Hoy vengo a advertiros de lo peligroso que puede ser echar un polvo en medio del monte. Y no hablo por hablar: yo sufrí en mis carnes las consecuencias para toda la vida.
Íbamos unos doce amigos a pasar el fin de semana en una casa perdida en medio de la nada. El plan pintaba muy bien: barbacoa, juegos de mesa, confesiones y risas a mansalva. ¿Cuándo se torció todo? En cuanto mi ardor uterino dijo “aquí estoy yo”.
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No me preguntéis por qué, pero me tomo una copa y me pasaba por el chumino a medio país. Soy como Alba Carrillo y es que cuando bebo tengo un problema en las piernas, que se me abren. Y, como no podía ser menos, me entraron ganas de echar una canita al aire en ese entorno tan natural. Conseguí camelarme a un amigo que siempre respondía a mis necesidades sin ningún tipo de objeción, así que, con la excusa de llevar palos para la chimenea, salimos fuera de la casa y empezamos a meternos mano como si nos estuvieran grabando para una película porno.
Todo sucedía según lo esperado, así que llegó el momento de sacar al oreo nuestros cuerpitos. Sin pensarlo mucho, me di la vuelta, me bajé los pantalones y le pedí que me la metiera. No se lo pensó: se la sacó, la colocó y, en el primer empujón, vi las estrellas. Fue sentirlo en contacto con mi pompis y notar una punzada que me atravesó en horizontal y en vertical.
Tenía una avispa en el pantalón y, al verse aprisionada entre los dos cuerpos, prefirió picarme a mí en vez de a él; se ve que consideraba que aquel palito ya tenía el tamaño adecuado.
Lógicamente, con esa interrupción, todo se paró, así que volvimos a la casa. Intenté explicar que me había picado al sentarme en un tronco para descansar y me ofrecieron un after bite, y así pasé la noche.
Con el paso de los días aquello fue enrojeciendo y poniéndose peor… así que tuve que ir al médico. Sorpresa para mí cuando me dice que lo que tengo es un hongo, que me tome el tratamiento y desaparecerá, pero que avise al chico con el que había tenido relaciones porque me había pegado algo. ¿En serio? Conociendo al chico… la noticia corrió como una “mala novedad”. Efecto dominó: medio pueblo haciéndose pruebas (ahí nos dimos cuenta realmente de los lazos internos que nos unen).
Después de que todo el mundo acabara enterándose de la anécdota y de que aquel día tuviera lugar un coitus interruptus, aviso a mi amigo, me tomo el tratamiento… pero la rojez, la picazón y la irritación no mejoran. Harta del tema, me gasto mis euros en un dermatólogo que, nada más ver la zona, me comunica que lo que tengo es una mancha de psoriasis, posiblemente ocasionada a raíz de la picadura. Vamos, que, si el diagnóstico hubiera sido el correcto desde el principio, me podría haber ahorrado la vergüenza de ser “la que se follaron con picadura y hongo incluido”.
Ahora es una anécdota, pero sí: la picadura de avispa, durante un polvo salvaje, me despertó una psoriasis en gota que me acompaña desde aquel día. Y sí, una vez recuperados, acabamos echando ese polvo inconcluso en medio del Parque Nacional.