Lo que os voy a contar hoy es, probablemente, el momento más surrealista, escatológico y vergonzoso de mi vida sexual. Y mira que llevo kilómetros de rodaje pero esto no me lo esperaba ni en el guion más loco de una película de Pajares y Esteso.

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Estaba yo con este chico con el que llevaba quedando meses, llamémosle Javi. Javi es majo, es apañado y, sobre todo, es muy entusiasta. Quizá demasiado. Estábamos en plena faena, la cosa estaba subiendo de tono y decidimos que era el momento de ponernos creativos. «¿Un 69?», propuso él y yo que siempre estoy a favor de la colaboración ciudadana dije: «Venga dale».

Aquí es donde la física y la gravedad decidieron jugarme una mala pasada.

Javi se puso arriba, intentando mantener el equilibrio como si estuviera en el Circo del Sol pero sin el talento de los acróbatas. En un movimiento un poco brusco le patinó la rodilla en el colchón y se me cayó encima.

Pero no se cayó de cualquier forma, no. Se cayó de forma que sus testículos aterrizaron perfectamente en mis cuencas de los ojos y su miembro quedó plantado sobre mi nariz. Tal que así:

Os juro que mi cerebro hizo «clic». Me vi ahí tumbada, con la cara decorada de esa guisa y solo pude pensar en una cosa: ME ESTABA HACIENDO UN MORTADELO!

Para las que no lo sepáis, el «Mortadelo» es esa broma de mal gusto de instituto pero yo la estaba viviendo en mi propia cama. La imagen mental de mi cara convertida en el personaje de Ibáñez fue demasiado para mí.

Me dio un ataque de risa de esos en los que no puedes respirar. Intentaba quitarle de encima, pero cuanto más lo miraba (lo que podía ver), más me reía. Javi, el pobre, estaba agobiadísimo preguntando: «Te he hecho daño? Estás bien?», mientras intentaba recuperar la verticalidad con la dignidad por los suelos.

Y claro, de tanto reírme, de esa risa floja que te recorre todo el cuerpo y te quita el control de tus esfínteres… pasó. Sentí ese calorcito traicionero. Me meé. Me meé encima de la risa. En mitad de la cama. Con Javi todavía intentando desenredar sus partes de mi cara.

El resultado? Sábanas a la lavadora, un ataque de hipo que me duró dos horas y Javi mirándome como si fuera una loca de manicomio. Eso sí, 3 años después nos casamos y aquí seguimos, haciendo de Mortadelo y Filemón hasta los restos.

Moraleja: Si vais a intentar acrobacias dignas de un 69, aseguraos de que el colchón no resbale y de haber ido al baño antes. Porque pasar de una noche de pasión a ser el doble de Mortadelo en versión escatológica es un camino sin retorno.