Entré en Tinder por culpa, o gracias, a una señora que me abordó en una tienda de lencería. Sí, así empieza todo. No con una copa de vino con amigas, ni con una noche de insomnio, ni con una crisis existencial frente al espejo. Comienza con una señora que estaba en el mismo mostrador que yo, con una braga faja en una mano y con la derecha cogió mi tanga verde, diciéndome, como quien recomienda un menú o un helado:

“tú deberías probar Tinder”. Así, sin anestesia ni vaselina. (Esto es un resumen, claro, porque si os tengo que contar toda la historia, serían dos artículos más).

Yo llevaba 18 años en una relación estable, monógama y fiel. Tenía dos hijos. Negocios. 40 años recién cumplidos. Una vida perfectamente cuadriculada, ordenada dentro de mi caos y previsible. De esas que, vistas desde fuera, parecen completas e idílicas. De esas que, por dentro, a veces piden aire, pero solo suspiran y siguen.

No entré con idea de buscar pareja, ni una noche loca. Entré porque quería conocer gente nueva, reír, hablar, mirar desde otro sitio y vivir experiencias que nunca había vivido. Tan simple y tan revolucionario como eso.

Me descargué la app y, de repente, me encontré dentro del mercado de carne más grande del mundo. Más grande que cualquier multinacional ganadera.

Perfiles currados, fotos retocadas, poses insinuantes, miradas forzadas, abdominales chupables, sonrisas ensayadas, perversión bajo gafas de sol, frases copiadas. Un catálogo humano inagotable.

Y pensé:

Madre mía. Si llego a tener esto en mi adolescencia, no me pilla ni dios para casarme.

Porque de pronto entendí muchas cosas. Entendí lo poco que elegimos cuando somos jóvenes. Entendí la prisa, la escasez, el miedo a quedarnos solas, siendo etiquetadas de solteronas. Entendí cuántas decisiones se toman desde la carencia y no desde el deseo.

Al principio la lié. Bastante. Le daba al lado que no era. Mandaba señales equivocadas. Hasta que aprendí que la derecha es sí y la izquierda es no. Parece una tontería, pero no lo es: llevamos toda la vida entrenadas para decir sí, incluso cuando queremos decir no.

Cuando por fin empecé a manejarme, empezaron a llegar las estrellas y los mensajes (las estrellas son los super like, cuando a alguien le gustas muchísimo, supuestamente). Y los “hola, ¿qué tal?”. Y los “me encantaría conocerte”.

Había chicos que en mi vida me habría imaginado que podían fijarse en mí. Y allí estaban. Deseando conocerme. Preguntándome. Mirándome. Validándome.

Y ahí pasó algo.

No fue subidón. Fue vértigo.
No fue solo halago. Fue miedo.
No fue solo deseo. Fue culpa.

Porque, de repente, yo era una mujer de 40 años, madre, responsable, y estaba ligando con desconocidos. Pasé de ser “la madre de” a estar en un catálogo de carne. En mi cabeza apareció esa voz casposa, pegajosa y persistente:

Las madres están para cuidar a los hijos.
No deslizan a la derecha.
Esto no es para ti.
Vas tarde.
Estás fuera de lugar.
¿Quién va a querer conocerte?

No sé aún si me asusté.
No sé si me embriagué con tantos halagos.
No sabía qué pasaba; igual simplemente no estaba preparada.

Lo que sí supe es que me salí.

Cerré sesión, como quien cierra una puerta demasiado grande para cruzarla, eliminé la cuenta y borré la app.

Porque no era Tinder lo que me había removido. Era todo lo que yo todavía no había cambiado dentro.

Entrar en Tinder me enfrentó a mis propios prejuicios. A la idea de que el deseo tiene fecha de caducidad y yo me sentía caducada. A la creencia de que una madre no puede ser deseable sin ser juzgada. A la culpa de gustar. A la culpa de querer gustar.

Me salí porque entendí que antes de vivir ciertas experiencias fuera, antes tenía que revisarme por dentro. Tenía que aprender a divertirme sin pedir perdón.

Hoy no reniego de aquella salida a lo “fast and furious”, al contrario, fue honesta y necesaria. Fue el primer paso para empezar a vivir otras experiencias con más conciencia, menos prejuicios y más ganas de disfrutar de la vida.

Porque no se trata de Tinder.

Se trata de lo que pasa cuando nos damos permiso para mirarnos y que nos miren de otra manera, siendo madres.

Pero tranquilas: la historia no terminó ahí.

A los dos meses, semana arriba, semana abajo, la madre se fue a dormir, los prejuicios los tiré a un pozo profundo, respiré hondo, volví a descargar Tinder…

Y sí: tuve mi primera cita.

(Pero esa ya es otra historia 😉🔥)

Raquel Romarís