Soy una mujer de 48, estoy en la flor de la vida, me separé de mi marido hace más de ocho años, me siento viva, soy feliz y tengo un novio dieciocho años menor que yo. No es que hagamos el amor de vez en cuando, qué va, es que estamos juntos, con todas las de la ley. Al principio nadie lo entendía, ahora tampoco lo entiende nadie. Y mirad lo que os digo, a esta edad yo ya no tengo el chocho pa farolillos y me paso por el arco del triunfo cualquier cosa que me digan, pero también os digo que estoy hasta el petete de las miradas, los comentarios y las charlas en casa.

Antonio tiene 30 años y es amigo de mi hijo de la universidad, la primera vez que vino a casa tiene veinticuatro y yo ahí ya no estaba con mi ex, pero tenía muchísimo reparo con el qué dirán. Me gusta desde el primer día que lo vi, es un chico educado, atento, detallista y a mis ojos muy guapo. Él también me encontraba atractiva e interesante y pasó pues lo que tenía que pasar. De lo único que me arrepiento es de que no pasara antes, sinceramente.

Estuvimos dos años con el que sí que no, DOS AÑOS tardamos en besarnos. La tensión sexual llegó un momento que era insoportable, el pobre me escribía cada vez que se iba a casa diciéndome que lo había dejado con dolor de huevos, pero hijas, yo no podía hacer otra cosa porque jamás he sabido dejarme llevar, siempre he sido muy premeditada y todos los pasos que he dado ha sido estando segura, por lo menos, al 80%.

¿Cómo me voy a liar con un amigo de mi hermano? ¿Cómo se lo voy a decir a mi hijo? ¿Cómo se lo tomará mi familia? ¿Lo entenderán mis amigas? ¿Le molestará a mi exmarido? ¿Me estaré volviendo loca? ¿Será la menopausia?

YA BASTA. 

Las explicaciones se les da a quienes la merecen, quien lo quiere entender lo entiende y quien no quiere que le den viento fresco, sinceramente. Ya no podía más con las voces en mi cabeza, con ir a escondidas, con sentirme mal al hacer cosas que solo me hacían bien, por dejarme querer de verdad, bonito, sin dolor, sin mentiras, sin malentendidos, con comunicación, con ganas.

El único que realmente me preocupaba era mi hijo, quería que lo entendiera, quería que me entendiera, no quería que me juzgara, él no. Fue difícil, sobre todo la primera conversación, no sabíamos cómo hacerla, no sabíamos si hablar Antonio y yo con él a la vez, decírselo él, hacerlo yo sola, mandarle una carta o aprender morse para decírselo de una forma en la que no se enterase, pero que a nosotros nos hiciera sentir mejor. Finalmente acabamos diciendo que lo mejor que podíamos hacer era que se lo dijera Antonio, con naturalidad y dos cervezas de por medio.

El drama fue real.

Gritos, levantada de la mesa, preguntas fuera de lugar, insultos, el otro también se vino arriba y acabaron siendo dos gallos sin corral. No me cogía el teléfono, no me contestaba a los whatsapp, no venía a casa a comer… Los peores días de mi vida, menos mal que solo fueron seis. Finalmente vino a hablar conmigo, cara a cara, con calma. Le expliqué todo, desde cuándo nos pasaba, lo difícil que había sido para mí ocultárselo, vivirlo en secreto, sentir que todo lo que sentía estaba mal.

Se calló, mucho rato. Me preguntó si lo quería, le dije que sí, me pregunto si él me trataba bien, le dije que mejor que ningún otro hombre en mi vida. Asintió, calló y se fue.

El resto fue muy despacio, nos llamábamos cada mucho, luego cada menos, hasta que ya hemos llegado al punto de poder comer los tres sin que vuelen cuchillos (literales o verbales) en la mesa. Hay cordialidad, conmigo está infinitamente mejor que con él, pero creo que es cuestión de tiempo.

Y el resto de personas, ¿qué queréis que os diga? Me da lo mismo lo que piensen, lo que sientan, lo que digan o lo que hagan.

Soy feliz, por primera vez en muchísimo tiempo, tengo a un hombre al que quiero a mi lado, que me cuida, me respeta y me trata como lo que soy: un ser humano con necesidades, miedos y derechos. Me quiere bonito, fácil y sencillo. Y así es de la única forma que puede ser el amor.

Chimpún.

 

Anónimo

 

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