Me contaba una amiga lo que le pasó en un reciente viaje a Japón. A ella y al marido siempre les ha encantado lo de irse por ahí al menos dos semanas al año. Llevaban ya mucho tiempo con ganas de ir al país del sol naciente y decidieron aventurarse a conocerlo a fondo. Como es habitual, siempre traen algo de comida del país que visitan, muestran algunas fotografías durante unos minutos, no resulta nada pesado, y van contando las diferencias con la cultura correspondiente que le han llamado la atención.

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En esta ocasión, la anécdota fue erótico-festiva. Resulta que a mi amigo se le olvidaron los preservativos en España. Pensó que tampoco iba a pasar nada por comprarlos allí y así probar la calidad y las características del producto. En lugar de irse a un supermercado, se fue a una tienda especializada con su mujer para comenzar a comprobar las decenas de alternativas disponibles. Era posible elegir el tamaño, los milímetros de grosor de cada unidad, el color, la forma y todo tipo de peculiarities. Mi amigo eligió unos con algo de relieve en distintas zonas para darle un poco de variedad al tema. Metió la caja en la mochila, siguió con su recorrido turístico y se olvidó del tema.

Esa misma noche decidieron salir a probar un restaurante de sushi para vivir una experiencia que fue completamente opuesta a la que nos cuelan por aquí. Entre chupito y chupito de sake, fue subiendo la temperatura y se pusieron a mil con tanto pescado crudo y tantas similitudes con otras partes del cuerpo. Su hotel estaba justo al lado, se morrearon en el ascensor y fueron directos a la habitación.

Tras los preliminares, ella estaba a punto y mi amigo la tenía como el palo de una bandera. Se va a la mochila, saca la caja de condones, extrae uno y ahí empieza el cachondeo. Tras abrir el sobre, que por poco no le llevó a usar unos alicates al estar fabricado en un material indestructible, saca el preservativo que tenía a los lados como dos pequeños hilos de colores que parecían marcar el camino para ponérselo.

Mi amigo se pone la base en la punta, empieza a tirar de los dos hilos y cuando parecía que el condón se iba a ajustar a la base de su pene, aquello salió disparado y le dio a mi amiga en la cara. Además, los dos hilos se habían roto y el condón también. Cogió otro y este terminó pegado en la pared. Los 12 euros que había pagado mi amigo por la caja no se iban a quedar en el hotel. Con paso firme, se fue a la recepción y le preguntó al chico que cómo se ponían. Este le explicó que, si los ponía así, como él había hecho, estaría creando un tirachinas que lanzaría el condón hacia otro punto. La clave estaba en dejar los hilos por dentro y cuando llegasen a la base tirar algo más fuerte para retirarlos.

Sube raudo mi colega para continuar con los preliminares, se anima, se pone el condón y al tirar de los hilos observa que tiene el pene morado porque es muy estrecho. Prueba con otro y este era demasiado ancho. Tras tirar 11, se quedó con uno que le fue perfectamente. Eso sí, vete a saber qué ponía en el sobre para ir a comprarlo de nuevo. Por lo visto, mi amigo está pensando en convertir el lanzamiento de condón japonés en deporte olímpico. A ver si tiene suerte.

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