Hay días en los que lo único que una necesita es distraerse. Y cuando digo días, quizá debiera decir semanas, meses, rachas, temporadas… Yo aquella noche estaba en ese plan. En el de salir a tumba abierta. A darlo todo como si no hubiera un mañana. Un día tras otro, para qué nos vamos a engañar.

El caso es que nos vimos, nos fichamos y yo creo que los dos tuvimos muy claro dónde íbamos a ir a parar. Sin embargo, no sé muy bien por qué, en lugar de buscar un sitio donde llevar a cabo nuestros planes y ya, lo que hicimos fue dilatar el momento todo lo que pudimos.

Lo cual se puede resumir en unas cuantas horas bebiendo y haciéndonos promesas de lo más cochino.

Mis recuerdos están un poco difusos, pero lo suyo eran todo frases del palo de ‘voy a hacerte cosas que nunca te han hecho’, ‘será el mejor sexo de tu vida’, ‘va a ser un antes y un después de mí’ y, recuerdo esta perfectamente, ‘te vas a olvidar hasta de tu nombre’.

Los hay que recitan a Gustavo Adolfo Bécquer y los hay que tiran de reguetón. Pues este era de los segundos, claro está.  A mí el rollo que se traía me hizo gracia, francamente. Así que, en algún momento de la madrugada, nos fuimos a mi piso.

 

Follodrama: Me prometió que me iba a olvidar de mi nombre, pero el que olvidé fue el suyo

 

Ya habíamos hablado suficiente, por lo que, en cuanto cerramos la puerta de la habitación, pasamos a la acción. El chico no defraudó. Sorprendentemente, estuvo al nivel que había prometido. Lo hicimos en varias posturas, rápido, lento, suave, duro… un puto festival del orgasmo, sí señor.

Yo también me entregué, que a mí lo de ir de estrella de mar no me va nada. Y me parecía más que evidente que él también se iba a quedar contento con el resultado de nuestro encuentro.

En general, estábamos cumpliendo mutuamente nuestras expectativas.

Hasta que llega un momento en el que yo ya no puedo estar más satisfecha y medio le cedo el control para que él decida cómo quiere acabar y tal. Me pone a cuatro patas, empieza a percutir detrás de mí y, de repente, me pide que diga su nombre.

Yo no sabía si culpar a la sangre acumulada en torno a mí clítoris, a los golpes que me estaba dando contra el cabecero o qué. Pero me quedé totalmente en blanco.

Ni flores. Es que no me venía ni la inicial. Por lo que a mí respectaba en ese instante, nunca había sabido cómo mierda se llamaba.

Probé a hacerme la distraída, pero él insistió: ‘Dilo, por favor. Necesito que lo digas’.

Joder, y yo necesitaba recordarlo, pero nada.

Noté que se ralentizaban sus embestidas y pensé que ya debía haber sospechado que el chaval tendría alguna tarita… Yo me estrujé los sesos sin resultado alguno, me giré despacio, lo miré con los ojos entornados y susurré: Jooo… sssseee..?

Es un nombre muy común, tenía que intentarlo.

El chico que no se llamaba Jose me miró con los ojos muy abiertos, se paró del todo y, con gran indignación, me dijo que no se podía creer que fuera por la vida acostándome con peña que no sabía ni cómo se llamaba. Se vistió y se marchó todo cabreado. Sin rematar la faena y sin sacarme de la duda.

Cuando ya debía de estar muy lejos me vino la inspiración.

Manuel, se llamaba Manuel.

 

Anónimo

 

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