¿Cómo llegué a ser la amantes de un gánster? Hace un tiempo me mandaron dos semanas a Chicago por trabajo.
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Dos semanas: Reuniones, frío, cafés gigantes y esa sensación de estar muy lejos de tu vida normal.
Y entonces apareció ÉL.
Alto. Muy alto. De esos hombres que entran en un sitio y parece que el aire se aparta para dejarles pasar. Guapo a rabiar, ojos verdes y sonrisa peligrosa.
El tipo de hombre que cuando te mira a los ojos parece que sabe exactamente lo que está pensando tu cerebro… y lo que tu cuerpo desea.
Y claro. Yo no soy de piedra. Lo que pasó en esas dos semanas fue básicamente una comedia romántica con presupuesto de Hollywood.
Cenas increíbles. Paseos nocturnos por Chicago. Miradas largas. De esas en las que nadie dice nada pero parece que está pasando TODO. Conversaciones profundas a las tres de la mañana. Besos con banda sonora imaginaria. Sexo de película.
En serio, era ridículamente perfecto.

Yo pensaba: esto es una película. Seguro que en algún momento aparece Julia Roberts doblando la esquina.
Cuando volví a España seguimos hablando. Mensajes todos los días. Videollamadas. Él diciendo que quería venir a vivir aquí. Que estaba cansado de Chicago. Que quería empezar de cero.
Yo, que tampoco soy idiota pero a veces me gusta jugar a serlo un rato, incluso miré vuelos para volver a verle.
Fantaseábamos con todo. Una casa en España. Una vida juntos.
Ese tipo de delirios internacionales que solo parecen posibles cuando hay un océano de por medio.
Hasta que un día… dejó de contestar.
Primero pensé: estará ocupado. Luego: algo habrá pasado. Luego ya estaba en fase esto es rarísimo.
Pasaron días. Semanas. Silencio total.
Y un día, pasando el tiempo en Facebook… veo su foto.
Con un RIP enorme: Pensé que era una broma horrible. Pero no. Pinché en el enlace.
¡ERA UNA ESQUELA!
Y entonces empezó la parte del guion que ni el mejor guionista de Netflix se habría atrevido a escribir.

Resulta que mi príncipe de Chicago tenía una pequeña biografía alternativa que yo desconocía: Problemas con bandas de drogas, historias turbias, violencia, algún paso por prisión… ¿Cómo había muerto? En un maldito ajuste de cuentas.
Y por si fuera poco, en los comentarios aparecían fotos de él con su mujer y con sus hijos.
Padre devoto. Marido ejemplar. Familia perfecta. ¿Yo amante? ¡Amante de un gánster!
Yo ahí, mirando la pantalla, pensando: “Bueno… pues parece que no era un expatriado romántico buscando amor”
Era, al parecer, muchas otras cosas.
Y sí, durante un rato me sentí dentro de un thriller bastante surrealista. Pero luego pensé algo:
Durante dos semanas ese hombre, con todas sus mentiras, su caos y su doble vida, me hizo sentir cosas que no había sentido en años.
Me hizo reír. Me hizo desear. Me hizo sentir viva de una forma muy intensa. Así que decidí quedarme con eso.
Con las noches de Chicago. Con las miradas. Con la película que vivimos durante dos semanas.
Porque a veces la vida te da historias completamente absurdas… ¡Pero joder, qué buenas escenas dejan!