Llevaba más de diez años con mi chico y mentiría si dijera que nuestra relación se había ido desgastando con el paso del tiempo. Normalmente, las parejas terminan cayendo en la rutina, el cariño y la complicidad se van perdiendo con los años para dar paso a las discusiones o a la frialdad y, en definitiva, llega un punto en el que aquellas dos personas que se querían con locura se convierten en dos desconocidos. Pero ese no era nuestro caso. Nosotros seguíamos queriéndonos como el primer día. Martín siempre fue esa persona con la que yo me veía envejeciendo y formando una familia.
Es curioso, cuando la vida está a punto de cambiar no nos manda ningún tipo de aviso; vamos caminando por ahí como si tal cosa, sin saber que nada va a volver a ser igual. Un día como cualquier otro, conocí a Alicia en el trabajo sin sospechar que aquella chica rubia de ojos enormes llegaba a mi mundo para ponerlo patas arriba. Era nueva en el departamento y tuve que encargarme de su formación durante un par de semanas que nos sirvieron para hacernos muy buenas compañeras. Al cabo de unos meses, pasó a ser mi confidente y una amiga de la que ya nunca más pude prescindir; lo sabíamos todo la una de la otra, pasábamos mucho tiempo juntas y, cuando no estábamos una al lado de la otra físicamente, nos la pasábamos escribiéndonos.
Una tarde decidimos quedar con nuestras compañeras para tomar algo. Había sido una jornada de trabajo extenuante, así que pensamos que nos merecíamos unas cervezas bien frías como recompensa. Finalmente, una cerveza dio paso a otra y a otra, y la exaltación de la amistad se nos fue de las manos. Una de las veces que tuve que ir al servicio, Alicia me acompañó y terminamos abrazadas diciéndonos lo mucho que nos queríamos. No sé muy bien qué hizo clic en mi cabeza en aquel momento, pero la besé y ella me respondió. Cuando llegué a casa no pude mirar a la cara a Martín, pero no podía ignorar el hecho de que le había sido infiel y de que me sentía atraída sexual y emocionalmente por una mujer.
Al día siguiente en el trabajo, Alicia me dijo que entendía que lo que había pasado entre nosotras había sido un calentón de borrachera, que yo era hetero y tenía pareja y que ella lo respetaba, pero que se había enamorado de mí desde hacía tiempo y que sobre eso nada podía hacer, así que era mejor para ella distanciarse un poco de mí. Durante un tiempo pensé que todo había sido fruto de un error, que la cercanía con mi mejor amiga me había hecho confundir mis sentimientos. Yo era hetero, llevaba muchos años con un hombre maravilloso al que adoraba y con el que incluso había llegado a hablar de boda. No quería rendirme a la evidencia de que algo estaba creciendo y cambiando en mi interior. Le pedí a Alicia que no pusiera distancia entre las dos, que la quería demasiado como para perderla y que nuestra amistad estaba por encima de todo. Y ella cedió.
Sin embargo, cada día que pasaba era un suplicio para las dos. En la oficina, cada minuto a su lado era una pesadilla, no porque no quisiera pasar tiempo con la que era mi mejor amiga, sino todo lo contrario; tenía que luchar por no rozar su cuerpo, por no volver a besarla, contra las ganas de abrazarla y gritar que la quería con todo mi corazón. Y así pasaron los meses hasta que un día todo explotó y ya no hubo vuelta atrás. Una tarde en la que llovía a mares, se ofreció a llevarme a casa en coche y yo acepté encantada, pero al despedirnos la tensión podía palparse. Me dijo que había intentado “desenamorarse” de mí, pero que no había sido capaz y que sabía que por mi parte también había algo, pero que yo estaba tan muerta de miedo que no quería verlo. Entonces, por primera vez lo dije en voz alta: sí, yo también estoy enamorada de ti. Quise echar a correr, pero en lugar de eso, ambas nos pusimos a llorar, nos abrazamos y nos despedimos con un beso.
Lo cierto es que pasaron meses hasta que un día me armé de valor, admití quién era y le confesé a Martín lo que había estado haciendo durante meses. Y es que, aunque habíamos tratado de evitarlo, Alicia y yo nos habíamos estado viendo a escondidas y, aunque esté fatal decirlo (que lo está), aquellos fueron unos meses preciosos en los que descubrí a la persona que verdaderamente soy. Obviamente no estaba orgullosa de ello, pero me sinceré con él sobre lo que sentía hacia mi mejor amiga, le dije que ya no estaba enamorada de él o, al menos, no de la forma en que lo estaba de Alicia. Él flipó no tanto por la infidelidad en sí, sino por el hecho de que me hubiera enamorado de una mujer a mis treinta y siete años, y, con todo el dolor de mi corazón, aguanté todo lo que me llamó porque en realidad, razón no le faltaba.
Lo que nunca le conté fue que, días antes de tener aquella conversación, Alicia me había pedido que lo dejara todo y me casara con ella, que sería precioso empezar de cero en otro lugar donde no tuviéramos que dar explicaciones a nadie. Tampoco le conté que yo había aceptado. Meses después, pedimos el traslado a otra ciudad cerca del mar, nos fuimos a vivir juntas y empezamos a planear una boda por todo lo alto. A día de hoy, mucho tiempo después, puedo decir con orgullo que casarme con Alicia, con la que sigue siendo mi mejor amiga, ha sido lo mejor que he hecho en toda mi vida.
Escrito por Mar Martín, basado en una historia real.
