El follodrama del que os vengo a hablar no tuvo un final feliz, ya os advierto, pero por suerte no acabó tan mal como pudo haber acabado. Se remonta a aquellos tiempos en los que yo estaba empezando a quedar con el que hoy es mi marido. Yo no soy una persona muy deportista, ni para verlo ni para practicarlo. Sólo corro si me persiguen o si veo una cucaracha, y cualquier deporte televisado me da más pereza que reencontrarme con mi ex. Sin embargo, hay algo que me encanta hacer: senderismo.

Por casualidades de la vida, conocí a Juan en una fiesta. Hubo cierta química entre los dos y todos nuestros amigos lo notaron. Nos paramos de hablar durante toda la noche y acabamos comiendo un kebab y despidiéndonos en la esquina de mi casa a las 9 de la mañana. No nos besamos quién sabe por qué, pero con ganas nos quedamos.

Las semanas siguientes buscamos cualquier excusa para quedar y un día en un concierto nos acabamos enrollando. Después llegaron muchos más besos y un fin de semana decidimos ir a acampar a un pueblito cercano al que yo iba de pequeña. El plan era darnos mucho el lote, pasear y bañarnos en el lago. Bueno, y comer carnaza, que como los chuletones de pueblo no hay ningunos.

Haciendo senderismo me siento como Bear Grylls, pero sin comer bichos.

Todo iba según lo planeado. Llegamos al camping, montamos la tienda de campaña y nos fuimos a bañar al lago. Pasamos toda la tarde tostándonos al sol y por la noche nos entró un calentón un poco tonto. Empezamos a besarnos, a comernos el cuello y a meternos mano en la tienda de campaña, pero una señora amablemente vino a pedirnos que bajásemos el tono porque tenían niños en su tienda de campaña.

Yo estaba más empapada que cuando me metí en el lago y él tenía una erección que podía cortar troncos de madera con eso, así que empezamos a barajar ideas sobre cómo, dónde y cuándo desfogarnos. Nos pareció una idea maravillosa salir del camping e ir a la zona más boscosa para poder darnos una alegría en plena naturaleza a la luz de las estrellas. Spoiler: la cosa salió mal.

Bajamos el camino de salida del camping, saltamos una pequeña valla porque no encontrábamos la puerta a oscuras, y empezamos a adentrarnos en la arboleda. Cuando llegamos a unos matorrales él me empezó a comer la boca apoyada contra un árbol, agarrándome las piernas y follándome a lo bestia. En un empujón yo perdí el equilibrio y caí para atrás. Fueron 2 segundos, pero yo lo viví a cámara lenta, os lo juro.

Había un pequeño precipicio de un metro y medio y yo estaba bocarriba como una cucaracha sin moverme para no caerme más. Me había amortiguado un arbusto y por suerte no me había dado un golpe muy bestia. Juan me alumbraba con el móvil como podía y yo no paraba de decir “estoy bien, si no me duele nada”, pero él pensaba que me había dado un golpe en la cabeza y que por eso no sentía el dolor.

Cuando consiguió verme bien me indicó cómo salir. Literalmente me dijo “gira hacia la derecha y apóyate en la piedra que hay ahí”. No sé qué narices me pasó que me giré hacia la izquierda y caí otra vez, pero esta vez contra una charca que olía fatal.

Al final Juan tuvo que llamar a los de seguridad del camping que me ayudaron a salir de ahí sin bragas, oliendo a perro mojado y con la cara roja como un tomate. Por un calentón acabé con más de un moratón.

 

Envía tus movidas a [email protected]