Mi historia empezó de manera inocente: volví a hablar con un compañero de carrera que hacía años no veía. Vivíamos en ciudades cercanas y decidimos quedar. Nos llevábamos muy bien, nos entendíamos y todo parecía encaminado hacia encuentros sexuales regulares, con la posibilidad de algo más en el futuro. Ninguno de los dos cerraba la puerta a esa posibilidad y yo me sentía cómoda con los límites que habíamos establecido.

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Después de tres o cuatro citas decidí hablar de algo que siempre tomo muy en serio: la salud sexual. Le pedí que, si íbamos a seguir teniendo encuentros, se hiciera las pruebas de ETS para asegurarnos de que ambos estábamos limpios y tranquilos. Él aceptó sin problema y se hizo los análisis. El jueves antes de un fin de semana que habíamos planeado para vernos, me dijo que todo estaba bien: los resultados eran correctos, estaba sano y podía venir tranquilo. Me aseguró incluso que, aunque faltaban algunos resultados, la doctora le había dicho que no había problema.

El fin de semana fue maravilloso: tuvimos relaciones sexuales sin protección y todo parecía perfecto. Pero el martes, mientras yo estaba en el trabajo, llegó la noticia como un puñetazo al estómago: “Me ha llamado la doctora… tengo clamidia”. No podía creerlo. Todo lo que había planeado con confianza y cuidado se desmoronó en segundos.

Llamé a mi médico, seguí el protocolo de antibióticos y análisis, y notifiqué la situación. Al principio, él negó haber estado con alguien más. Me decía que seguramente yo lo había contraído primero. Yo sabía que eso era imposible: mi analítica estaba limpia y solo había estado con él. Con el tiempo, la verdad comenzó a salir: sí había tenido relaciones sin protección con otras personas. Llegó a reconocerme que estuvo con una desconocida en una discoteca sin protección. La mezcla de incredulidad, rabia y decepción era absoluta.

Después de un tiempo, como seguía sin sentirme tranquila, me hice otra prueba. Para mi sorpresa, di positivo en gonorrea. No había dado positivo en clamidia porque me traté a tiempo, pero ahora tenía dos infecciones de transmisión sexual sobre la mesa, ambas contagiadas por él. Y él seguía culpándome, negando su responsabilidad y sugiriendo que yo podía haberlo pillado por mi cuenta. Sabía con certeza que no había estado con nadie más.

Después de todo esto, yo ya no quería saber nada de él. Me provocaba asco y rechazo. Él me escribió después para contarme que estaba conociendo a otra chica y que quería apostar por esa relación. Para coronarse como el rey de la mentira, paralelamente a mí existía otra persona. Me dejó clara su indiferencia hacia todo lo que habíamos compartido.

Al final, lo único que quedó claro fue la irresponsabilidad absoluta de este hombre, su falta de transparencia y su desprecio por mi salud y mi confianza.