He vivido situaciones muy desagradables relacionadas con enfermedades o con la muerte, pero nada me ha dejado tan en shock como descubrir a mi pareja pidiendo en la calle. Sin que yo tuviera ni la más remota idea de lo que hacía, pues pensaba que se iba a la oficina cuando salía de casa por las mañanas.

Una escritora medio buena podría coger mi historia y convertirla en un best seller. De hecho, leí hace tiempo una novela de Stephen King en la que uno de los personajes fingía una ocupación cuando, en realidad, se dedicaba a mendigar. Pero mi historia no es ficción, es realidad. Y de las duras.

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De profesión vagabundo

Teníamos una vida a la que aspira cualquier persona de clase trabajadora: una casa en la que vivir y trabajos que nos daban salarios medio decentes, además de alguien en quien apoyarnos para el día a día. Todo parecía normal y cotidiano, y diría que éramos felices así. Vivíamos con más tranquilidad que incertidumbre, aunque sin lujos, como cualquier otra familia.

Él salía de casa todas las mañanas con su pantalón y su camisa, listo para ir a la oficina. Me daba un beso, me decía que nos veríamos más tarde y se marchaba a su lugar de trabajo. Todo rigurosamente normal. A veces bromeábamos: “Otro día más de curro, ¡qué pereza! Nada, la vida del obrero. ¡Y que no falte!”. Ni una leve señal yo podía tener de lo que me encontraría una buena mañana en la otra punta de la ciudad.

Una mañana tuve que ir a completar un trámite a una zona que yo, probablemente, llevaba años y años sin pisar. Pasé por una calle que suele tener bastante tránsito, luego se apostan personas sin recursos esperando un poco de caridad. Muchas veces ni siquiera reparamos en ellos. Supongo que, por motivos culturales, la miseria de los demás nos incomoda y nos fuerza a mirar para otro lado. Muchas veces, lamentablemente, parecen invisibles.

Pero a él sí que lo vi. Será porque estaba demasiado acostumbrada a distinguir su figura, sus facciones o su color de pelo, pero llamó mi atención, me fijé y lo vi. Allí estaba, sentado en el suelo, con ropa andrajosa y gesto compungido. Y, para que no quedara lugar a dudas, junto a él tenía un cartel que decía: “Tengo familia. Pido para comer”.

Aquella visión me sobrepasó tanto que apenas recuerdo cómo me detuve en seco en medio de la calle, me dirigí a él chocando con otros transeúntes y lo llamé por su nombre, casi llorando. Él alzó la mirada y se levantó del suelo como un resorte. Os podéis imaginar nuestras caras, con gestos tan elocuentes que la gente se nos quedaba mirando. Alguno creería que aquello era un teatrillo callejero creativo para aportar algo con lo que “ganarse” esas limosnas que él pedía. Yo tampoco hubiera dicho que era real, de verdad.

El miedo al fracaso

Todo era tan surrealista que yo ni siquiera sabía qué decir. Volvimos a casa en silencio, y no por montarla en la calle, sino porque estaba tan en shock que no podía articular palabra.

Sentía una mezcla de emociones, pero, sobre todo, vergüenza. Creo que la vergüenza era incluso mayor que la sensación de haber sido traicionada con una mentira tan burda. Sería hipócrita no reconocer que, en aquel momento, pensaba en que alguien de nuestro entorno lo hubiera podido ver. Y sé que era, de todo, lo que menos importancia tenía.

Lo dejé que se explicara y no de manera voluntaria, sino porque seguía sin poder hablar. Así que me confesó que lo habían echado del trabajo y que no se había atrevido a decírmelo. Que se sentía un fracasado y que se le hacía tan cuesta arriba llegar a casa y decírmelo que fue la salida más rápida que vio.

Según me contó, llevaba solo tres semanas mendigando. En una bolsa llevaba ropas viejas y se cambiaba en un parking a varias manzanas de la calle en la que pedía, incluso se despeluzaba y manchaba la cara para dar el pego.

En cierto modo, yo lo compadecí. Los hombres tienen muy asumido ese rol tradicional de cabeza de familia y de protector que se les ha inculcado, y es frecuente que en grupos de chicos se hable de que fulano es un vago, zutano es un nini y mengano no vale para nada. Me creo y puedo entender la presión que sintió.

Quise tener empatía, pero me torturaban los malos pensamientos: que me había mentido, a mí y también a las cientos de personas que lo habrían ayudado aquellos días. Se aprovechó de la buena voluntad de desconocidos, y eso me hacía verlo como un falso, un oportunista y un hipócrita.

Decidí darle una oportunidad porque lo vi mal y quise ayudarlo. Aunque, para ser sincera, lo hice más por no aguantar la culpa de dejarlo en una situación emocional vulnerable. Nos apretamos el cinturón y redujimos los gastos al mínimo mientras él buscaba trabajo, hasta que lo encontró. En un puesto por debajo de su cualificación y fuera de su sector, pero que él comenzó con aparente voluntad y compromiso.

En apariencia, nuestra vida volvió a parecerse a lo que era antes de aquel episodio. Pero yo he ido varias veces a espiar su salida del trabajo, cuando no me ofrezco para recogerlo directamente. No he logrado recuperar la confianza en él.

Anónimo

 

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