A. empezó a trabajar en mi empresa hace como cinco meses. Somos una empresa pequeña, los dueños son una familia de hecho, y la media de edad es de 45. No me quejo, pero soy la única por debajo de los 35 y eso se nota. Mucho. Así que imaginaos mi alegría cuando este chico entró a currar: informático, de buen ver, simpático y de unos 33 años (la verdad es que no se lo he preguntado nunca). El caso es que empezamos a llevarnos genial en seguida. No hablábamos mucho durante el rato de curro pero comíamos juntos, me acercaba a casa de vez en cuando en coche, hablábamos de todo y de nada. Fue un flechazo de amistad absoluto. Y digo de amistad porque la realidad es que siempre hubo eso. Eso fue lo que nació entre nosotros, buen rollo, conexión. Pero siempre desde el colegueo.

Hasta que nos mandaron a casa a currar.

Yo vivo sola, él vive solo. Así que empezamos a hablar durante el día, cada día un poco más, hasta nos conectábamos con la cámara mientras trabajábamos en silencio. Y luego el finde empezamos a videollamarnos hasta mientras cocinábamos. Se nos estaba yendo de las manos. El caso es que la semana pasada pasamos al tonteo.

Por el chat del curro empezamos a tontear. Yo no daba crédito porque empezó de la nada. Empezó siendo cursi, tímido, hasta romántico: “te ves preciosa hoy” “hoy sonríes más bonito de lo habitual” “tengo ganas de oir tu risa en persona de nuevo” y según yo iba respondiendo, porque joder, le estaba echando de menos y creo que me estaba empezando a gustar, la cosa se calentó. Y de qué manera…

El miércoles por la tarde, como a las seis, aún seguíamos currando y estábamos en medio de una conversación con memes y bobadas y de repente empezó a decirme guarradas. Poco a poco, de lo sutil a lo heavy. Hasta que se quedó en: “no sé qué me pasa, si la soledad o si siempre ha estado ahí pero en cuanto te vea, pienso levantarte la camiseta, comerte a besos, bajarte las bragas y empotrarte”. Y yo, señoras, pues os podéis imaginar… Esa noche, terminamos por Whatsapp lo que habíamos empezado: sexting del bueno, fotos golosonas y un buen orgasmo. Dos, para ser exactas. Una pasada.  Yo nunca había hecho esto con nadie y desde luego no esperaba que fuera tan loco y fantástico.

Al día siguiente, teníamos una reunión de equipo para ver cómo estábamos todos. Me dio los buenos días y me dijo que había sido una pasada y que había soñado conmigo. Que teníamos que repetir, le dije que tenía ganas de que lo hiciéramos por videollamada, le mandé una foto del escote que me había puesto ese día y nos conectamos a la videollamada.

Seguimos chateando, subiendo el nivel, el calor, por chat, mientras fingíamos reírnos de los chistes de mi jefe. De repente veo que su cámara deja de estar operativa y le escribo que si “se ha puesto colorado pensando en lo que podía hacer con mi escote” y lo siguiente que sé es que pone dos letras aleatorias, se abre su micro y se le oye gritar: “JODER, S, JODER” se callan todos “CÓMEME EL CI*OTE. TRÁGATELO. AAAAHH”. Silencio sepulcral.

Se van desconectando uno a uno todos, incluido mi jefe, el cual acto seguido me escribe un “cuando puedas, hablamos” y, como colofón final, se oye a una compañera:

«Perdonad, chicos, ¿estáis todos bien? Mi conexión es nefasta y solo he oído “joder” y tu nombre S ¿todo bien?”.

Me desconecté, le escribí un “te han oído” y le pedí a mi jefe el resto del día y el viernes de vacaciones.

He tenido suerte porque mi jefe no me ha dicho nada explícito solo me ha pedido que aprenda a diferenciar el curro de mi vida personal en casa. Captado, señor. Y el resto de compañeros, pues con suerte tendrán otras cosas en las que pensar en las próximas semanas confinados y para la que volvamos a la ofi todo esté «olvidado» (ya os contaré).

 

P.D. Con él, con A, después de la vergüenza y todo, por suerte todo bien. El finde ha ido a más y la verdad es que me muero porque este confinamiento acabe y podamos vernos y ver a dónde nos lleva esto porque aquí una que se está ilusionando (y corriendo 😉).

Anónimo

 

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