Mi pareja y yo nunca nos llegamos a entender. De esto me di cuenta después del divorcio, claro. Empezamos en el instituto, nos casamos jovencitos y nuestro hijo llegó a principios de nuestra veintena. De por sí, nuestra relación siempre tuvo muchos altibajos, un día bueno por tres malos. Igualmente seguimos, convencida de que solo era una racha mala.
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Cuando mi hijo cumplió 3 años accedió a la escuela infantil. Fue el momento en el que decidí que tenía que buscar un trabajo de mañanas y no depender únicamente de un sueldo en casa. Jamás había trabajado, pero quería hacerlo. A mi marido no le pareció muy bien, pero aceptó a regañadientes. Cada mes exprimíamos su nómina al máximo y la última semana se hacía muy dura. Conseguí un trabajo que se adaptó muy bien a mi y yo a él, querían a alguien a jornada completa, lo que era imposible para mi, pero llegamos al acuerdo de que trabajaría todas las mañanas y un dia a la semana continuado hasta la noche para compensar las horas. A mi marido le pareció fatal, pero estaría cobrando más que él y eso nos vendría de maravilla. Con el tiempo mi marido comenzó a delegar en mi madre el cuidado del niño durante esa tarde a la semana. “Tengo cosas que hacer” decía.
Mis ahorros fueron creciendo y tomé la decisión de separarme. Nunca llegamos a divorciarnos como tal, pero sí era una separación con todas las de la ley. Inicialmente me hizo la ley del hielo, veía al niño lo justo que habíamos marcado con el abogado. Posteriormente volvió a acercarse más. Alguna tarde de invierno venía a mi casa a jugar con nuestro hijo, cenábamos juntos como familia y poco a poco se iba quedando un ratito más después de que el niño se durmiese. Casi sin darme cuenta había vuelto a ser parte de nuestras vidas.
Fue en una de estas noches que la conversación se fue relajando y, cuando quise darme cuenta, estábamos en nuestra antigua cama. Disfruté el momento, no puedo negarlo, pero no era lo que quería. Cuando le comenté que esto no podía volver a pasar se mostró molesto, pero también comprensivo. Continuamos la rutina que estábamos teniendo, pero cuando el niño se dormía, él se iba.
Con todo el trabajo que tenía tardé un par de meses en darme cuenta de que no tenía la regla. Cuando me hice el test me temblaba hasta el alma. Dos rayitas. ¿Pero cómo voy a estar embarazada si ya hace tres años que nos separamos? Fui a ginecología esperando que hubiese…”alguna opción”. Cuando vi la forma del bebé, simplemente no pude.
Le pedí a mi ex marido que viniese a mi casa a cenar con nosotros, y que viniese con tiempo. No se que se esperaba, pues trajo consigo una botella de vino. Cuando el niño se durmió me acerqué a él con los ojos rojos y temblando. El pobre no entendía nada. Le expliqué lo sucedido y palideció. No había opciones, teníamos otro bebé.
Después del susto inicial y de semanas de mucho estrés, decidimos volver a intentarlo. Al principio quienes menos lo entendían eran nuestras familias, sumado a que vivimos en un pueblo y sentía que se hacían corrillos para comentar que volvíamos a estar juntos y yo tenía barriguilla.
Hace 6 años que nació nuestro hijo pequeño, el mayor ya es un adolescente hiper hormonal y mi marido y yo seguimos con algún altibajo, pero desde entonces son más los días buenos que los malos.