La maternidad nunca me ha llamado, ni siquiera después de acumular años teniendo en mi círculo unos cuatro o cinco embarazos anuales y amigas ilusionadas por doquier. Ya sabéis, la década de los 30 a los 40 y los primeros, segundos e incluso terceros hijos de parejas cercanas. Muy bonito verlos crecer siendo la “tía”, pero ser madre no es para mí. Mi pareja tampoco tiene el instinto.
En esto de la no-maternidad me acompañaba una amiga, de las pocas ya que quedaban sin progenie. Su situación era diferente a la mía, porque, aunque las dos éramos prácticamente las únicas no-madre en el grupo, ella sí que los quería tener. Lo que pasaba es que no encontraba el momento. Tiene una empresa propia que siempre parece estar en el pico de actividad y, además, ha pasado por situaciones familiares que la han sobrepasado.
Algunas de mis amigas madres han empatizado conmigo cuando les he comentado que me sentía algo presionada: mi madre queriendo ser abuela, mi tía sin hijos queriendo ser tía-abuela y comentarios continuos del tipo “Creo que, con 50 o 60 años, las personas se arrepienten de no haber tenido hijos”.
Pero, especialmente, me entendía ella. Ella también desafiaba los convencionalismos y aguantaba con entereza afirmaciones categóricas como que, para tener niños, cuanto más joven, mejor. Su caso era el ejemplo perfecto de que, antes de hablar, es mejor meterse la lengua en el culo. No sabes qué hay detrás de cada decisión, ni te importa.

El descubrimiento de su vida
Mi amiga decidió esperar a que se solucionaran algunos asuntos, y, por fin, a finales del año pasado anunció embarazo. Aseguró que no estaba preparada, pero quería serlo y no era conveniente esperar más.
Coincidí con ella en un evento en el tercer trimestre, cuando a ella le quedaban días para salir de cuentas. Hacía unas semanas que no la veía y le pregunté que cómo estaba.
—Tía, muy bien. Me he acordado un montón de ti. Porque tú y yo cualquier vez hemos hablado de esto, ¿sabes? De esperar para tenerlo y esas cosas. Pero estoy contentísima, de verdad, me alegro un montón de haberme animado. Estoy, vamos… feliz.
Yo sonreí y me limité a decir que me alegraba mucho por ella, porque es la verdad. Además, ante el tonito persuasivo que detecté, le hubiera dicho: “Amiga, estás muy feliz por las hormonas. Tu cuerpo se está programando para que te enamores de ese bebé desde el momento en que nazca, y para que lo cuides con tu propia vida si hace falta”.
Cuando nació su bebé, le escribí. Le dije que esperaba que su adaptación al mundo fuera muy bien, y ella volvió a la carga:
—Amiga, esto es lo mejor que te puede pasar.
Unas semanas después fui a visitarla para conocer al bebé, una vez que ella estaba prácticamente recuperada. Y, ahora ya más directa, insistió:
—Tía, yo estoy encantada, de verdad. Es duro, ¿eh? Muy duro, a veces. Pero es brutal, esto no se puede comparar con nada. Si tienes dudas, yo te animo. No te quedes sin saber qué es.

Mejor tomarse las dudas como un no
Aquella vez ya no me limité a sonreír y a decirle lo mucho que me alegra. Tuvimos un breve debate, muy sosegado, sobre algo que ella misma pensaba antes del embarazo: si tienes dudas, mejor no los tengas.
Le dije eso mismo, que con dudas era mejor no tenerlos, que yo no podía tener un hijo como plan de futuro por si me arrepentía, que tenía que centrarme en el presente y, en el aquí y el ahora, no quería ser madre. Si más adelante sí, encontraría la fórmula y, si no podía, tendría que vivir en paz con ello. Siempre he oído que es mejor arrepentirte de lo que has hecho que lo que no, pero, en el caso de los hijos, creo que eso no aplica. Arrepentirse de tener hijos expone a traumas a demasiadas personas, incluyendo a una misma.
Ella me dijo que me entendía, pero me fui con la sensación de que me considera incompleta. No incompleta desde una moral conservadora que trata a las mujeres como vasijas y cuidadoras, sino desde la posibilidad de experimentar la plena felicidad. Puede que en algún momento, cuando la bomba hormonal se sosiegue, recupere una convicción anterior: la de que ser madre solo es una opción y no tiene por qué implicar más felicidad.