Conocí al tío en cuestión la primera semana de su Erasmus en mi ciudad.

Habíamos coincidido en una fiesta de estudiantes que organizaba un grupo de alumnos de mi facultad y ya no recuerdo quién me lo había presentado.

Tengo lagunas de aquel momento. Tal vez por mi nivel de alcohol en sangre, tal vez porque el chaval está que quita el sentido. Y puede que también altere un poco la memoria a corto plazo.

El caso es que yo me quedé medio pillada por él, pero apenas si le hablé porque yo de húngaro como que controlo cero y, pese a los años de escuela de idiomas, de inglés no mucho más.

Así que el buenorro del joven Laszlo se convirtió en mi secreta obsesión y en el motivo por el que empecé a ver las series en versión original con subtítulos.  

Desde aquel primer encuentro no dejé de toparme con él por ahí, tanto cuando salía con mis amigos de cachondeo, como por los pasillos y la cafetería de la facultad.

Follodrama: Creía que iba a follar hasta que me diera un parraque, pero de asma me dio un ataque

Yo iba tanteando como avanzaba su español en tanto seguía intentando que mi nivel de inglés diese para mantener una conversación, aunque fuese de ascensor. Por lo que, de vez en cuando, me atrevía a pararlo para preguntarle cómo le iba y tal.

Y, sin ánimo de resultar pretenciosa, a mí algo me decía que a Laszlo le ponía una servidora.

Lo que estaba más que claro era que él a mí sí.

Tenía un rollito así como guarrete que me ponía a mil. Con su pelito largo, sus pintas de tirao y esos ojos claros que me miraban desde arriba y me decían que era de los que lo hacen duro y sucio.

Como a mí me gusta, qué le voy a hacer.

 

Total, que el tiempo apremiaba, la estancia del húngaro en mi ciudad tenía los días contados y yo tenía que dejarme de reparos lingüísticos. Máxime cuando lo que quería era darle lo suyo y que el me diese lo mío durante horas, no enamorarnos, casarnos y tener churumbeles.

Y para eso no nos hacía falta hablar demasiado. Así, a bote pronto, se me ocurrían unos cuantos gestos con la locuacidad suficiente para que Laszlo pillase lo que quería que hiciésemos juntos.

¿A que lo pillas, Laszlo?

De modo que no me esperé a la siguiente fiesta universitaria.

Lo intercepté a la salida de la biblioteca y con un poco de español, una mijita de inglés y una caída de pestañas, el chaval esbozó una gran sonrisa, me agarró de la muñeca y salió de la facultad dando zancadas y arrastrándome detrás de él.

Nos subimos en el primer bus urbano que llegó a la parada después de magrearnos durante unos minutos debajo de la marquesina y seguimos haciéndolo, un poco más discretos, durante el recorrido hasta el barrio en el que estaba el piso que compartía con otros cuatro Erasmus de diferentes nacionalidades.

Entramos al piso, me llevó al que supongo que sería su cuarto. Aún con el calentón y todo, reparé en que estaba hecho un desastre. Había ropa tirada por el suelo, libros y apuntes por todas partes y una capa de mierda acumulada encima de los muebles en la que podías escribir y jugar al tres en raya.

Tal y como pensaba, Laszlo era un guarrete. En todos los sentidos.

Pero yo dejé de ver la mierda de la mesilla cuando me arrancó la falda y las bragas, sin siquiera dejarme quitarme las Converse, y se puso a comerme entera.

Y, mira, me dejé hacer un poco antes de ponerme a participar activamente.

Estaba tan excitada que no podía parar de jadear.

Hasta que me empezó a picar la garganta y los jadeos se volvieron incómodos, rasposos.

Cuando quise corresponder sus esfuerzos me di cuenta de que respiraba fatal.

 

Me incorporé para ver si así respiraba mejor, pero ya sabía lo que necesitaba, por más que me cortase el rollo tener que parar.

Intenté explicarle qué pasaba mientras buscaba mi bolso, creo que sin mucho éxito.

Fue él quién lo encontró y me lo dio. Lo cual no sirvió de mucho porque, al contrario de lo que pensaba, no llevaba ningún bote de Ventolín dentro.

Allí estaba yo, en bolas de cintura para abajo, con el calzado puesto, la camiseta de foulard, una teta fuera del sujetador, haciendo unos ruidos que ni Darth Vader en medio de una crisis de pánico y pensando cuánta razón tenía mi madre cada vez que me decía que llevase siempre un inhalador encima, por si acaso.

Follodrama: Creía que iba a follar hasta que me diera un parraque, pero de asma me dio un ataque
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Puta alergia al polvo que me iba a joder el ídem.

Me vestí todo lo deprisa que fui capaz y me marché de la casa de Laszlo en dirección a la farmacia que Google me aseguró que estaba más cerca de mi ubicación. No llegué a explicarles al chaval y a su erección qué coño estaba pasando.

A ver cómo le decía yo que, aunque me moría de ganas de follar con él hasta que me diera un parraque, por culpa de la tremenda cantidad de polvo de su cuarto, de asma me dio un ataque.

 

Anónimo

 

 

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