Nos conocíamos desde siempre, ya que fuimos juntos al colegio y formábamos parte de la misma pandilla. A pesar de que en ese grupito de amigos éramos un montón, él siempre  fue alguien especial para mí. Era sin duda mi mejor amigo, mi colega, mi confidente y mi  todo. Mis amigas bromeaban sobre el tema y decían que algún día terminaríamos juntos  y, lo cierto es que no sé si lo nuestro estaba predestinado o no, pero no se equivocaron. A  los quince añitos ya estábamos saliendo. 

Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado

Nuestros padres y la gente adulta en general no daban un duro por nosotros, ya que  pensaban que se trataba de un rollo adolescente pasajero, de un amor de verano que  acabaría al empezar las clases. Sin embargo y contra todo pronóstico, lo nuestro  sobrevivió a aquel curso y todos los demás. Estar con él era algo perfecto, tan fácil y tan  natural y nos queríamos tanto… Casi sin darnos cuenta habían pasado cinco años y  estábamos casi a punto de terminar la universidad. Por eso, aquel verano en el que yo  cumplía 21, decidimos celebrarlo yéndonos todos a la playa en plan aventura.  

Si hubiera sabido que aquel viaje iba a suponer un antes y un después en mi vida y en mi  relación de pareja, puede que no hubiera ido. Sin embargo, mi yo de aquel entonces no  podía estar más feliz y sentirse más plena, sin saber la que se le venía encima. Todo iba  perfectamente, pasábamos los días bañándonos en el mar, tostándonos al sol, riendo y  saliendo de fiesta. Hasta que una noche de juerga, su mejor amigo, al que llamaremos  Juan, lo dejó con su chica por teléfono.  

Ambos nos llevábamos de maravilla, así que no dudé en volcarme con él durante aquellos días para apoyarle y darle ánimos. Nos conocíamos desde hacía muchos años, así que  ya teníamos un nivel de confianza importante. Sin embargo, desde aquellas vacaciones  nuestra relación se hizo mucho más estrecha. Había conocido partes de él que  desconocía hasta el momento. Descubrí en él a un chico divertido, sensible, amable y  cariñoso. No me planteaba que pudiera sentir nada más allá de una amistad por él, pero  un día me habló de una chica a la que estaba conociendo y los celos me atravesaron el  estómago. 

Cuando me di cuenta de que estaba celosa no sabía muy bien cómo tomármelo. Yo  llevaba toda mi vida con mi chico, del que estaba locamente enamorada, con quien  pensaba casarme, formar una familia y echar raíces en algún sitio con mar. Todo estaba  planeado al milímetro en mi cabeza, aquello no podía ser, ¿cómo iba a ser? Pero por  mucho que intenté sacudirme aquella sensación, no podía dejar de pensar en Juan y la  culpabilidad me volvía loca. A pesar de todo, quise creer que sólo era una fase y que ya  me olvidaría de él. 

Lejos de pasar página, dedicaba cada minuto del día a pensar en él, por mucho que  luchase contra ello. Me daba pánico asimilar que estaba enamorada de otro chico que no  era mi novio. Mi novio, que era la mejor persona del mundo, que me adoraba y se  desvivía por hacerme feliz cada día. Por eso, pese a todo, decidí callar e ignorar la  vocecita interna que me decía que algo había cambiado en mí. Durante dos años  conseguí acostumbrarme a convivir con el autoengaño y la culpa, fingiendo que todo  estaba bien entre los tres, como siempre. 

Y ahí estaba yo, en ese teatro que yo misma había montado, pensando que estaba  sorteando el temporal con bastante suerte, cuando Juan me confesó una noche que  estaba empezando a sentir algo que no debía por mí. El corazón me dio un vuelco. Me  moría de ganas de decirle que llevaba colgada de él desde hacía años, que deseaba con  todas mis fuerzas besarle, pero nada más formar aquellas palabras en mi mente, me vino  a la cabeza la cara de mi chico y no pude hacerlo. Si había alguien el mundo que no se  mereciera nada malo, ese era él. No se merecía que le rompieran el corazón, ni perder a  su mejor amigo.

Con lágrimas en los ojos, le dije que estaría confundiendo sus sentimientos y que era  mejor que se olvidase de mí. No fui capaz de despedirme, le dejé ahí plantado y subí a mi casa llorando a moco tendido. Aquella noche vi con claridad que era de Juan de quien  estaba realmente enamorada y que lo único que me ataba a mi novio era el cariño, la  admiración y la costumbre. No fue fácil deshacer toda mi vida, pero tenía que ser sincera  con él aunque sabía que esa sinceridad pasaba por romper lo nuestro. Nunca le dije nada sobre mis sentimientos hacia Juan, no quería romperle aún más el corazón. 

Pude haber empezado a salir con su mejor amigo, pero no lo hice, aunque fuera mi  corazón el que terminase roto. En lugar de eso, me distancié de ambos y durante una  larga temporada preferí no juntarme con mis colegas. No quería ser la responsable de la  ruptura entre dos amigos de toda la vida.  

Es curioso cómo algunas veces damos por hecho que ciertas personas siempre estarán  presentes en nuestras vidas. Sin embargo, como se suele decir, no hay nada constante en esta vida excepto el cambio. 

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.