Nunca he sido una persona demasiado afortunada en lo que respecta a amistades. Durante mi infancia y adolescencia solo tuve una amiga. Éramos uña y carne hasta que ella tuvo novio y desapareció. Bueno, más bien ha sido siempre como el Guadiana: aparece y desaparece. Pero esa historia me la guardo para otro día.
Testimonios reales directos en tu móvil, chollazos y ofertones aquí — https://whatsapp.com/channel/
0029VbCFxa04Y9loKPiq5B2k Si prefieres en Telegram es aquí https://t.me/mundochollazo
Luego llegó la universidad y, por fin, viví unos años inolvidables. Momentos increíbles, risas y muchísimas locuras. Éramos cuatro mosqueteras de disƟntas ciudades y, al terminar la carrera, el tiempo y la distancia —valga la redundancia— acabaron distanciándonos.
Fue precisamente en aquel último año de universidad cuando decidí apuntarme a clases de baile. Ya llevaba tiempo frecuentando discotecas latinas, pero quería mejorar mi técnica, así que me lancé.
El primer día de clase allí estaba él, acompañado de una amiga. La primera vez que bailé con él supe que acabaría siendo bueno. Yo llevaba tiempo moviéndome por ese mundillo. Créeme, esas cosas se notan.
Cada miércoles era mejor que el anterior y la conexión con aquel chico fue inmediata. Llamémosle Alex.
Alex y yo hablábamos muchísimo por WhatsApp y, poco a poco, conseguí convencerlo para que empezara a salir más por las discotecas latinas. Al principio era tremendamente tímido.
Recuerdo una noche en la que quedamos para cenar. Por mi parte no había ninguna intención más allá de una amistad. Era una quedada normal entre amigos. Pero para él no lo era.
Al final de la noche intentó crear el momento para besarme. Yo esquivé la situación como pude y terminé yéndome a casa.
Llegó el siguiente miércoles y Alex actuó como si nada hubiera pasado. Pensé que era lo mejor. Nuestra amistad seguía intacta.
Hasta que otra noche, al salir de una discoteca, volvió a intentarlo. Esta vez fue insistente y todo terminó en una cobra bastante evidente.
A la mañana siguiente tenía un mensaje suyo como si nada hubiese pasado.
Aquella vez pensé que ya lo había entendido. Supuse que una cobra dejaba suficientemente claro que yo no quería nada más que una amistad. Aunque, siendo sinceros, quizá habría sido mejor tener una conversación incómoda y madura. Pero tenía veintipocos años. No me juzguéis.
Y entonces pasaron los años.
Años de una amistad maravillosa. Alex conoció a todos mis ligues, a todos mis follamigos. Vivió de principio a fin la historia con mi chico. Fueron años de conversaciones profundas, consejos, apoyo mutuo y muchísimo cariño.
Sobrevivimos a una pandemia. Recorrimos ciudades de España para asistir a congresos de baile. Todo mi círculo sabía quién era Alex y todo el círculo de Alex sabía quién era yo.
Hasta que llegó 2023.
Mis ganas de aspirar a una vida mejor me llevaron a estudiar un máster que tuve que compaginar con el trabajo. Dejé un poco de lado el mundo del baile porque no me daba la vida, aunque seguía hablando con Alex.
Pero en 2024, cuando terminé el máster y volví a verlo dentro de una discoteca, algo había cambiado.
Fue un “hola” y “adiós” secos.
Dos besos fríos.
La sensación de abrazar un témpano de hielo.
Él estaba rodeado de gente nueva. Ni siquiera iba con nuestros amigos de siempre. Era el centro de atención de un grupo de desconocidos y yo me sentí completamente fuera de lugar.
Al día siguiente le escribí para decirle lo dolida que estaba. Le conté que me había sentido como una desconocida. Él puso excusas relacionadas con el trabajo y me dijo que todo había cambiado desde que yo empecé el máster.
Recuerdo perfectamente la sensación de notar cómo algo dentro de mí se rompía.
Por aquel entonces yo estaba yendo a terapia y empecé a hablar de todo esto con mi psicóloga. Gracias a ella empecé a ver cosas que antes no veía.
Desde que empecé el máster, siempre era yo la primera en escribir. Siempre era yo quien preguntaba por su madre o por su sobrino. Siempre era yo quien sostenía el vínculo. Me di cuenta de que llevaba tiempo manteniendo una relación unidireccional. Y una amistad de verdad debería poder sobrevivir a una etapa de menos tiempo o menos presencia.
He visto a Alex algunas veces más desde entonces. Siempre me da un abrazo enorme y me dice que tenemos que quedar. Siempre respondo con un “dime día y quedamos”. Él sabe que estoy enfadada con él, pero al parecer ya no importa. Todo se queda ahí, en una frase vacía que nunca ocurre.
Él tiene novia, sigue con su grupo de amigos y se ha hecho conocido en el mundo del baile. Yo, por mi parte, he puesto mi vida patas arriba y confío en que tarde o temprano encontraré mi sitio.
Durante mucho tiempo pensé que el problema había sido alejarme un poco del baile. Pensé que la culpa era mía.
Hasta que el otro día escuché un podcast de Doble de Drama en el que hablaban precisamente de una amistad entre un hombre y una mujer donde él, en realidad, siempre había querido algo más.
Y entonces algo hizo clic en mi cabeza:
“Éramos íntimos amigos… hasta que él tuvo novia”.
PUM.
Llevo dos años culpándome por la ruptura de esa amistad. Dos años de lágrimas. De preguntarme qué hice mal. De intentar entender por qué alguien tan importante desapareció emocionalmente de mi vida.
Y quizá la respuesta siempre estuvo delante de mí. Todo cambió cuando él encontró a alguien con quien construir aquello que conmigo nunca pudo tener.
No dudo de que la amistad entre hombres y mujeres exista. Claro que existe. Pero, en mi caso, creo que no fue posible. Creo que Alex siempre quiso algo más, hasta que encontró a alguien con quien sí pudo vivirlo.
Y aunque todavía hay una parte de mí que siente tristeza, también me queda algo importante:
La tranquilidad de saber que no tuve la culpa.