Cuando lo dejé con mi pareja tenía 35 años. Habíamos estado juntos quince años. Quince. Una década y media. Habíamos compartido piso, vacaciones, cenas familiares, amigos comunes y hasta la cuenta de Netflix y la de Spotify.

Follodramas y cositas hot en whatsapp

No teníamos hijos, pero sí un perro por el que peleamos. Al final decidimos que el animal se quedaría con mi ex y yo podría verlo fines de semana alternos.

Cuando una relación tan larga termina, una cree que el duelo consiste en llorar mucho y escuchar canciones tristes. Que vas a echar de menos a esa persona, tanto que querrás volver con él, aun sabiendo que la relación no funcionaba ya.

Yo no eché de menos a mi ex, yo echaba de menos a mi perro.

 

Pero lo verdaderamente difícil de estar de nuevo soltera es tener que volver al mercado sentimental. Y eso sí que da miedo.

La última vez que yo había estado soltera todavía se llevaban los SMS y la gente ligaba en las discotecas. El concepto de «hacer ghosting» todavía no había sido inventado. Si alguien desaparecía sin dar explicaciones, pensabas que se había muerto.

Ahora, por lo visto, estaba más de moda darse el Instagram que el número de móvil. Y las app de ligues estaban a la orden del día. Así que, una vez superado el impacto inicial de ver cómo había cambiado el panorama, decidí hacerme un perfil en una aplicación de citas.

Y entonces fue cuando me di cuenta de que tenía dos opciones: ligar con yogurines o con chicos de mi edad que estaban todos divorciados y con hijos.

El mercado era ese. Yo tenía ya 35 castañas, y si me encontraba un tío de mi edad sin hijos, sin haber tenido una relación larga y sin traumas sentimentales, seguramente aún vivía con sus padres, era un rarito o algo peor.

Mi primera opción fueron los divorciados. No estaba buscando una relación seria, pero, si surgía, prefería que fuera con un chico más o menos de mi edad.

Abrí la aplicación, filtré por edades, y de repente me encuentro con un catálogo de señores con separaciones traumáticas. Ahí estaban, todos eran padres implicados, hombres sencillos, que buscaban volver a creer en el amor.

El primero con el que quedé se llamaba Dani. Tenía 39 años, dos hijos, un trabajo estable y ganas de comprometerse, según su perfil de Tinder.

Quedamos en una terraza. Llegó tarde porque tenía que dejar a los niños con la ex. Y ya de paso me contó su historia: que si su ex no le entendía, que si la convivencia era imposible, que estaba loca, que si él ahora estaba en modo reconstrucción personal.

Yo asentía mientras removía el café pensando que aquello no era una cita, era una consulta con una psicóloga, que era yo. Pero gratis, porque no le iba a cobrar los sesenta pavos la hora que cobran por contarme sus problemas. Yo esperaba que al menos me invitara al café. Pues no, yo me pagué mi café. Dos euros y medio. Que hay que ser rata de no invitar después de que me has dado la paliza con tu ex toda la tarde.

Quedé con otro: Guillermo, 42 años. Tenía una hija ya adolescente que no daba mucha guerra. El tipo era guapísimo, con su pelo canoso, sus arruguitas en los ojos y una sonrisa perfecta. Me lo tiré aquella noche. Y al día siguiente entendí que era aquello del ghosting que me explicaron mis amigas. No supe más de él.

Entonces decidí que era el momento de probar chavalines y quedé con Pablo. 25 años, recién licenciado en Ingeniería de no se qué. Me daba igual la verdad. Yo sólo quería experimentar con un chico al que le sacaba diez años.

En la cama, espectacular. Creo que me descubrió un mundo nuevo de sensaciones. Hace poco leí aquí que los jovencitos lo saben comer mejor que los de mi generación. Pues es verdad.

Yo estaba dispuesta a seguir quedando con Pablo. Eso que había sentido yo ahí abajo tenía que experimentarlo más veces. Hasta que, tumbados en la cama aún con mis flujos por toda su cara, me soltó:

—Es la primera vez que se lo como a una madurita.

Y se fue todo a la mierda. Se jodió la magia. Ni que fuera yo una fruta.

Pero a ver, él para mí era un yogurín y yo para él, una madurita. Es lo que hay.

Pero no me gustó ni un pelo como sonaba aquello, me sentí vieja. Y no volví a quedar con él.

Meses después conocía a Ramón. 27 años. Trabajaba en publicidad, igual que yo. Teníamos muchas cosas en común: gustos musicales similares, nos gustaba viajar, el mismo humor absurdo y hasta nos reíamos de las mismas tonterías. Con él todo era fácil. Demasiado fácil.

Empezamos a vernos más. Primero cenas, luego fines de semana enteros, luego planes que ya no eran “quedar este viernes” sino “se casa uno de mis mejores amigos en septiembre, ¿te vienes conmigo?”.

A pesar de la diferencia de edad, yo sentía que todo fluía, que igual este era el bueno. Pues ya os digo yo que no. Un buen día, sin venir a cuento, se agobió y me dijo que las cosas iban demasiado rápido, que él era muy joven para comprometerse. Ni que yo le hubiera pedido matrimonio. Si encima fue él quien me quería llevar a la boda de su amigo…

Y se acabó. Yo me di cuenta de que nadie te da garantías de nada. Te puede hacer ghosting el divorciado de 42 años con hijos o el de 25 con abdominales. Así que disfrutemos de la vida hasta que llegue el indicado.