He pasado una racha muy mala porque me quedé embarazada justo cuando ya había decidido romper una relación de ocho años. El caso es que el carrusel en el que te sube el baile de hormonas que tenía en el cuerpo me llevó a entrar en Terra después de veinte años.
Reconozco que yo era muy asidua al chat cuando de ahí se pasaba al Messenger, y del Messenger a “zumbear” en tu piso de estudiantes, pero el paso del tiempo me había alejado un poco de esa página.
La cuestión es que entré y me di cuenta de que nada había cambiado: “chico_solito” o “bombero_fibrado” seguían entrando para buscar un entorno seguro donde hacerse una masturbación compartida que les alegrara un poco el día.
Entre todos esos nicks, que parecen salidos del canto de las películas porno grabadas en VHS, me abrió un privado uno diferente: “Lektor”. La conversación empezó siendo muy limpia, todo eran buenas intenciones, un rato de charla para hacer más llevadera la tarde del domingo, sin ningún tipo de pretensión sexual… o eso parecía.
La cosa fue tan bien que acabamos saltando a Telegram y allí, después de ver las fotos de ambos, la cosa cambió un poco. Bueno, un mucho, para qué engañarnos.
Lektor tiene 65 años y, aunque si me preguntan lo negaré, me ponía súper cachonda. No sé si era por su polla perfecta con dos lunares simétricos, por su conversación positiva, intelectual y tranquila, o simplemente porque acabó mandándome los audios más guarros que he recibido nunca.
La “relación” se fraguó hablando a todas horas, de nuestras cosas cotidianas, y recibiendo interesantes regalitos visuales a cualquier hora del día. No me he masturbado más, en mi vida, en cualquier sitio: baños de bares, el baño del curro, probadores… Lo que hubiese pagado por tenerlo en persona cerca.
La cuestión es que, después de contarme que había pasado unos quince días demasiado movidos (con intercambio de parejas incluido) con una amiga que fue a verlo, dijo que quería volver a la rutina y desapareció.
Yo pensaba que había decidido no incluirme en su rutina. Me dio mucha pena, pero a mí me estaban pasando muchas cosas interesantes y el tiempo pasó volando.
Un día, sin esperarlo, recibo un mensaje: “¿Tengo que felicitarte por ser mamá?!”
Había reaparecido y, desde ese momento, empecé a mojar hasta que volvió a desaparecer. Al parecer tuvo un accidente doméstico, se desmayó, cayó a plomo y se golpeó fuerte la cabeza, teniendo que inducirle el coma. Eso lo llevó a estar ingresado durante meses y su sobrino, buscando su tranquilidad, le desinstaló la aplicación, así que yo, y mis ganas de tocarnos, nos fuimos al carajo.
Me resultó un poco extraño y exagerado, pero no creí que tuviera motivos para engañarme, así que me preocupé por él y retomamos todo tal como era antes de ese
fatídico suceso. Yo notaba que estaba más tranquilo, los vídeos eran más pausados, tenía algún deterioro físico, pero nada exagerado.
En este tiempo hemos hecho planes para quedar. Me dijo que, si desaparecía porque quería, me lo diría. Pero al final, después de decirme que había conocido a una chica con la que había tenido sexo (mientras se imaginaba que era conmigo), me contó que tenía que volver a Barcelona para hacerse unas pruebas.
El tiempo que iba a Barcelona, a casa de la ex o del hermano, no hablábamos. Solo manteníamos contacto cuando estaba en su casa de la playa, que era la mayor parte del tiempo.
Nunca saltamos de Telegram, pese a que él me preguntó, a su vuelta, por qué seguíamos hablando por esa aplicación.
La cuestión es que ha vuelto a desaparecer. Como me dio tanto coraje, eliminé mi cuenta de Telegram en un arrebato de dignidad mal gestionada. Ahora me arrepiento, claro, y no sé si hacerme a la idea de que esto se acabó o seguir buscándolo en el buscador de contactos de Telegram, que, por cierto, es posiblemente el peor buscador de la historia de Internet.
No sé nada de él y me preocupa que esas pruebas no hayan ido bien.
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