempre me había obsesionado, me esquivaba y no tenía pinta de que fuera a aparecer. Me tocaba hacerme a la idea de que iba a trabajar el resto de mi vida en algo que no me gustaba a cambio de estabilidad económica. Eso si al menos me pagaban de forma decente. Viviría en la misma ciudad en la que nací, saludando cada día a las mismas personas que conocía de toda la vida y sería presa de la monotonía.

Atravesaba una depresión provocada por todo esto cuando mi tía favorita anunció que vendría a pasar unos días a casa de mis padres. Más tarde me enteraría de que fue mi madre quien la llamó y le sugirió que viniese para así animarme un poco.
Siempre había envidiado y admirado a mi tía Lucía. Desde pequeña tuvo clara su vocación, quería ser chef. Así que apostó por ello desde muy jovencita con el apoyo de mis abuelos, se adentró en un mundo donde los chefs más cotizados siempre eran hombres y poco a poco se fue labrando un nombre y una reputación. Montó su magnífico restaurante en la costa portuguesa y se instaló allí, donde vivía con su mujer. Lo cierto es que su visita fue un soplo de aire fresco para mí. Pero no imaginaba hasta qué punto aquello me cambiaría la vida.
El último día de su visita, mientras almorzábamos, me lo propuso: quería que pasase un mes con ella y su mujer en su casa de Portugal, en Cascáis. Mi madre apoyó la idea de inmediato y se ofreció a pagar todos los gastos, pero mi tía se negó, alegando que ese sería su regalo por haber terminado la carrera. Ambas me convencieron diciéndome que me lo había ganado, que tantos años de estudio merecían un poco de descanso y que me iría bien un cambio de aires. Así que, finalmente, acepté el billete de avión e hice las maletas para un mes, sin saber que ese mes sería el más importante de mi vida.

Mis tías me recibieron con los brazos abiertos. Nunca había estado allí, normalmente eran ellas las que venían a vernos. Aluciné con su casa y las vistas que tenían. Me habían preparado una habitación preciosa en la segunda planta, con un balconcito propio que estaba cargado de macetas con flores. Me enamore de ese pequeño rincón desde el minuto uno.
Los primeros días los pasé haciendo turismo, hasta que una mañana mi tía me propuso que la acompañase al restaurante. Y desde aquel día empecé a ser yo quien le pedía acompañarla cada jornada.
Jamás habría imaginado como funcionaba la cocina de un restaurante de esa categoría. No tenía absolutamente nada que ver con la idea que me había formado en la cabeza. El ritmo era frenético, todos trabajaban en equipo con una precisión meticulosa y mi tía daba órdenes a diestro y siniestro con una claridad pasmosa. Y los resultados eran impresionantes. Allí no solo se cocinaba, allí se creaba arte.

En cuanto volvimos a casa acribillé a mi tía a preguntas sobre cómo funcionaba todo aquello. Me quedé pasmada al saber que todo el menú que ofrecían había sido diseñado por ella. Hasta ese momento no tenía ni idea de lo que significaba «cocina de autor». Cada día iba con ella al restaurante y poco a poco me fui familiarizando con todo lo que implicaba un trabajo como este. Y supe que yo también quería formar parte de aquello.
Había encontrado mi camino cuando pensaba que ya no iba a hacerlo. Por primera vez sentía esa ilusión, esas ganas de aprender y hacer algo con lo aprendido. Había estudiado ingeniería porque se suponía que te garantizaba más opciones laborales, pero jamás me había gustado, ni siquiera un poquito. Era buena estudiante, así que la saqué, pero jamás había sentido nada parecido a lo que sentía ahora.
Se lo expuse a mi tía Lucía, que se sorprendió bastante, pero que enseguida se puso manos a la obra para trazar un plan que convenciese a mis padres de que aquello era mejor idea que seguir buscando trabajo de ingeniera.

Fue así como acabé estudiando hostelería en Portugal, al amparo de mis tías, con las que vivía. Tía Lucía convenció a mis padres para que me quedase allí con un argumento que no pudieron rechazar: el tiempo que no estuviese estudiando podría seguir aprendiendo en el restaurante y cuando acabase los estudios entraría a trabajar allí. Ellos accedieron y dio comienzo mi verdadero futuro.
Diez años hace de aquello y hoy puedo asegurar que tengo claro cómo quiero gastar mi vida. Mi camino era la cocina y mi lugar este precioso país. Ahora los billetes son de ida y vuelta, pero siempre para volver a Portugal, donde vivo con mi novio y trabajo en el restaurante de mi tía. Aprendí que los grandes cambios, esos que dan sentido a tu existencia y ponen tu vida del revés, no anuncian su llegada, no dejan señales claras por el camino, por mucho que te esfuerces por encontrarlas. La oportunidad llega sin previo aviso. Y lo más importante es agarrarse fuerte a ella con las dos manos, uñas y dientes si hiciera falta.
Escrito por Carol M., basado en una historia real anónima.