Soy de esas personas que siempre han tenido claro que querían tener hijos. Cuántos no sabía, pero sí que quería una niña. Hasta tenía claro el nombre, el de mi madre, que falleció cuando yo era pequeña.
Cuando conocí al que ahora es mi marido, uno de los primeros temas a hablar fue el de los hijos. No quería una relación seria con alguien que dudara de la paternidad. Por suerte, él tenía claro que quería niños en su vida. También tuvimos suerte de conocernos jóvenes, por lo que teníamos margen para dar los pasos de una relación a su ritmo.
Nos fuimos a vivir de alquiler, después nos compramos una casa y nos hipotecamos juntos, nos casamos con una gran boda, viajamos lo que pudimos y después nos decidimos a ampliar la familia. Por supuesto, yo quería una niña. Y, por supuesto, la gente de mi alrededor lo sabía. Vino un niño, al que adoro y que nos cambió la vida para bien. Cuando tenía un par de años, nos animamos a darle un hermano; también lo tuvimos claro los dos y nos vimos preparados. Vino otro niño, que también es lo más bonito del mundo.
Cuando estaba embarazada de él y la gente me preguntaba si niño o niña, notaba en sus caras que pensaban en mi decepción. Yo decía que lo importante es que viniera sano, que es la verdad. Toda madre sabe que eso es lo realmente importante. Pero sabía que ellos sabían que yo esperaba la niña. Pero bueno, la vida venía como venía.
Un par de años después, mi marido y yo hablamos sobre un tercero. La decisión no era fácil; tres suponen mucha complicación en todos los sentidos: cambiar de casa, de coche, de logística por las mañanas, de rutinas, de organización. Pasar de uno a dos lo habíamos conseguido más o menos bien, pero el salto a tres nos daba miedo.
Mi marido me miró y me dijo «Tú quieres intentarlo y que venga la niña, ¿verdad?» Sabíamos que, primero, podía tardar en quedarme embarazada (o no quedarme y tener que descartar la idea del tercero), segundo, que podía venir un niño; tercero, que podían venir dos (por antecedentes en mi familia). Después de darle muchas vueltas, nos animamos a intentarlo. La verdad, confiaba en que vendría la niña.
Por suerte, me quedé embarazada bastante rápido. Y aquí estoy, con mi tripa de cuatro meses. No, no vienen ni mellizos ni gemelos (menos mal). Pero viene un niño. Sí, me llevé un buen disgusto cuando me lo dijeron, pero de nuevo, lo importante es que venga bien, y veo a sus dos hermanos, que son lo mejor de mi vida, y pienso qué alegría que vayan a tener un hermano más. Preferiría que tuvieran una hermana, sí, pero qué le vamos a hacer.
Esta vez la gente sí me está haciendo muchos comentarios. Lo más habitual es que me digan si ha sido un accidente quedarme embarazada o si estábamos buscando la niña. Me da vergüenza la verdad y sonrío y digo que no, que queríamos ser familia numerosa y que estoy feliz de tener tres chicos.
Entiendo que desde fuera la gente lo vea claro, y en este caso, aciertan con su interpretación. Lo que no entiendo es qué ganan haciéndome los comentarios a mí. Si realmente buscaba la niña, ¿no piensan que sus palabras me pueden hacer daño? Que ya sé que es sin maldad, pero estoy embarazada con dos niños, ¿no pueden pensar que ya tengo bastante?
Y sí, mi marido me ha dicho que, si quiero ir a por el cuarto, lo hablaremos más adelante. Ahora no estoy para pensarlo, pero quién sabe.
