Ángel y yo nos conocimos en el primer año de instituto, ignorando completamente que la vida nos tenía preparado un plot twist que ni los mejores guiones de Hollywood. Es curioso, pero así de primeras Ángel me cayó un poco gordo: era un chico muy payaso, no se callaba ni debajo del agua y tenía un humor que yo no terminaba de pillar. Puede que, de no ser porque a nuestro profesor de aquel curso le dio por sentarnos a todos por parejas tirando de orden alfabético, nunca hubiéramos llegado a trabar aquella gran amistad.

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El caso es que, a pesar de nuestras diferencias de carácter, con el paso de los meses empecé a conocer más a fondo a Ángel y comprobé que, detrás de aquella máscara de payasadas, se escondía un chico sensible, con un corazón tan grande que, cuando quise darme cuenta, ya me había robado el mío. No os vayáis a pensar, aunque siempre ha sido un chico guapo y todas estaban como locas por él, a mí nunca me atrajo; simplemente nos hicimos los mejores amigos del mundo aunque nadie más que nosotros entendiera aquella amistad. Íbamos juntos a todas partes, nos pasábamos el día abrazándonos y dándonos cariños el uno al otro, riéndonos, contándonos nuestras cosas… Todo el mundo decía que estábamos saliendo y que, si no, lo estaríamos tarde o temprano, pero a nosotros la sola idea de estar juntos nos hacía demasiada gracia, ¡pero si éramos como hermanos!

Durante aquellos primeros años Ángel nunca me habló de su orientación sexual ni yo tampoco sospeché nada porque siempre había sido un ligón de cuidado. Hasta que un día empezó a salir con una chica, pero no duraron demasiado y ella se dedicó a contarle a todo el mundo que durante aquellas semanas casi ni la había tocado y que, cuando ella intentaba acercarse, él ponía cualquier excusa, que tenía problemas de erección. Con el tiempo, todo el mundo empezó a darse cuenta de que todas sus ex coincidían en lo mismo. Los rumores sobre su posible homosexualidad no hacían más que crecer y una tarde llegaron a oídos de su familia. Los padres de Ángel no eran muy progresistas que digamos y era evidente que, para ellos, tener un hijo gay era una desgracia.

El pobre se derrumbó una tarde en la que, después de que su padre le preguntara directamente si era un “desviado” y él lo negara tajantemente por miedo a sufrir el rechazo de su familia, me confesara entre lágrimas que, efectivamente, le gustaban los chicos desde que tenía uso de razón. Salía con todas aquellas chicas por el qué dirán y, sobre todo, por sentir la aceptación de sus padres. Fue entonces cuando, para animarle y conseguir que dejara de llorar, empecé a gastar bromas sobre lo mal que elegía a las mujeres, que, teniéndome a mí a tiro, siempre se iba con la tía más despampanante y menos discreta. Supongo que, sin querer, le di la peor idea del mundo.

Ángel me suplicó que me hiciera pasar por su novia hasta que los rumores cesaran, que sería la tapadera perfecta: yo estaba soltera, nos queríamos con locura, sabíamos todo el uno del otro y siempre habían hablado sobre lo raro que era que nunca hubiésemos estado juntos. Blanco y en botella. La verdad es que no me lo tomé todo lo seriamente que debería, era como un juego, así que desde aquel día nos dedicamos a interpretar el papel de nuestra vida, a pasearnos de la mano, a colgar fotitos en redes, a tratar de que nos vieran dándonos besos y a pregonar a los cuatro vientos que estábamos saliendo. Era una locura, pero hubiera hecho cualquier cosa por ayudarle.

No sé si es que soy muy buena actriz o es que la gente estaba más que predispuesta a creerse cualquier cosa, pero todo el mundo se lo tragó, incluida su familia. Encantados de la vida con la novia de su hijo, que a sus ojos era el hombre más heterosexual del universo, me invitaban a los cumpleaños, a las comidas familiares, a las vacaciones y escapadas de fin de semana… Yo estaba encantada y era hasta divertido, total, me pasaba el día con mi mejor amigo. Para callar bocas, nos íbamos de viaje “romántico” de cara a la galería, pero en realidad salíamos de fiesta lejos de casa y nos soltábamos la melena conociendo chicos, pasándolo en grande y riéndonos lo que no está escrito. Y así pasaron dos años.

Sobra decir que, durante el tiempo que duró aquella pantomima, ambos nos estuvimos liando a escondidas de nuestro círculo con quien nos daba la gana, porque fingíamos ser novios pero no éramos de piedra y teníamos nuestras necesidades. Creíamos que lo teníamos todo estudiadísimo, que nada podía fallar, pero había un cabo suelto sobre el que nunca habíamos reparado: ¿y si alguno de los dos se enamoraba de alguien? Y ese día llegó cuando conocí a mi actual pareja. Me sabía fatal romper aquella relación ficticia que mantenía segura y estable la vida de mi mejor amigo a ojos de los demás, pero me había colgado muy seriamente por Raúl.

Ángel lo entendió, pero a Raúl, como es lógico, le costó un poco más comprender que, durante dos años, había fingido estar locamente enamorada de mi amigo gay, quien, después de aquello, decidió salir del armario le pesara a quien le pesara. A día de hoy, vive felizmente casado con su marido, lejos de su familia, que nunca llegó a aceptar a su hijo tal y como es.

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