Una de las razones por las que nunca me había importado tener 12 años más que Jorge, mi pareja, era que no lo parecía. Él siempre había actuado de manera muy parecida a mí y a las personas de mi edad de mi entorno. Lo mismo en cuanto a sus intereses: irse de fiesta le gustaba pero no estaba entre sus prioridades y llevaba las resacas tan mal como yo (como todos sabemos, esta es una gran diferencia que marca la edad).
Además, su afición (convertida en profesión) por la informática nos hacía a los dos igual de “caseros”, vamos, que mientras otros amigos no perdonaban una tarde de buen tiempo para salir a echar cervezas, nosotros tan a gusto nos las tomábamos en casa mientras yo leía y él se dedicaba a investigar cosas sobre desarrollo de software y temas así. Como digo, nos complementábamos a la perfección.
Tras cinco años de relación, decidimos casarnos y celebrarlo, ya que nos poníamos, con una boda de las grandes. Pusimos una fecha con casi un año de antelación para prepararlo todo muy bien, incluir frikadas originales, conseguir al grupo de música que queríamos, y demás. Yo me encargaba de los preparativos, porque era la principal interesada en que la boda fuera de esas que recuerda todo el mundo como épica y porque mi mejor amiga era wedding planner y nos hacía toda la ilusión del mundo hacer esto juntas.
En el transcurso de este año, Jorge y yo seguíamos igual de bien en cuanto a lo que sentíamos el uno por el otro, pero él descubrió un juego de estrategia que le tenía enchufado al ordenador todo el santo día. Al principio me hacía gracia, porque aunque yo no había conocido esa faceta suya, su familia sí que hablaba de la adolescencia de Jorge como el típico friki que no salía de su cuarto porque estaba todo el día viciando en el PC, y era como que por fin salía ese aspecto suyo a relucir. Sin embargo, pronto empezó a ser un problema.
Se encerraba en un cuarto durante horas, incomunicado con sus auriculares, hablando con gente con la que jugaba online, y yo no lo veía en toda la tarde. Es decir, trabajaba 8 horas delante del PC y se pegaba el resto del día jugando en esa misma postura. Esto produjo un deterioro brutal en nuestra comunicación, claro, yo no podía ir contándole cosas de la boda porque él no estaba disponible en ningún momento. Decidí hablar con él, pero no lo veía de la misma manera que yo. Me decía que yo no entendía qué significaba jugar a un juego de esos; que no puedes estar media hora e irte, que no lo puedes pausar, que son partidas muy largas que se hacen en equipo, y que estaba “quemando los últimos cartuchos” antes de casarse y dedicarse a mí y a la futura familia que pensábamos formar. A mí seguía sin convencerme tantísimo rato invertido en un juego de ordenador, pero bueno, decidí conformarme con su explicación.
Hubo alguna señal más de que aquello empezaba a desbordarse: no escuchaba el móvil, se le pasaba la hora, perdía citas, llegaba tarde, pero yo prefería confiar en que lo que me decía era verdad, que era algo temporal y pasajero, así que seguí preparando la boda con toda la ilusión del mundo.
Llegó el gran día. Como manda la tradición, yo dormí en casa de mis padres y al día siguiente fui nada más y nada menos que en Rolls Royce a la iglesia donde nos casábamos. Allí, donde tenía que haber estado esperándome Jorge, estaba todo el mundo (unas 500 personas aproximadamente), pero no había ni rastro de él.
Que si el tráfico, que si se habría olvidado de los anillos… llegué a escuchar todas las excusas del mundo por las que mi futuro marido pudiera estar llegando tarde a su propia boda, pero en el fondo de mi ser, yo ya me lo temía.
45 minutos tardó en llegar, con pinta de haberse vestido en un minuto y la marca de los cascos en el pelo (una tontería de la que solíamos reírnos en casa pero que ahora no tenía ninguna gracia). Quería matarlo, o al menos darle un tortazo, pero en vez de eso tenía que reprimirme y casarme con cara de enamorada. Estuve a puntito de decir que no, lo juro. Nunca he sido muy buena disimulando y hacerlo el día de mi boda iba en contra de mi ser, pero tragué saliva y veneno y seguimos adelante. Nunca me he arrepentido de haberlo hecho, pero os aseguro que a Jorge le costó dios y ayuda que pasara página.
Anónimo
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